Relaciones energéticas internacionales: ¿qué ha cambiado después de la guerra en ucrania?

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Rafael Fernández
Jun, 2022
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Hace ahora cincuenta años la guerra del Yom Kipur dio inicio a una nueva etapa en la historia de las relaciones energéticas internacionales. El embargo al petróleo ruso, la respuesta posterior de Rusia reduciendo y, posteriormente, interrumpiendo los suministros de gas a Europa, las subidas de precios de ambos combustibles, el shock inflacionista, la estanflación, las medidas de ahorro y el retorno al primer plano de la seguridad energética como objetivo prioritario de las estrategias nacionales y tema central de las relaciones internacionales nos devuelven como en un déjà vu a aquellos años críticos. Dadas las similitudes entre los dos momentos, la pregunta se hace inevitable: ¿la guerra en Ucrania dará lugar al inicio de una nueva etapa en la historia de las relaciones energéticas internacionales? Si es así, ¿cuáles serán los principales cambios y cuáles sus implicaciones en el mundo posterior a la posguerra fría?


Las consecuencias del Yom Kipur

Aquella guerra —la del Yom Kipur— llevó a los grandes consumidores occidentales (Estados Unidos y Europa) a buscar nuevos espacios de producción y exportación de crudo para reducir su dependencia de Oriente Medio y debilitar el poder de mercado de los países miembros de la Organización de Países Exportadores de Petróleo. A partir de ese momento, la elevada concentración de los intercambios entre pocas áreas geográficas que hasta los años setenta había caracterizado la industria petrolífera fue dando paso a un escenario más abierto, con exportadores procedentes de América del Norte (Canadá y México), Europa (Reino Unido, Países Bajos, Noruega), América Latina, África y, más tarde, Rusia y Asia central. Simultáneamente, los países de Oriente Medio fueron reorientando sus exportaciones hacia Asia oriental, que más adelante se convertiría en el principal importador mundial de crudo.

Foto_ Spinster Cardigan_ CC BY 2.0
La guerra no sólo modificó las estructuras de intercambio. También dio lugar a un cambio de mayor trascendencia: la transformación del sistema de formación de precios. El viejo sistema, consistente en la fijación por parte de las siete grandes (Dutch-Shell, British Petroleum, Exxon, Chevron, Mobil, Gulf y Texaco) de un precio único de referencia para todas las compras a pie de pozo, fue considerado obsoleto cuando la fijación administrativa de esos precios pasó a estar controlada por los países de la OPEP [1][1] Centeno, R. El petróleo y la crisis mundial, capítulos II y VI, Alianza Universidad, Madrid, 1982.. En su lugar se propuso el sistema que sigue vigente hasta la actualidad, y que más recientemente se ha extendido al gas natural, en el que los precios se determinan en espacios de contratación próximos a grandes centros financieros. En estos mercado se realiza un número relativamente pequeño de transacciones de compra-venta de un determinado tipo de crudo (Brent, por ejemplo) de los que emana un precio (revelado por agencias privadas) que el conjunto de los operadores del sistema aceptan tomar como referencia (benchmark) para la determinación de todos los demás precios en el sinfín de transacciones de todo tipo de crudos (más de 300) que continuamente se llevan a cabo en los mercados internacionales.

Junto a los cambios en los flujos de intercambio y el sistema de precios, la guerra también marcó un punto de inflexión en las relaciones de poder entre los principales actores del negocio petrolero. Durante décadas, las siete empresas petroleras que dominaban el sector, apodadas popularmente como las siete hermanas, no sólo habían determinado el sistema para la fijación del precio del crudo, el reparto de los territorios de extracción (excluidos Estados Unidos y la Unión Soviética) y las condiciones de distribución de los beneficios entre las compañías y los gobiernos de los países productores; sino que, a partir de lo anterior, también habían logrado ejercer un fuerte control sobre la distribución, el refino y la comercialización de los productos petrolíferos [2][2] Yergin, D. The Prize, Simon and Schuster, New York, 1990..

La instauración de ese régimen corporativo, afianzado gracias al apoyo de los gobiernos de sus países de origen, se vino abajo cuando los países exportadores forzaron la nacionalización de los hidrocarburos. Desde entonces, la poliarquía (es decir, la variedad de actores con diferentes posiciones de poder relativo) constituye uno de los rasgos más característicos de la industria petrolífera internacional [3][3] Palazuelos, E. «Modelos de oligopolio en la industria petrolera: Las «Siete hermanas» versus la OPEP», Revista de Historia Industrial, 48. Año XXI, 2012, pp. 119-152..

En esa poliarquía, las International Oil Companies (IOC), aunque han perdido sus posiciones de privilegio en los principales territorios de extracción, mantienen su presencia en espacios secundarios, conservan su dominio tecnológico y comercial y, después de las fusiones acometidas a finales del siglo pasado, se han visto muy favorecidas por la continua escalada de los precios del crudo. Lo mismo ha sucedido con los países de la OPEP. Su capacidad para influir sobre las condiciones del mercado ha sido mucho más débil de lo que se esperaba y de lo que a menudo se le presupone; pero, a pesar de ello, la dinámica de precios les ha sido extraordinariamente favorable. Así, mientras la influencia del cartel declinaba, el poder de estos países, así como el de otros grandes exportadores que no son miembros de la OPEP (sobre todo, Rusia), ha ido en aumento, tanto desde el punto de vista económico-financiero como político-militar. En lo que se refiere al ámbito específicamente energético, ese poder lo ejercen a través de las empresas estatales (National Oil Companies, o NOC), que poseen la mayor parte de las reservas mundiales de crudo y gas natural, y algunas de ellas ya cuentan con redes de distribución, refinerías, comercializadoras y participaciones en otras industrias.

La política del gobierno y las empresas chinas ha servido para fortalecer aún más la posición negociadora de los productores, al constituirse en una alternativa fiable —que aúna capacidades productivas y seguridad de demanda, sin injerencias políticas—, frente a la propuesta norteamericana unilateralmente orientada hacia la seguridad de oferta.

A pesar de que el dominio de los exportadores ha ido en aumento, el gobierno de los Estados Unidos continúa desempeñando un papel central en el orden energético internacional. En ese orden posterior a la crisis de los setenta el principal objetivo de la política estadounidense ha consistido en garantizar que los principales productores mantuvieran un flujo continuo y abundante de oferta exportable en el mercado internacional. Para el cumplimiento de ese objetivo, las intervenciones en los escenarios de exportación han sido incesantes, tanto para ganarse aliados (empezando por Arabia Saudí, con el fin de que este país ejerciera de swing producer o balanceador del sistema) como para combatir enemigos (desde Irán, pasando por Irak, Libia o Venezuela). Dejando de lado los beneficios de esta política (en especial para los contratos de la industria militar), su coste para los Estados Unidos ha ido en aumento a medida que ha ido creciendo la dificultad para controlar los conflictos que esa misma política generaba.

La llegada de China ha añadido más complejidad a ese régimen poliárquico —y crecientemente conflictivo—, poniendo en mayores dificultades la pretensión estadounidense de fiscalizar las estrategias de los países productores. Ante el continuo aumento de su demanda energética, el gobierno de China ha venido participando en la formalización de contratos de largo plazo para la compra de crudo en grandes cantidades; al tiempo que ha llegado a acuerdos con los exportadores para la participación de sus empresas en proyectos de extracción y la construcción de infraestructuras de transporte. De esta manera, la política del gobierno y las empresas chinas ha servido para fortalecer aún más la posición negociadora de los productores, al constituirse en una alternativa fiable —que aúna capacidades productivas y seguridad de demanda, sin injerencias políticas—, frente a la propuesta norteamericana unilateralmente orientada hacia la seguridad de oferta.

Por último, tras la crisis de 1973, las relaciones energéticas internacionales dejaron de girar única y exclusivamente en torno al petróleo. Frente a la subida de los precios y la nacionalización de los recursos por parte de los exportadores, los gobiernos de los países consumidores promovieron políticas de ahorro y diversificación de las fuentes de energía. La energía nuclear y el gas natural, abundante en Canadá, Estados Unidos y Mar del Norte, emergieron como alternativas que presumiblemente serían capaces de reducir la dependencia energética del exterior. Por diversos motivos, el desarrollo de la primera (la nuclear) no respondió a las expectativas que se habían generado inicialmente. Por el contrario, el desarrollo de la segunda (el gas), tímido al principio, despegó más adelante gracias a la suma de distintos factores: sus ventajas económicas y medioambientales frente al petróleo y el carbón en la generación de electricidad, y frente al carbón y la electricidad para el calentamiento de hogares y edificios; los acuerdos de los países europeos con la antigua Unión Soviética para el suministro a gran escala y a bajo precio; el desarrollo del licuado, fundamental para el comercio de gas en Asia oriental; la aparición de nuevos productores (Noruega, Qatar, Australia); el desarrollo del fracking, etc. De esta forma, las relaciones energéticas internacionales dejaron de girar únicamente en torno al petróleo; el gas entró en escena con sus propias estructuras de comercio, mecanismos de intercambio y relaciones de poder.


Vuelco en la estructura de los intercambios tras la guerra en Ucrania

Pero volvamos a la pregunta inicial. ¿Ha provocado la guerra en Ucrania cambios tan profundos en los flujos de intercambio, la formación de los precios, el poder de los actores y la base energética dominante como los que trajo consigo la guerra del Yom Kipur? ¿Tan profundos como para que podamos afirmar que estamos ante el inicio de una nueva etapa en la historia de las relaciones energéticas internacionales? De las cuestiones señaladas no cabe duda de que la primera es la que se ha visto afectada de manera más inmediata. Es más, seguramente nunca antes se había dado un cambio tan rápido e intenso en la estructura de los intercambios como el que se ha producido en estos últimos meses.

El 8 de marzo, pocos días después del inicio de la invasión, los Estados Unidos anunciaron que dejaban de importar petróleo ruso. Sabiendo que el comercio entre ambos países era casi insignificante, era fácil deducir que el objetivo de esa medida no era causarle un daño directo a la economía rusa, sino poner en marcha una campaña de presión a la Unión Europea para que se sumara al embargo. La campaña dio resultado, y a partir de ahí se inició una serie de efectos en cadena que no por previsible ha sido menos impactante: reducción de las importaciones europeas de petróleo, cortes en los suministros rusos de gas, subidas en cascada de los precios de ambos hidrocarburos y recomposición de las relaciones comerciales a nivel internacional.
Por lo que se refiere al petróleo, Rusia pasó a vender en Asia parte del petróleo que antes vendía en Europa, a cambio eso sí de conceder sustanciales rebajas en el precio a los compradores y de pagar cuantiosas primas a los cargadores. Por su parte, Europa ha empezado a comprar en Oriente Medio, África y América Latina el petróleo que antes importaba de Rusia, si bien las refinerías europeas no han encontrado fácil sustitución para el petróleo ruso que se utiliza en la producción de gasóleos y otros derivados, provocando que el precio de estos productos se haya elevado de manera especialmente intensa. Al mismo tiempo, la búsqueda europea de petróleo en otras latitudes y la reorientación de Rusia hacia Asia, que previsiblemente se intensificará a partir de diciembre cuando se consume la prohibición europea de adquirir petróleo ruso (por vía marítima), dará lugar a aumentos en las cuotas de otros grandes exportadores y a cambios significativos en el destino de sus ventas.

La posición rusa como primer exportador mundial quedará netamente debilitada, en favor de la conexión entre Oriente Medio y Asia oriental, a la que pronto se unirán, junto a Qatar, países como Irán o Arabia Saudí. De esta forma, el área del Indo-Pacífico pasaría a concentrar la mayor parte de los intercambios energéticos, tanto de gas como de petróleo.

El impacto sobre los niveles de precios y la actividad productiva está siendo tan brutal que de nuevo han surgido iniciativas —eso sí, circunscritas a la UE— que parecen poner en cuestión los sistemas de formación de los precios de la energía.

Como era de esperar, el anuncio europeo de dejar de comprar petróleo ruso fue seguido de la amenaza rusa de dejar de vender gas. Consumada la amenaza, los cambios en los flujos de intercambio han seguido la misma dirección que los del petróleo. En el caso del petróleo, aunque las relaciones entre Rusia y Europa tarden en normalizarse, es lógico pensar que en el futuro pueda producirse cierta corrección de la actual reorientación de los flujos comerciales. En el caso del gas, ese redireccionamiento no puede avanzar tan rápidamente, pero seguramente acabe siendo más irreversible si la UE, además de reducir el consumo y aplicar medidas de urgencia para incrementar sus reservas, acomete inversiones para la construcción de infraestructuras capaces de sustituir —al menos parcialmente— las que conectan el continente europeo con los campos de Siberia occidental.

Si, como propugnan los Estados Unidos y plantea la UE en su plan REPowerEU, se llevan a cabo esas inversiones y la desconexión se hiciera así permanente, estaríamos ante un cambio radical en el escenario gasista. Oriente Medio y, en poco tiempo, Estados Unidos podrían convertirse en suministradores principales de la UE, complementando las exportaciones de Noruega y Argelia. A su vez, con la reducción del consumo, Europa pasaría a convertirse en un mercado secundario de gas natural en favor de un creciente protagonismo por parte de Asia oriental.

A diferencia de lo que sucede con el petróleo, el gas ruso quedaría durante un tiempo encapsulado hasta ir encontrando poco a poco salida por el Este. En estos momentos, cuenta con el gasoducto Power of Siberia, por el que de momento no pueden circular más de 60 bcm de gas natural en dirección a China, así como con las plantas de licuefacción situadas en la isla de Sajalín. Para dar salida al gas de Siberia occidental, donde se concentra la mayor parte de sus reservas, Rusia necesitaría construir gasoductos de gran longitud y/o desplegar el proyecto septentrional para normalizar el tránsito marítimo por el Ártico desde las plantas de gas licuado de Yamal (en Siberia occidental) hasta el Pacífico. Ambos proyectos requieren tiempo y financiación (de la que las empresas rusas no andan sobradas) y, en cualquiera de los casos, el coste al que llegaría ese gas a los mercados asiáticos podría hacer que fuera poco rentable o bien poco competitivo frente a otras opciones [4][4] Oxford Energy Studies: OIES Podcast Series: Impact of Russia-Ukraine War on Energy Markets Series..

La primera consecuencia de lo anterior es que la situación de escasez relativa en el mercado mundial de gas natural (al que Rusia aportaba una cuarta parte de toda la oferta exportada) seguramente se mantendrá más allá de la finalización del conflicto, lo que hará que el precio del gas permanezca durante bastante tiempo a niveles superiores a los registrados antes de la guerra.

La segunda consecuencia es que, si quedan sin uso los grandes gasoductos euroasiáticos, por los que pasaban las tres cuartas partes de las exportaciones rusas y más de un tercio de las importaciones europeas, el comercio mundial de gas natural pasará a estar dominado por el gas licuado y los grandes metaneros. Antes de la guerra, el comercio marítimo rondaba el 40% del total de las transacciones internacionales. Con la paralización de la columna vertebral del comercio de gas por vía terrestre, se consumaría la formación de un gran mercado líquido para el gas de características similares a las del petróleo.

La tercera consecuencia es que la posición rusa como primer exportador mundial quedará netamente debilitada, en favor de la conexión entre Oriente Medio y Asia oriental, a la que pronto se unirán, junto a Qatar, países como Irán o Arabia Saudí. De esta forma, el área del Indo-Pacífico pasaría a concentrar la mayor parte de los intercambios energéticos, tanto de gas como de petróleo. Secundariamente, los Estados Unidos podrán aprovechar el desarrollo de su industria nacional, las tensiones en los precios y las necesidades europeas para dar salida al exterior de una parte minoritaria de su producción, pero esa posición exportadora difícilmente será duradera en cuanto que las reservas de gas que están siendo explotadas mediante fracking presentan ciclos de vida relativamente cortos.

En suma, es previsible que los cambios en el gas sean de más calado que los del petróleo. Si consideramos ambos conjuntamente no cabe duda de que pocos acontecimientos de shock puntual habrán tenido un impacto tan grande sobre las relaciones energéticas internacionales como la guerra de Ucrania. ¿Pero tendrá esta guerra el mismo impacto que tuvo la guerra del Yom Kipur sobre la formación de los precios y el poder de los actores?


Continuidad en la formación de los precios y las relaciones de poder

Antes de la guerra ya parecía estar en marcha un nuevo superciclo alcista, una continuación de los registrados en 2000-2008 y 2011-2015. Tras la invasión de Ucrania, el precio del barril de crudo brent se elevó hasta alcanzar los 97 dólares. A comienzos de marzo, cuando se confirmó el temor de que el comercio energético podría verse afectado por el conflicto, ese precio rozó los 120 dólares y el gas natural se disparó hasta los 217 euros por MW/h, para seguir subiendo hasta alcanzar en agosto un precio máximo de 276 euros (frente a los 48 que se pagaban en agosto de 2021).

Tras la guerra del Yom Kipur, el shock de precios acabó derivando unos años después en un cambio en el sistema de formación de precios. Actualmente, el impacto sobre los niveles de precios y la actividad productiva está siendo tan brutal que de nuevo han surgido iniciativas —eso sí, circunscritas a la UE— que parecen poner en cuestión los sistemas de formación de los precios de la energía.

Primero ocurrió con la electricidad y las rentas extraordinarias de las que se benefician las empresas de este sector, gracias a un sistema según el cual el precio de referencia viene determinado por el precio que se paga por la energía más cara de todas las que diariamente entran a formar parte del mix eléctrico. Este sistema garantiza que los productores siempre estén dispuestos a responder ante cualquier aumento de la demanda eléctrica, y que todas las empresas del sector cuenten con incentivos y recursos para acometer las inversiones que sean necesarias para aumentar la capacidad instalada. A cambio, se concede a todas ellas —con independencia de la tecnología que utilicen para producir electricidad— la seguridad de que el precio de referencia será siempre muy superior al de sus costes de producción, especialmente en los casos en que esa tecnología no requiera el uso de la fuente de energía más cara (generalmente, el gas o el carbón) y/o que los costes de inversión inicial estén plenamente amortizados. El «descubrimiento» de que ese sistema permite que esas empresas reciban millones de euros caídos del cielo parece que ha puesto sobre la mesa la necesidad de reformarlo.

Después le llegó el turno al gas; primero, porque era la fuente de energía causante de la elevación de los precios de la electricidad; segundo, porque su elevado precio también estaba afectando a los consumidores finales de gas natural. Su precio fue considerado excepcionalmente elevado como consecuencia de la guerra y, por ello, la UE propuso formar un pool de compradores integrado por las grandes importadoras europeas de gas natural. Y ello a pesar de que la reforma del sistema de formación de los precios del gas, acometida por la UE durante la primera década del siglo XXI, había tenido precisamente como finalidad que las empresas importadoras —una vez desvinculadas de las distribuidoras y consumidoras— compitieran entre ellas por el abastecimiento de gas en mercados competitivos creados ad hoc a instancia de la propia UE.

En condiciones alcistas, ese diferencial es generador de beneficios astronómicos, ahora y siempre, para los productores rusos y para todos los demás. La justificación siempre ha sido la misma que la que también se ha dado siempre —si bien ahora se critica— para el sector eléctrico: de esta manera los consumidores se aseguran de que siempre habrá oferta disponible para cualquier nivel de demanda.

De la guerra las empresas saldrán si acaso más confiadas en la altísima rentabilidad que ofrece un negocio que directa o indirectamente es el responsable de la mayor parte de las emisiones de gases de efecto invernadero, y los gobiernos seguramente salgan más decididos a plantear sus relaciones con otros actores en términos aún más crudamente realistas que en el pasado.

Más adelante se consideró que la escalada de precios no se justificaba solamente, como siempre se había sostenido, por las relaciones de oferta y demanda, sino que estaba alimentada por la actividad especulativa dominante en esos mercados o hubs, por lo que se hacía necesario intervenirlos de alguna manera. Y ello a pesar de que la propia UE había sido la promotora de estos mercados gas to gas por considerarlos más eficientes que los viejos sistemas de contratación a largo plazo con precios ligados al petróleo.

A continuación, se ha aceptado la aplicación de impuestos a las empresas gasistas y las petroleras, entendiendo que también estas compañías están capturando beneficios extraordinarios, gracias a subidas excepcionales en el precio de los hidrocarburos, causadas en parte por la guerra y en parte por los movimientos de los especuladores. Y, finalmente, se está discutiendo la imposición de un tope a los precios del petróleo y el gas procedente de Rusia, ante el «descubrimiento» de que el sistema de formación de los precios del crudo y el gas natural, vigente el primero desde los años ochenta y el segundo desde los 2000, permite que Rusia ingrese más exportando menos. Este efecto no se debe a ninguna anomalía provocada por la guerra, sino al hecho de que el mercado de crudo presenta dos interesantes características, que repercuten muy positivamente sobre los productores.

La primera es que las empresas de upstream operan con costes de producción muy distintos, debido a las muy diferentes condiciones físicas y tecnológicas que presentan los territorios de extracción. Ello hace que el precio de referencia, que se establece en los mercados spot, se sitúe sistemáticamente muy por encima de los costes de producción de las empresas que dominan la mayor parte de las reservas mundiales de crudo (como es el caso, entre otras muchas, de las empresas rusas). En condiciones alcistas, ese diferencial es generador de beneficios astronómicos, ahora y siempre, para los productores rusos y para todos los demás. La justificación siempre ha sido la misma que la que también se ha dado siempre —si bien ahora se critica— para el sector eléctrico: de esta manera los consumidores se aseguran de que siempre habrá oferta disponible para cualquier nivel de demanda.

La segunda característica es que los precios diarios pagados por los operadores en los mercados de corto plazo están cada vez más financiarizados, es decir que están cada vez más determinados por los precios de futuro de los paper markets, en los que participan de forma creciente operadores no comerciales, para los que cualquier cambio, tanto real como imaginado, en cualquier variable de oferta o demanda que, efectiva o potencialmente, pueda afectar a los precios, se convierte en motivo para la generación de expectativas que se retroalimentan, de profecías que se autocumplen y de relatos justificativos tanto de una cosa (subidas repentinas) como de la contraria (caídas bruscas). Es así como estos precios —los de futuro, que se trasladan luego a los de diario— se nos presentan sistemáticamente como una imagen no disociada, pero sí exagerada (deformada), de lo que realmente ocurre en la industria petrolífera, en eso que los expertos denominan los fundamentales del mercado [5][5] Fernández, R. (2022): Economía Política del mercado de petróleo: flujos, actores y precios, Papeles FUHEM Crisis Energética (y de materiales), nº 156..

En contextos de alta incertidumbre, esas dinámicas se intensifican y los precios se elevan ya no por encima de los costes de la mayor parte de los productores, sino también, y con seguridad, muy por encima de los costes (nunca conocidos) de los que operan en el margen con costes relativamente más elevados. Esta situación no es nueva, sino que viene siendo habitual desde hace décadas, especialmente desde el comienzo de este siglo, y está en el origen de un gigantesco sistema de transferencia de rentas a nivel internacional, cuyas implicaciones políticas y económicas son difíciles de exagerar.

La guerra de Ucrania, que no es ajena a esas implicaciones (el gobierno ruso lleva dos décadas enriqueciéndose gracias a este sistema y el de los Estados Unidos lleva aún más tiempo generando conflictos y agravios en la región para protegerlo), ha servido para que desde algunas instancias se hayan propuesto algunas intervenciones sobre la formación de los precios, alegando que los mercados de referencia están demasiado financiarizados y/o que no es conveniente que estos beneficios caídos del cielo sirvan para enriquecer a regímenes autoritarios. No obstante, esas propuestas obedecen casi siempre a motivaciones oportunistas, apuntan hacia medidas excepcionales o transitorias de corrección, señalan de forma aislada algunos de sus aspectos sin ponerlos en relación con otros, y no ponen en cuestión la lógica de fondo que subyace a la manera en que se determinan los precios en los tres principales mercados energéticos: el petrolero, el gasista y el eléctrico.

Además, esas propuestas casi siempre proceden de espacios y actores con escasa capacidad de influencia sobre la regulación de los mercados energéticos a nivel internacional. Es cierto que el cambio tras la guerra del Yom Kipur no llegó hasta una década después, pero entonces la economía política era favorable a la transformación del sistema. Esa transformación fue impuesta por los Estados Unidos para privar a los grandes productores de su capacidad para determinar directamente los precios y bajo unos principios regulatorios acordes con las ideas y los intereses dominantes en los albores del paradigma neoliberal. Actualmente, con precios situados por encima de los cien dólares, ni los Estados Unidos —próximos a una situación de autosuficiencia energética, con una industria nacional en expansión—, ni las IOC, ni los países de la OPEP, ni sus empresas estatales, ni otros países productores de petróleo y gas natural parece que puedan estar muy interesados en introducir cambios en el sistema de formación de los precios de los hidrocarburos. Por supuesto tampoco los traders y la infinidad de operadores financieros, que directa o indirectamente están vinculados a este negocio.

En resumidas cuentas, no parece que la guerra de Ucrania vaya a desencadenar un replanteamiento del sistema de precios (y, consiguientemente, del sistema por el que se reparten internacionalmente las rentas hidrocarburíferas), porque tampoco parece que la guerra esté dando lugar a grandes transformaciones en las relaciones de poder entre los actores que se benefician de ese reparto. Rusia va a salir obviamente debilitada y la UE va a profundizar su papel secundario a pesar de que quiera ahora avanzar hacia una política energética común que nunca ha tenido; pero el resto de los actores principales saldrán reforzados.

De la guerra las empresas saldrán si acaso más confiadas en la altísima rentabilidad que ofrece un negocio que directa o indirectamente es el responsable de la mayor parte de las emisiones de gases de efecto invernadero, y los gobiernos seguramente salgan más decididos a plantear sus relaciones con otros actores en términos aún más crudamente realistas que en el pasado. Ello puede hacerse notar especialmente en Oriente Medio, donde a la miríada de enfrentamientos y cuentas pendientes entre países —y entre grupos sociales dentro de cada país— acumulados tras décadas de intrigas e injerencias, se unen las tensiones que previsiblemente aparezcan para intentar desmantelar la presencia rusa en la región y para contrarrestar la creciente influencia de China tanto en países «amigos» (Arabia Saudí, Emiratos Árabes Unidos, Irak) como «enemigos» (Irán y Rusia). La rivalidad con China (y Rusia) también puede manifestarse en los intentos de control de las vías de navegación o en batallas puntuales por el acceso a los recursos de Asia Central, América Latina y África.

Más allá de sus implicaciones medioambientales (que obviamente son las más importantes), esa transición encierra un potencial revolucionario también desde el punto de vista político, puesto que puede actuar como una palanca de transformación del sistema en el que se basan actualmente las relaciones energéticas internacionales. Podría modificar radicalmente los flujos de intercambio, forzar cambios en los precios y cambiar las relaciones de poder actualmente existentes.

En suma, la guerra seguramente sirva para reforzar más que debilitar el poder de los actores dominantes. Siendo así, se hace difícil pensar que la guerra desencadene cambios significativos en los sistemas de precios ni en los mecanismos de reparto de las rentas que genera el negocio. A su vez, no cambiando estos mecanismos, es difícil que cambien las relaciones de poder entre los actores. Por lo demás, el conflicto abierto por Rusia, el uso explícito de la energía como arma de guerra y la decisión americana, que parece ya firme, de extender a China la dialéctica de enfrentamiento bipolar heredada de la guerra fría, no permiten augurar que los cambios en las relaciones entre estos actores puedan avanzar en un sentido muy diferente del que se apuntaba en el párrafo anterior. Una prueba o (mala) señal de que las relaciones energéticas avanzan en esa dirección es la desautorización a la que, con la aquiescencia de la mayor parte de la opinión pública europea, ha sido sometida la política alemana, a la que poco menos que se ha acusado de poner en riesgo la seguridad energética y política de toda Europa. Se olvida cuando se asumen acríticamente esas tesis que para Alemania el gas ruso formaba parte de una estrategia más que razonable de diversificación tanto de sus fuentes energéticas como de sus fuentes de suministro. Se olvida que el desarrollo de interdependencias entre estados ha funcionado siempre como el mejor antídoto frente a las guerras y los enfrentamientos. Se olvida, en fin, que lo que se está aceptando es una aproximación a las relaciones internacionales —la de la desconfianza, la intriga y la confrontación— que es la que en otros frentes han seguido los que ahora critican a Alemania y la que nos ha conducido al triste lugar en el que nos encontramos actualmente.


La seguridad energética como palanca de transformación

Habiendo revisado las tendencias relativas a los flujos de intercambio, los precios y las relaciones de poder, sólo nos queda mencionar las consecuencias que pueda tener la guerra sobre el cambio de la base energética. Es aquí donde cabe ser más optimista. De la misma forma que la crisis de los setenta exacerbó la preocupación por la seguridad energética, dando lugar al desarrollo del gas natural y la energía nuclear, como fuentes alternativas al petróleo; la guerra en Ucrania, que ha despertado de nuevo esa preocupación por la seguridad energética, puede convertirse en un importante factor de apoyo a las estrategias de transición hacia fuentes de energía renovables.
Más allá de sus implicaciones medioambientales (que obviamente son las más importantes), esa transición encierra un potencial revolucionario también desde el punto de vista político, puesto que puede actuar como una palanca de transformación del sistema en el que se basan actualmente las relaciones energéticas internacionales. Podría modificar radicalmente los flujos de intercambio, forzar cambios en los precios y cambiar las relaciones de poder actualmente existentes.

En cuanto a los flujos, todos los países pasarían a disponer de recursos para la producción de energía eléctrica, por lo que se acabaría la dicotomía de ejes comerciales unidireccionales desde las regiones productoras a las consumidoras y los intercambios internacionales pasarían a estar más basados en interconexiones regionales. En cuanto a los mecanismos de intercambios y las reglas de determinación de los precios, no tendrían por qué modificarse; pero lo cierto es que la necesidad de acelerar la transición energética constituye un incentivo fundamental para intervenir sobre los precios y sobre el reparto de las rentas que se generan con la producción de unas y otras fuentes de energía. Por lo que se refiere a los actores, el desplazamiento de los combustibles fósiles del centro del escenario supondría también el desplazamiento de los gobiernos y empresas que han venido ocupando ese espacio a lo largo del último siglo. Las grandes compañías que dominan la producción termoeléctrica y muchas empresas petroleras y gasíferas seguirán teniendo una presencia fundamental, no sólo como productoras de hidrocarburos, sino también como participantes en la producción, distribución y comercialización de energías renovables; pero tendrán que compartir ese protagonismo con empresas de otros sectores (productores de placas fotovoltaicas, aerogeneradores, baterías, electrolizadores, infraestructuras, etc.), más allá de que las fuentes renovables seguramente posibiliten una mayor participación de empresas de menor tamaño, comunidades locales y otros organismos, tanto en la producción como en el consumo.

Sin embargo, habrá que tener cuidado. Porque la lucha por el acceso a las nuevas materias primas necesarias para la producción de equipos y los retos tecnológicos y financieros (almacenamiento de electricidad a gran escala, desarrollo del hidrógeno como feedstock y combustible, producción de baterías para vehículos eléctricos, digitalización y seguridad de redes, instalación de capacidades, etc.) a los que se enfrenta la transición energética también pueden ser fuente de importantes conflictos: entre empresas, entre empresas y gobiernos, y entre gobiernos. También entre diferentes grupos de población, dependiendo de la forma en que se repartan los costes y beneficios de la misma.

Es esperable (si bien no es posible afirmar con seguridad cuán probable) que sea la transición energética y no la guerra en Ucrania lo que nos empuje a dejar pronto atrás la última de las etapas de una época de las relaciones energéticas internacionales que ha estado marcada por la primacía de los combustibles fósiles. En cualquier caso es sin duda tan conveniente como complejo que en el nuevo periodo se evite la reproducción de muchas de las dinámicas que han caracterizado el anterior.

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