Una Bauhaus global para un futuro sostenible y justo

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Fernanda Ribeiro | Lola Allen

Ene-Jun, 2023

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El mundo se encuentra en una encrucijada, atrapado en una maraña de crisis entrelazadas: colapso climático, pérdida de biodiversidad, retroceso democrático y desigualdades económicas arraigadas. A medida que se desarrollan estas policrisis, se hace evidente que los sistemas diseñados para gobernar, financiar y sostener nuestras sociedades no solo están fallando, sino que están exacerbando activamente la inestabilidad global. En este contexto, el cuarto volumen de metapolis pretende contribuir a la reflexión sobre las causas subyacentes de estas crisis y hacer al mismo tiempo un llamado a la acción: una propuesta para integrar el espíritu de una «Bauhaus global» en las intervenciones, la formulación de políticas y la planificación a todos los niveles.

Esta visión se inspira en el movimiento Bauhaus original, que buscaba romper los moldes disciplinarios y forjar nuevos enfoques integradores del diseño y la arquitectura. Del mismo modo, una Bauhaus global para el siglo XXI entraña un llamamiento a la colaboración transdisciplinaria —tendiendo puentes entre los ámbitos de las artes, las ciencias, la política y la economía— para reimaginar cómo construir sociedades que sean a la vez justas y ecológicamente sostenibles. Propone ir más allá de la reforma gradual, y abrir un nuevo capítulo en que replantear estructuras existentes de forma disruptiva, abogando por una innovación sistémica que fomente la inclusión, la resiliencia y la regeneración.

Las políticas actuales sobre el cambio climático a menudo ignoran la conservación de la biodiversidad, las reformas financieras pasan por alto la sostenibilidad ecológica y las iniciativas democráticas no integran la justicia económica. En lugar de depender de respuestas compartimentadas y parciales a cuestiones sistémicas, debemos reconocer su interconectividad.

Foto_ Werner Wittersheim_ CC BY 2.0
Como sostienen Audrey Irvine-Broque y Jessica Dempsey en «Hacia una política de biodiversidad responsable: la deuda durante el largo periodo del extractivismo», las crisis financieras y ecológicas están profundamente entrelazadas. En su artículo, las autoras ilustran cómo los esfuerzos globales de conservación a menudo se ven limitados por políticas económicas que priorizan las ganancias financieras a corto plazo sobre la sostenibilidad ecológica a largo plazo. Esta contradicción es evidente en la medida en que las instituciones financieras internacionales y los bancos de desarrollo continúan financiando industrias extractivas a gran escala en regiones ricas en biodiversidad, socavando los esfuerzos locales de conservación. Las investigadoras argumentan que la verdadera protección de la biodiversidad requiere un cambio sistémico capaz de reestructurar los sistemas financieros priorizando la resiliencia ecológica, alinear el alivio de la deuda externa con la protección ambiental y cambiar los incentivos económicos para recompensar la conservación en lugar de la explotación.

Una Bauhaus global para el siglo XXI significa ir más allá de la reforma incremental e inaugurar un capítulo de replanteamiento disruptivo de las estructuras existentes.

La carga estructural de deuda impuesta al Sur Global obliga a sus naciones a adoptar modelos de desarrollo extractivistas, acelerando la deforestación y la degradación ambiental. La omisión de la cuestión de la deuda externa en los principales pactos sobre biodiversidad pone de manifiesto un fracaso fundamental de la gobernanza mundial, que debe corregirse integrando la justicia ecológica, económica y social de manera coherente.

Huelga decir que la erosión de la democracia complica aún más estas crisis. En «Por qué las democracias deben cumplir», Salil Shetty y Omar Waraich destacan que muchos sistemas electorales están cada vez más manipulados por autócratas buscando afianzar su poder, lo que a su vez está laminando la confianza pública en la gobernanza. Los autores nos recuerdan que la crisis no consiste simplemente en que esos líderes autoritarios consoliden su poder, sino también en el fracaso de las instituciones democráticas para abordar las desigualdades socioeconómicas que alimentan el desencanto. La democracia debe ir más allá de las elecciones y adoptar una gobernanza transparente, participativa y que responda a las necesidades de la gente.

Esto concuerda con el argumento de David Koranyi en «La batalla por la democracia: empoderar a los ciudadanos y a las ciudades» de que la democracia prospera cuando el poder se descentraliza, facultando a ciudades y gobiernos locales frente a los desafíos socioeconómicos y medioambientales. Reforzando procesos democráticos a nivel de base, las comunidades pueden reconquistar su capacidad de decisión, y contrarrestar esa erosión de la confianza pública en las instituciones nacionales. Además, estos esfuerzos deben complementarse con políticas que prioricen la equidad económica y la justicia climática, garantizando que la democracia no sea un mero procedimiento, sino una experiencia vivida que fomente la resiliencia y la inclusión. En este sentido, Koranyi destaca acertadamente que la democracia no puede sobrevivir como un mero ejercicio electoral periódico: debe ser un compromiso continuo que empodere a las comunidades locales y garantice que las políticas económicas sirvan a la mayoría, no a una minoría privilegiada. La participación comunitaria, las iniciativas impulsadas por la sociedad civil y la descentralización deben conformar nuestra respuesta a la inestabilidad global, reforzando un espíritu democrático en la gobernanza cotidiana.

La omisión de los debates sobre la deuda externa en los principales pactos sobre biodiversidad pone de manifiesto un fracaso fundamental de la gobernanza mundial.

Sin embargo, debemos afrontar que en el centro de estos desafíos se encuentra un sistema financiero que apuntala la desigualdad en lugar de aliviarla. En «Romper el círculo vicioso: la urgencia de reformar la arquitectura financiera internacional», Ivana Vasic-Lalovic sostiene que el actual sistema financiero está diseñado para perpetuar ciclos de deuda y marginación económica, particularmente para el Sur Global. En su reflexión, la autora describe cómo las instituciones financieras internacionales imponen condiciones draconianas para el alivio de la deuda, lo que limita la capacidad de los países en desarrollo para invertir en infraestructura social y conservación del medio ambiente. Además, la investigadora destaca el papel del capital especulativo en la exacerbación de la inestabilidad económica, ya que los mercados financieros priorizan las ganancias a corto plazo sobre la sostenibilidad a largo plazo.

Al sostener una estructura en la que el crecimiento económico está dictado por los intereses de unos pocos poderosos, el sistema financiero es el principal obstáculo en la lucha contra las desigualdades ecológicas y sociales. La reforma de la arquitectura financiera internacional exige un cambio fundamental en la forma en que evaluamos el éxito económico, pasando de indicadores centrados en el Producto Interior Bruto (PIB) a marcos que tengan en cuenta el bienestar, la resiliencia y el equilibrio ecológico.

De igual manera, resulta indispensable reconocer, remunerar, valorar y compartir la carga de los cuidados: el trabajo reproductivo y todavía invisible —mejor dicho, invisibilizado—, que sin embargo sostiene y organiza enteramente la vida en sociedad. En palabras de la escritora y política Manuela d’Avila: «La pregunta sobre cómo las mujeres concilian el trabajo y la vida familiar no es ofensiva, lo que es ofensivo es que nunca se les pregunte eso a los hombres» [1][1] Discurso (online) de Manuela d’Avila en el Common Action Forum 2020, Nuevas dinámicas entre la gestión urbana y la cooperación internacional en el contexto de la COVID-19. Sesión 5, La ciudad pospandémica: políticas abiertas, espacio público y resiliencia. Chiapas, México | 27 – 29 de octubre 2020. Informe del foro disponible aquí: https://commonactionforum.net/es/caf2020-es/. Para alcanzar el objetivo de crear espacios y estructuras públicas de cuidado, el primer paso, como apunta d’Avila, es reconocer que este trabajo también cuenta, y que «es quizás nuestro trabajo más importante» [2].[2] Ídem.

La reforma de la arquitectura financiera internacional requiere un cambio en la forma en que valoramos el éxito económico, pasando de indicadores centrados en el PIB a marcos que tengan en cuenta el bienestar, la resiliencia y el equilibrio ecológico.

Reconocer y poner en valor el trabajo de cuidados no remunerado es indispensable para lograr un desarrollo verdaderamente sostenible. Del mismo modo, si no valoramos y protegemos la biodiversidad y el trabajo de quienes hacen efectivos derechos tan fundamentales como el derecho al agua potable o de quienes buscan formas pacíficas de resolver los conflictos; cualquier esperanza de un futuro justo y sostenible seguirá siendo inalcanzable. En nuestro planeta, casi la mitad de todas las fuentes de agua potables están actualmente contaminadas, lo que afecta especialmente a los pueblos indígenas —acostumbrados a utilizar directamente los ríos para abastecerse. En este contexto, es más urgente que nunca encontrar un equilibrio para que toda la humanidad tenga acceso a los recursos vitales sin por ello arruinar la naturaleza. En ese sentido, la lucha por la conservación de la biodiversidad no es menos importante y no puede desligarse de otras, como la lucha por la autonomía económica local.

El Pacto para el Futuro impulsado por la ONU [3][3] Pacto por el Futuro, Pacto Mundial Digital y Declaración sobre las Generaciones Futuras. Septiembre de 2024. Disponible aquí: https://www.un.org/en/summit-of-the-future/pact-for-the-future se hizo eco de esta última reivindicación y exigió mecanismos financieros equitativos que redistribuyan la riqueza, en lugar de concentrarla en círculos elitistas. No hay que perder de vista que una reestructuración financiera radical que aborde estas desigualdades no es necesaria solamente desde el punto de vista de la equidad económica: es indispensable para garantizar la longevidad de la gobernanza democrática y la estabilidad ecológica.

En «La Cumbre del Futuro de 2024: una oportunidad para la regeneración de la ONU en una era de disrupciones radicales», Youssef Mahmoud sostiene que estos desafíos económicos y financieros están viéndose agravados por el fracaso de las estructuras de gobernanza mundial —en particular las Naciones Unidas— que han tenido dificultades para adaptarse a una era de trastornos radicales. El ex Secretario General Adjunto de la Organización de las Naciones Unidas (ONU) critica la inercia de las organizaciones internacionales a la hora de responder a las desigualdades estructurales y las crisis que configuran el mundo moderno; argumentando que, sin cambios fundamentales en la distribución del poder dentro de estas instituciones, su legitimidad y eficacia seguirán erosionándose.

Mahmoud afirma que los marcos multilaterales actuales se diseñaron en una época geopolítica diferente y que son incapaces de ofrecer una toma de decisiones inclusiva y participativa que refleje las realidades de un mundo cada vez más multipolar. Así, el autor sostiene que la ONU debe someterse a una reforma significativa para responder mejor a las crisis contemporáneas, abogando por una regeneración del multilateralismo que sea inclusiva y responda a las necesidades de las naciones históricamente marginadas. Mahmoud destaca asimismo la necesidad de remodelar los procesos de toma de decisiones dentro de las instituciones internacionales, asegurándose de que reflejen las realidades de un mundo multipolar en el que la dinámica de poder debe evolucionar hacia una mayor equidad. Reclama mecanismos de cooperación más sólidos que salven las distancias entre la gobernanza financiera, política y medioambiental, reforzando el papel de la ONU como facilitadora de una transformación global significativa.

La verdadera innovación no surge del aislamiento, sino de la intersección del saber, la experiencia y la imaginación.

De acuerdo al autor, la reforma de la ONU implica no solo reformar sus procedimientos internos, sino una transformación de su espíritu mismo, dando el salto de un organismo reactivo a otro que fomente de proactivamente la solidaridad y la resiliencia globales. Del mismo modo, el doctor Mahmoud hace hincapié en que la ONU debe dar prioridad no solo a los actores estatales, sino también a las voces subnacionales y de la sociedad civil, garantizando que la gobernanza se base en las experiencias de los más afectados por las crisis mundiales. Esto requeriría un compromiso renovado con la diplomacia multilateral, nuevos mecanismos de financiación para apoyar el desarrollo sostenible y estructuras institucionales que eleven —en lugar de acallar— las perspectivas diversas en la toma de decisiones.

Mahmoud condensa con solemnidad y belleza el espíritu de este volumen al afirmar que «si seguimos atrapados en los mismos patrones de pensamiento, conocimiento y comportamiento que nos han llevado a estos desafíos, es poco probable que encontremos una salida» [4][4] Mahmoud, Youssef (2023), La Cumbre del Futuro de 2024: Una oportunidad para la regeneración de la ONU en una era de disrupciones radicales. Metapolis Vol.4 Nº1, Ene-Dic 2023. Disponible aquí: https://metapolis.net/es/project/la-cumbre-del-futuro-de-2024-una-oportunidad-para-la-regeneracion-de-la-onu-en-una-era-de-disrupciones-radicales/. Esto, a su vez, apoya la tesis de Jason Hickel cuando argumenta que las actuales crisis económicas y ecológicas que nos asolan están profundamente arraigadas en nuestro legado colonial. Por tanto, si aspiramos a resolverlas, deberemos romper con el ciclo colonialista, marcando un nuevo rumbo para la historia de la humanidad.

Foto_ judy dean_ CC BY-SA 2.0
En su artículo «La revolución anti-colonial, única salida a la crisis ecológica», el profesor Hickel sitúa la crisis actual en un amplio contexto histórico, demostrando cómo siglos de extractivismo y explotación han dado forma a las disparidades contemporáneas. El Norte Global se ha enriquecido durante mucho tiempo explotando los recursos y la mano de obra del Sur, y cualquier solución climática que no tenga en cuenta estas injusticias históricas corre el riesgo de reproducirlas —aun con la careta de la sostenibilidad. Reconocer la necesidad de reparaciones, derechos sobre la tierra y gobernanza indígena es esencial para configurar una transición ambiental justa, que vaya más allá de la retórica y se traduzca en un cambio real y transformador.

La economía mundial debe reconocer y valorar adecuadamente las formas de trabajo que sustentan la vida humana y ecológica, como los cuidados no remunerados y la gestión de la biodiversidad.

Hickel sostiene que la actual desigualdad global no es un accidente, sino una continuación de las estructuras de poder coloniales que fueron diseñadas para extraer riqueza del Sur Global y concentrarla en manos del Norte. El autor enfatiza que, a pesar de la descolonización formal, las políticas económicas como los programas de ajuste estructural, los desequilibrios comerciales y los ciclos de deuda continúan perpetuando estas injusticias históricas. Además, critica el modelo económico dominante que prioriza el crecimiento sin fin y la extracción de recursos, argumentando que es fundamentalmente incompatible con los límites ecológicos del planeta. En su lugar, apuesta por una reestructuración radical de la economía global, que dé prioridad a la suficiencia frente al exceso, a la redistribución frente a la acumulación y al equilibrio ecológico frente a la maximización del beneficio. Esto exigiría no solo compensaciones financieras, sino también una transformación de las estructuras de gobierno que empoderen a comunidades históricamente marginadas por el capitalismo extractivo. Su visión se alinea con los principios de la Bauhaus Global, ya que subraya la necesidad de innovación sistémica en la forma en que se organizan las economías y las sociedades para garantizar un futuro justo y sostenible.

Esta filosofía de la Bauhaus Global exige un enfoque interdisciplinario, capaz de incorporar nociones de múltipleas áreas de conocimiento para crear soluciones holísticas. Como escribió Rainer Maria Rilke en una ocasión: «El futuro entra en nosotros para transformarse en nosotros, mucho antes de manifestarse» [5][5] Rilke, Rainer Maria (1903). Cartas a un joven poeta. Madrid: Ediciones Rilke.. Esta transformación no es pasiva; es un acto de diseño intencional, que nos obliga a derribar las barreras que separan las diferentes áreas de conocimiento, los modelos de gobierno y los sistemas económicos. La verdadera innovación no surge del aislamiento, sino de la intersección del saber, la experiencia y la imaginación.

Esto significa diseñar sistemas participativos y descentralizados, que permitan a las comunidades locales tomar la iniciativa en la configuración de su propio futuro, reconociendo al mismo tiempo que la justicia económica, ecológica y social deben perseguirse como un conjunto. Este enfoque integrador exige modelos económicos reparadores y redistributivos que reconozcan las injusticias históricas que sustentan las desigualdades actuales. Del mismo modo, requiere una perspectiva ecocéntrica que sitúe el cuidado, tanto de las personas como del planeta, en el centro de nuestra toma de decisiones políticas y económicas.

Para forjar un futuro justo y sostenible, debemos redefinir el valor en sí mismo, no como una medida de extracción y acumulación, sino como un compromiso con el cuidado, la renovación y la interdependencia.

Este enfoque debe materializarse en acciones políticas concretas. Como nos recuerda conmovedoramente la escritora Audre Lorde, «no existe la lucha por una sola causa porque no vivimos vidas de una sola causa» [6][6] Lord, Audre (2007). Sister Outsider. Essays and Speeches [Hermana forastera. Ensayos y discursos]. Nueva York: Penguin Random House.. Este principio debe guiar la formulación de políticas, garantizando que la sostenibilidad ambiental, la justicia económica y la equidad social se aborden como imperativos indisociables. Como ya hemos dicho, la conservación de la biodiversidad, durante mucho tiempo eclipsada por el cambio climático en el debate público, debe recibir la misma importancia. Las crisis de la pérdida de biodiversidad y el cambio climático están inextricablemente vinculadas: resolver una sin abordar la otra es imposible.

Es necesario un cambio en las estructuras de financiación pública y privada para reflejar esta realidad. Además, insistimos una vez más en que la economía mundial debe reconocer y valorar adecuadamente los trabajos que sustentan la vida humana y la continuidad ecológica, como los cuidados no remunerados y la preservación de la biodiversidad. Estas áreas siguen siendo económicamente invisibles, a pesar de su papel fundamental en el sostenimiento de las sociedades. Para forjar un futuro verdaderamente justo y sostenible, debemos redefinir el valor en sí mismo, no como una medida de extracción y acumulación, sino como un compromiso con el cuidado, la renovación y la interdependencia.

El Pacto para el Futuro de la ONU proporciona una base para el cambio institucional, pero un cambio verdaderamente transformador requiere una imaginación radical. No se trata simplemente de proponer nuevos modelos, sino de incorporar una nueva forma de pensar en todos los aspectos de la gobernanza, las políticas y la planificación económica. El paradigma de la Bauhaus global no es una visión utópica, es una necesidad.

En 1919, un urbanista alemán llamado Walter Gropius afirmó la trascendencia del pensamiento innovador. En la escuela de arte que fundó, la Bauhaus, Gropius inspiraba a sus estudiantes a gestar nuevas ideas mediante formas y colores simples: azul, rojo y amarillo; un triángulo, un círculo y un rectángulo. Esta edición de metapolis pretende ser una invitacióna a pensar como los artistas de la Bauhaus: desde la convicción de que elementos simples pueden conducir a grandes ideas para mantener nuestro planeta saludable y hacer que el futuro sea justo para todos.

No podemos seguir pensando de la misma manera de siempre. El espíritu de la Bahaus Global, que hemos tratado de explorar en el presente volumen, exige que repensemos el valor, la gobernanza y la justicia. Que integremos los imperativos ecológicos con las estructuras económicas y políticas, de manera útil a toda la humanidad, no solo a la minoría privilegiada. Si queremos construir un futuro habitable, debemos empezar ahora, con nuevas ideas, audacia, creatividad y acción colectiva.

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