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A cincuenta años del asesinato de Pier Paolo Pasolini, sus palabras sobre la necesidad de educar en el valor de la derrota resuenan más vivas que nunca. En un mundo donde el éxito, la eficacia y la productividad marcan el pulso de lo que se considera vida digna, el arte queer del fracaso, que nos propone Jack Halberstam [1],[1] Halberstam, Jack (2011). El arte queer del fracaso. Madrid: Editorial Egales. se convierte en una forma de resistencia y de apertura a desear otras formas de producir mundo. No se trata de rendirse, sino de problematizar y desobedecer los mandatos del triunfo y de los señores que lo alimentan. De vivir con lentitud, de cultivar la escucha, la atención, el aburrimiento, de habitar los márgenes, sean cuales sean estos, de sostener el deseo en los intersticios de lo posible. Porque hoy, una vez más en la historia reciente de la humanidad, hoy más que nunca necesitamos activar otro deseo.
Pienso que el fracaso, en tanto que queer, es una potencia política y creativa: una manera de hacer comunidad desde la fragilidad, de imaginar desde la precariedad, de establecer alianzas y de ampliar la democracia en todos sus sentidos y empujarla hacia otro lugar. Uno donde el fascismo (post) y los señores de la guerra no tengan cobijo. Frente a la arrogancia del ganador neoliberal, postneoliberal, tecnoliberal, reivindicar la fuerza de quienes pierden, tropiezan o se quedan al borde del camino, en las cunetas o bajo los escombros de territorios bombardeados, es esta la tormenta que ilumina el faro. Fracasar es, también, rechazar un mundo que no deja espacio a lo humano y a sus fusiones posthumanas. Esta es la potencia queer.
Queer —y, más tarde, cuir— surge precisamente desde ahí, desde los márgenes del éxito. No nació en las universidades, aunque haya penetrado en sus discursos, sino en las calles, en los cuerpos y vidas que no encajan. Fueron los cuerpos abyectos marcados por el sida donde germinó la semilla. El filósofo y activista, Paco Vidarte [2],[2] Vidarte, Paco (2007). Ética marica. Barcelona: Editorial Egales. lo expresó con lucidez: lo queer nunca entrará pacíficamente en la academia; es el resto que el sistema no puede digerir. Es lo indecente, lo indocente, lo que se escapa. En esa fuga de la norma, de resistencia, de alianzas múltiples e imaginación reside su potencia. Yo misma vengo de esa deriva: de una genealogía de cuerpos y pensamientos que aprendieron a sobrevivir a base de improvisar estrategias frente al rechazo, a la exclusión, a la enfermedad.
A comienzos de los noventa, el contexto del sida marcó un antes y un después. El dolor se convirtió en política, la rabia en creatividad, el duelo en acción. En Madrid, colectivos como LSD o La Radical Gai abrieron grietas dentro de la ciudad y sus instituciones, también en la universidad, desafiando los discursos de poder y los modos de producir saber. Lo queer se coló en las aulas desde la calle, contaminando los discursos, revelando las fisuras del universalismo académico. La universidad, como otras instituciones —la familia, el museo, la heterosexualidad—, ya no era el centro estable de legitimación, sino un campo de batalla. Allí, los cuerpos disidentes empezaron a construir sus propias formas de conocimiento, de parentesco, de resistencia y vida cotidiana.
El arte queer del fracaso es una forma de resistencia y de apertura a desear otras formas de producir mundo. No se trata de rendirse, sino de problematizar y desobedecer los mandatos del triunfo.
Con el tiempo, el término cuir comenzó a reemplazar a queer en muchos contextos hispanohablantes. No fue una mera traducción, sino una torsión del lenguaje. Decir cuir era reivindicar un lugar propio, una diferencia geopolítica y cultural. Como dice la pensadora Sayak Valencia [3],[3] Valencia, Sayak (2015). Capitalismo gore. Madrid: Editorial Melusina. cuir busca «otras metodologías de enunciación», desobedientes y decoloniales. Frente a la hegemonía del inglés y del norte global, cuir emerge desde los territorios mestizos, desde las corporalidades abigarradas que habitan la fiesta y la violencia al mismo tiempo. Es una forma de decir: existimos desde otro lugar, pensamos desde otras heridas.
En España, la adopción de cuir también fue un gesto político. Significaba situar nuestras luchas dentro de un marco propio, entre la memoria feminista, el activismo postfranquista y las resistencias locales. Al pronunciar cuir, las palabras se doblan, se abren, se deslizan, y en esa torsión lingüística se cuela toda una historia de cuerpos, acentos y deseos que no encajan en la neutralidad del inglés. No es solo una cuestión de fonética: es una forma de descolonizar el pensamiento y de afirmar que las teorías y los conceptos no viajan sin cuerpo, que toda idea tiene una geografía, una piel, un ritmo.
Desde esta perspectiva, cuir no es una identidad fija, sino una relación social compleja, radical. No describe quién soy, sino cómo me vinculo. Es un modo de estar en el mundo con otrxs, de articular alianzas inestables, afectivas, precarias y pelear por la belleza y la alegría entre y con l+s otros. No se trata de reclamar un espacio propio, sino de inventar uno común. Por eso, cuir es, ante todo, una política de lo relacional. Como escribe Karen Barad (2023) [4],[4] Barad, Karen (2023). Cuestión de materia. Trans/Materia/Realidades y performatividad queer de la naturaleza. Madrid: Holobionte Ediciones. lo importante no es universalizar la experiencia queer, sino materializarla en su especificidad. No existe un afuera puro desde el cual actuar: el cambio sucede dentro, en la materia misma de lo que somos. Y somos diferentes. Por eso queer apuesta por una igualdad radical de la diferencia. Es imposible pensar el género sin su intersección con la raza, la clase o la nacionalidad. Las luchas cuir son siempre plurales y colectivas, nacen en la acción y se transforman en el encuentro. Esta visión relacional se nutre del pensamiento de De Lauretis, que alerta del riesgo de convertir la igualdad en indiferencia y reclama la apertura radical a la diferencia [5][5] De Lauretis, Teresa (1994). Diferencias. Madrid: Horas y Horas (reeditado en 2024).[6].[6] De Lauretis, Teresa (2025). Figuras de resistencia. Madrid: Kaótica Libros.
Lxs jóvenes buscan un lugar donde pensar sin miedo, donde poner palabras a su incertidumbre. Ahí, en ese temblor, está la oportunidad política del presente.
El feminismo es su genealogía más próxima y su interlocutor más exigente. De él heredamos las herramientas críticas para pensar el cuerpo y la política, pero también las tensiones entre igualdad y diferencia. Lo cuir discute con el feminismo; lo empuja a mirarse de nuevo, a cuestionar sus propios límites. No porque niegue la historia feminista, sino porque la continúa por otros medios. Si el feminismo luchó por la igualdad, cuir se aferra a la diferencia como horizonte emancipador. No hay contradicción entre ambas: hay diálogo, fricción, expansión.
En los años noventa, mientras el feminismo institucional buscaba reconocimiento legal, los movimientos cuir y transfeministas abrían espacio para imaginar otras formas de vida, más allá de la familia heterosexual o del sujeto «mujer» como figura central. Propusimos otras formas de parentesco, de maternidad, de afecto, de intercambio, de ciencia. Cuestionamos la naturalidad del sexo, del deseo, de la especie incluso. En los márgenes del sistema, inventamos una ética del riesgo, una estética del cuidado, una política del cuerpo y de los vínculos.
El fracaso, en ese contexto, se reveló como una herramienta poderosa. Fracasar era no cumplir las expectativas del género, del mercado, de la academia, del Estado. Era no encajar, y en ese no encajar, respirar. Las vidas cuir, precarizadas y múltiples, mostraban que no hay una sola manera de vivir bien. Que la homogeneización cultural y el éxito que le define no es un valor universal, sino una trampa, una fatídica y triste trampa. En el fracaso encontramos un modo de habitar el tiempo, de resistir la velocidad y la competitividad que nos exigen ser productiv+s incluso en el dolor.
Lo cuir no ofrece soluciones cerradas, sino preguntas. Nos enseña a habitar la contradicción, a sostener la incomodidad. A recordar que el pensamiento crítico no consiste en tener respuestas, sino en seguir preguntando. Como dice José Esteban Muñoz [7],[7] Esteban Muñoz, José (2009). Utopía queer. El entonces y allí de la futuridad antinormativa. Caja Negra (reeditado en 2020). la utopía no es un lugar, sino un gesto. Ese gesto —el de imaginar otro modo de estar junt+s— es, para mí, la esencia de lo cuir.
A veces me preguntan si no temo que todo esto se vuelva moda, mercancía, un eslogan vacío. Lo temo, claro. Pero también sé que la política cuir se resiste a ser domesticada del todo. Su fuerza no está en las palabras, sino en los cuerpos que las pronuncian. Mientras haya cuerpos que se desvíen, que bailen, que amen de otra forma, el pensamiento cuir seguirá vivo.
Pensar desde el fracaso es practicar una esperanza radical. No buscamos redención, sino posibilidad. En los restos del mundo postneoliberal, lo cuir inventa comunidad, deseo y lenguaje. Fracasar no es rendirse: es abrir una grieta en la maquinaria del éxito para que entre la vida. El futuro cuir no promete felicidad, sino existencia compartida. Y eso ya es mucho.
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