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Lola Allen |
Fernanda Ribeiro
Jul-Dic, 2023
En la misma línea que la célebre cita de Lenin que afirmaba que «hay décadas en las que no pasa nada y semanas en las que pasan décadas», el ex primer ministro británico Harold Macmillan, al ser preguntado por cuál creía que era el principal desafío para cualquier estadista, respondió: «Los acontecimientos, querido muchacho, los acontecimientos» [1].[1] The Economist. (1984, September 15). The Macmillan years. The Economist, 292(7365), 33–38. Un análisis que resulta sin duda visionario desde la perspectiva del tiempo histórico acelerado que vivimos hoy. Una era en la que pasamos de un momento histórico a otro a un ritmo muy superior al transcurso de la vida material [2],[2] Braudel, F. (1958). Histoire et sciences sociales: La longue durée. Annales. Histoire, Sciences Sociales, 13(4), 725–753. Disponible aquí: https://www.jstor.org/stable/27579957 que hace que ya no tenga tanto sentido hablar de «conmociones» o «crisis», sino simplemente de la evolución y sucesión incesante de los acontecimientos.
Esta aceleración de los acontecimientos genera una ansiedad particularmente evidente en los medios de comunicación: el pánico y el sensacionalismo venden, la objetividad no. De igual manera, los liderazgos que despuntan y que más capacidad de arrastre parecen tener en la actualidad no son aquellos capaces de dar certezas y tranquilidad a sus seguidores, sino quienes apelan y exaltan la ira, los discursos de odio y las pasiones más bajas.
En este contexto, el auge de la extrema derecha, del que habla Ricardo Sá Ferreira en su artículo El Estado reescrito: represión de élite, austeridad y la lucha revolucionaria por la democracia, está trayendo de vuelta peligrosos patrones y comportamientos que recuerdan siniestramente al siglo pasado. De igual modo que en la ciudad brasileña de Rio de Janeiro la principal amenaza para los defensores de derechos humanos y activistas LGTBi son las «milicias» paramilitares y paraestatales que persistieron en la era post-Bolsonaro, tenebrosamente parecidas a los llamados «camisas negras» de la Italia fascista [3];[3] Instituto Cultiva, Algoritmo y Política, Conversatorio con Jean Wyllys. 13 de marzo de 2025, disponible aquí: https://www.youtube.com/watch?v=aYW9eEf0ZJ4 en Alemania también asistimos a sucesos propios de los años 30: el grupo parlamentario de Alternativa para Alemania (AfD) en Sajonia-Anhalt presentó recientemente en el parlamento de Magdeburgo una moción titulada «El camino equivocado del modernismo», exigiendo un «examen crítico» de la Bauhaus [4].[4] Bassets, Marc, La extrema derecha alemana contra la Bauhaus: «Una aberración de la modernidad». El País, 4 de noviembre de 2024. Disponible aquí: https://elpais.com/cultura/2024-11-04/la-extrema-derecha-alemana-contra-la-bauhaus-una-aberracion-de-la-modernidad.html
Esta escuela artística ya fue perseguida, censurada y tildada de «comunista» y «bolchevique» por el Partido Nacional Socialista de Hitler (NSDAP), que en 1931 cerró su sede en Weimar. Que la ultraderecha alemana de la actualidad vuelva a atacar a un movimiento de vanguardia artística que los nazis consideraban «arte degenerado» o un «pecado arquitectónico» [5];[5] Rosalía Sánchez, La extrema derecha alemana vuelve a atacar el estilo Bauhaus. ABC Cultura, 28 de octubre de 2024. Disponible aquí: https://www.abc.es/cultura/arte/extrema-derecha-alemana-vuelve-atacar-estilo-bauhaus-20241028131754-nt.html muestra hasta qué punto es preocupante el avance de fuerzas extremistas que basan sus políticas en la religión o la raza, el nacionalismo, el nativismo y los populismos, y que atentan deliberadamente contra la libertad artística, académica o de expresión.
Este repliegue identitario, que analiza también José Manuel Gómez Giménez en su artículo Ciudades y Naciones: de fuerzas emancipadoras a desafíos globales, no solo está haciendo que las ciudades dejen de ser nodos de innovación y emancipación para convertirse en epicentros de desigualdades y fracturas sociales; sino que tiene su correlato también a nivel internacional: los Estados están volviendo a aferrarse a sus idiosincrasias nacionales en detrimento de un globalismo que ingenuamente se creía arraigado.
Que la ultraderecha alemana de la actualidad vuelva a atacar a un movimiento de vanguardia artística, muestra hasta qué punto es preocupante el avance de fuerzas extremistas.
Como vaticinó Jean-François Lyotard en su libro The Postmodern Condition. A Report on Knowledge [6],[6] Lyotard, J.-F. (1984). The postmodern condition: A report on knowledge. University of Minnesota Press. la postmodernidad supuso el fin de las metanarrativas, de los valores y corrientes de pensamiento universalistas —como el marxismo y los ideales de la Ilustración—; y supuso también el paso de una era marcada por un gran paradigma unitario a otra de muchas pequeñas identidades fragmentadas. Esto conllevó, de alguna manera, el comienzo del declive de la legitimidad y de la relevancia de la Organización de las Naciones Unidas (ONU), pues la Carta de la ONU refleja, al fin y al cabo, una perspectiva ilustrada del mundo basada en el racionalismo universalista y la perfectibilidad humana.
Un Gobierno en la sombra: Estados capturados y empresas desnacionalizadas
Una de las deficiencias —por diseño— de las Naciones Unidas más emparentada con su actual crisis de credibilidad, es el hecho de que la ONU se construyó como un sistema estatocéntrico. Así, la realidad de que actualmente la economía global y el poder se ejercen cada vez más a través de Estados capturados por intereses corporativos, hace que la ONU parezca cada día más obsoleta: un sistema caduco que no responde a la dinámica ni a la configuración del mundo contemporáneo, con una enorme dependencia política y financiera de un solo país. Un sistema donde las decisiones se toman tanto en Washington como en Silicon Valley, pero donde este último condiciona cada vez más la agenda del primero.
Así, entendemos por «gobierno en la sombra» aquella red de actores privados —corporaciones tecnológicas, fondos de inversión y consultoras— que ejercen poder de facto sobre decisiones públicas sin responsabilidad democrática directa. Esta suerte de imperio de los poderes fácticos tiene un impacto directo en el multilateralismo: las empresas privadas están desempeñado un rol cada vez más relevante en las negociaciones internacionales, donde no se comportan con lealtad hacia un Estado o una nación, sino como empresas completamente desnacionalizadas, defendiendo puramente sus intereses financieros particulares.
Las grandes compañías tecnológicas demuestran especialmente esta pérdida de poder relativo de los actores estatales en la arena internacional. Si llamamos «era de la información» al mundo en que vivimos en la actualidad, es entre otras cosas porque las diez principales empresas del mundo son, todas ellas, de tecnología de la información: Apple, Meta, Google… Se trata, además, de empresas que provienen desproporcionadamente de los Estados Unidos (EE.UU.).
Esta «hegemonía de la información», que domina nuestra sociedad a la velocidad de la luz, representa una suerte de gobierno en la sombra mundial; pues las corporaciones multinacionales, los multimillonarios y toda una nueva clase de lobbys y jugadores internacionales, son quienes realmente mandan hoy por hoy en el planeta. Un ejemplo elocuente de este fenómeno es el hecho de que, un año y medio antes de que la ONU comenzara a negociar el Pacto Digital, Microsoft creó una oficina especial en Nueva York dedicada a presionar a la Unión Europea (UE) y sus emisarios, para evitar cualquier tipo de regulación o gobernanza en torno a los datos [7].[7] Reuters. (2023, May 30). Microsoft lobbied UN for ‘privileged’ role in global digital pact, sources say. Disponible aquí: https://www.reuters.com/technology/microsoft-lobbied-un-privileged-role-global-digital-pact-sources-say-2023-05-30/
Desde los mecanismos de financiación climática hasta los acuerdos comerciales, la arquitectura global sigue diseñándose en los centros financieros del Norte para facilitar la extracción de valor desde el Sur.
Pero no solo las grandes empresas tecnológicas y las nuevas plataformas representan una amenaza para las democracias modernas: los medios de comunicación tradicionales, los llamados mass media, operan la mayoría de las veces al margen de los controles democráticos. En su artículo Entre el pueblo y el poder: el rol de los medios de comunicación en la democracia ecuatoriana, Kruskaya Rojas expone cómo en la actualidad algunos operadores de los medios masivos actúan en clara connivencia con el poder —tanto político como financiero—, comportándose como «medios militantes», partisanos y tendenciosos, muy alejados de los principios de neutralidad, imparcialidad y deontología por los que deberían regirse. Existen países, como Ecuador, donde el ordenamiento jurídico incluso prohíbe explícitamente las relaciones directas entre el poder financiero, mediático y político. Sin embargo, mientras los actores políticos y sociales obtengan mayores logros —o «ganancias»— actuando al margen de las normas establecidas que cuando se ciñen a ellas, será muy difícil garantizar la separación de poderes en las democracias de la actualidad, tan mediadas y atravesadas por la industria de la comunicación. El derecho a la comunicación emerge, así, como una de las tareas democráticas más acuciantes de nuestra era.
Renacionalizar la información se convierte, por tanto, en un paso clave para que podamos tener una conversación real sobre democracia, y también sobre multilateralismo. De lo contrario, mientras siga siendo más importante ir al Foro Anual de Davos que a la Conferencia de las Partes (COP) de la Convención Marco de las Naciones Unidas sobre el Cambio Climático o del Convenio sobre la Diversidad Biológica (CDB), los bienintencionados del mundo nos veremos limitados a desarrollar una suerte de simulacro de multilateralismo y relaciones internacionales mientras los verdaderos decisores están reunidos en la habitación de al lado, determinando realmente lo que le sucede a nuestro planeta.
Un nuevo liderazgo para el Sur Global
Además de los actores privados y el capital internacional, hay un elemento que parece condicionar cada vez más los acontecimientos mundiales: la geopolítica, que afecta incluso a aquellos países que no parecen estar interesados en ella. En un contexto en el que el Norte Global se comporta cada vez más a la defensiva, el Sur Global sigue intentando maniobrar como bloque —y a veces fracasando en esa empresa. Mientras Occidente se muestra cada vez más contundente a la hora de aferrarse a lo que percibe como su posición dominante en la economía y la política mundiales, para seguir exportando e imponiendo lo que presenta como «valores universales» al resto del mundo; los principales liderazgos del Sur siguen sin mostrar tanta unidad y decisión como exigiría la urgencia de la causa, tanto en las cumbres sobre el clima y como en las grandes negociaciones mundiales.
En su artículo Desobediencia civil ante la expansión capitalista y el régimen de guerra, Tom Kucharz demuestra a través de multitud de datos que la mayoría de conflictos y tensiones internacionales actuales tienen una dimensión ecológica. Un ejemplo de esta conexión cada vez más patente entre la geopolítica y las cuestiones medioambientales es el hecho de que toda la cadena de materias primas extraídas del Sur Global —que terminan en los puertos, las fábricas y las tiendas de China, la Unión Europea y los Estados Unidos— provoca la destrucción de millones de hectáreas de bosque virgen y decenas de miles de desplazados internos en el Sur. Es decir, que el consumo material del Norte Global —especialmente de los Estados más enriquecidos y sus ciudades— no solamente es responsable de una gigantesca disfunción geológica para nuestro planeta, sino que además provoca militarización y violencia política en los países del Sur Global.
Para liberar el potencial geopolítico que esconde el Sur Global, y que aún no ha sido explotado, puede resultar útil recuperar los ejemplos de algunos líderes históricos de la solidaridad mundial, como el Primer Ministro Mahathir o el Presidente Julius Nyerere, que fueron visionarios al insistir en la necesidad de que los países en desarrollo deben defender de manera unitaria sus intereses comunes.
Cuando los líderes de América Latina, de África y de Asia impulsaron hace 50 años una hoja de ruta que recibió el nombre de «Un nuevo orden económico internacional» [8],[8] Organización de las Naciones Unidas [ONU]. (1974). Resolución 3201 (S-VI): Declaración sobre el establecimiento de un nuevo orden económico internacional. Asamblea General de las Naciones Unidas. Disponible aquí: https://undocs.org/es/A/RES/S-6/3201 fue la única vez en la historia del multilateralismo que el Sur Global marcó la agenda, obligando al Norte a responder. Henry Kissinger y otras importantes figuras políticas del Norte tuvieron que reaccionar a una agenda que el Sur estaba estableciendo; y esto fue posible gracias a un fuerte liderazgo y también a una narrativa sólida. La narrativa de que las reglas del juego habían sido diseñadas por y para los intereses de las economías avanzadas.
El Norte se sigue comportando como si su emperador no estuviera desnudo, pero los sectores progresistas de los países desarrollados están cada vez más frustrados y paralizados.
Hoy, esta misma lógica se reproduce en la arquitectura financiera global: desde los mecanismos de financiación climática hasta los acuerdos comerciales, las reglas siguen diseñándose en los centros financieros del Norte para facilitar la extracción de valor desde el Sur. Se trata, por tanto, de un relato y de un impulso que debemos recuperar, pues las circunstancias no han cambiado 50 años después: si queremos garantizar el progreso de las partes explotadas de la economía mundial, tenemos que cambiar las reglas del juego. Para ello, resulta indispensable la unidad y fortaleza del Sur Global.
Conclusiones: Defender la pluralidad de la existencia
El Norte se sigue comportando como si su emperador no estuviera desnudo, pero los sectores progresistas de los países desarrollados están cada vez más frustrados y paralizados. Esto representa una oportunidad para el Sur Global: la de aprovechar ese descontento, superando los cánones occidentales que, como señala María Navarro en su artículo «Hemos sufrido un gran robo cuando no somos propietarios de nada», aún reducen los procesos democráticos a parámetros rawlsianos, situando la deliberación en el Estado y sus instituciones.
Así, y como apunta a su vez María Olympia Conceição en su artículo Ideas para descolonizar la participación política brasileña, es necesario reconocer que la filosofía kantiana proporcionó una justificación moral al colonialismo al definir a un «otro» étnico que era susceptible de ser expropiado, explotado y sometido. En ese sentido, descolonizar los principios de la reciente Bauhaus Global, como sostiene la autora, no significa una mera deconstrucción del imperialismo, sino reconocer las raíces coloniales del Antropoceno y dejar de imponer una idea de humanidad homogénea, que niega la diversidad de hábitos y formas de vida. En definitiva, reconocer la pluralidad de la existencia.
A lo largo de este volumen hemos llamado «policrisis» a esa confluencia multifacética de inestabilidad económica, degeneración política, fragmentación social y degradación ecológica que nos ha llevado al punto de inflexión en el que nos encontramos ahora, en el que la gestión política y económica global del colapso ecológico será sin duda la prueba de fuego definitiva para el multilateralismo. Poco importa quién gane o pierda hipotéticas contiendas hegemónicas si el más cierto de los desafíos existenciales que la humanidad enfrenta solo puede ser abordado desde un profundo sentido de la unidad y desde la puesta en práctica de la cooperación.
La ciencia es inequívoca: sin recortes inmediatos y radicales de las emisiones de CO2, el mundo se dirige a un calentamiento relativo de más de 2.7°C [9],[9] IPCC. (2023). AR6 Synthesis Report: Climate Change 2023 [Informe de síntesis AR6: Cambio climático 2023] (Cap. 3, p. 52). Disponible aquí: https://www.ipcc.ch/report/ar6/syr/ una franja en la que los modelos actuales de predicción y comprensión de catástrofes naturales quedarían obsoletos. Ante un modelo de respuesta política en el que la grandilocuencia del discurso climático queda siempre en papel mojado, en que se redobla la apuesta por producir hidrocarburos —agotando el presupuesto de carbono restante [10][10] UNEP. (2023). Production Gap Report 2023: Phasing down or phasing up? [Informe sobre el desfase en la producción 2023: ¿Disminución o aumento gradual?]. Disponible aquí: https://productiongap.org/2023report/— al tiempo que se persigue a los activistas medioambientales; pretender mantener vivo el objetivo de 1,5° es sencillamente una farsa.
Ante este desafío, el Sur Global enfrenta el dilema de su propia fragmentación. La debilidad por diseño de muchos de sus Estados y su creciente vulnerabilidad ante la crisis climática, dificultan el retorno del G77 a una agenda común, ni siquiera aspiracional [11].[11] Khan, M., & Robinson, S. A. (2023). The G77 in the Paris Agreement: Unity and fractures in climate diplomacy [El G77 en el Acuerdo de París: Unidad y fracturas en la diplomacia climática]. International Environmental Agreements, 23(1), 89-107. Esto se convierte cada día más en una inevitabilidad histórica: los modelos vigentes de financiación climática mediante endeudamiento no sólo son inservibles e históricamente injustos sino que, en su forma actual, agravan la posición estructural de muchas de estas naciones. La financiarización del desarrollo climático reproduce así la lógica extractiva bajo nuevas formas: el capital del Norte accede a mercados y recursos del Sur bajo el disfraz de la «acción climática», mientras las poblaciones locales cargan con los costos sociales y ambientales de esta aparente «colaboración».
La gestión política y económica global del colapso ecológico será sin duda la prueba de fuego definitiva para el multilateralismo.
Tampoco hay que olvidar que la contribución económica directa para una transición ecológica global, justa y coordinada es una obligación legal de los países desarrollados, sujeta a tratados internacionales desde hace más de veinte años: desde la firma de la Convención Marco de las Naciones unidas sobre el Cambio Climático (UNFCCC, por sus siglas en inglés) hasta la del tratado de París. El objetivo de cien mil millones tenía que haberse cumplido ya en 2020, y ha sido pospuesto a 2025. Con cada retraso y cada muestra de inacción, cada nueva edición de la COP se viene saldando como un paso más hacia la cancelación de los objetivos climáticos.
Esto no quiere decir que el Sur deba renunciar a reclamar el cumplimiento de los compromisos de un Norte Global cada vez más inestable, en el que el propio discurso climático gana cada día más detractores —entre los populistas reaccionarios y los negacionistas. Al contrario: el Sur debe permanecer en los foros multilaterales, encontrando todas las vías imaginables para coordinarse y agregar fuerza, y aferrándose al mismo tiempo a los mecanismos y normativas ya existentes que siguen siendo de relevancia —como el marco de Responsabilidades Comunes y Diferenciadas.
La multipolaridad y el multilateralismo emergente ofrecen una oportunidad histórica para reequilibrar el poder a escala global, pero su éxito requerirá coordinación, resiliencia y una clara ruptura con las estructuras de dominación heredadas. El futuro del orden mundial dependerá en gran medida de la capacidad del Sur para consolidar alianzas estratégicas, proteger la estabilidad de los ecosistemas, afianzar sus democracias y resistir las presiones geopolíticas del statu quo. Otra tarea impostergable es la de impulsar mecanismos financieros alternativos que vayan encaminados a revertir el absurdo de que el gran capital transnacional haya convertido el Derecho Internacional Público en un privilegio para sí mismo.
Estas son nuestras batallas actuales, que continuarán en el futuro, y en las que el Sur Global tiene la oportunidad de tomar la delantera. Potenciando el rol de los bancos regionales y nacionales de desarrollo y reavivando el afán cooperador de instancias como la Asociación de Naciones del Sudeste Asiático (ASEAN) o la Unión Africana (UA), el Sur puede encontrar los recursos humanos, intelectuales y materiales necesarios para replantear la integración de sus modelos de producción y mejorar sus capacidades en todos los ámbitos. El Sur posee no solo el dinamismo demográfico y económico, sino también la experiencia institucional necesaria. Desde los mecanismos de cooperación Sur-Sur hasta los bancos regionales de desarrollo, existen ya suficientes herramientas para construir una arquitectura financiera alternativa, que priorice las necesidades de las personas y la naturaleza sobre los retornos del capital.
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