_
Matthew T. Huber
En septiembre de 2019, el mundo estalló en una suerte de insurgencia climática. El movimiento global de «huelga por el clima» tomó las calles en 4.500 localidades de más de 150 países. Las estimaciones apuntan a que hasta 4 millones de personas se manifestaron por todo el planeta. En EE. UU. y el Reino Unido, campañas electorales indignadas con Bernie Sanders y Jeremy Corbyn a la cabeza propusieron programas radicales de inversión climática que avalaban la construcción de infraestructura verde y prometían empleos y prestaciones públicas tras décadas de una austeridad brutal.
Este movimiento climático estuvo, sin duda, inspirado y liderado por la juventud, particularmente en Europa. En enero de 2019, Greta Thunberg, fundadora de la huelga climática y del movimiento Fridays for the Future (FFF), reprendía con frialdad a las élites globales en el Foro Económico Mundial: «Quiero que sientan el miedo que yo siento todos los días. Y luego quiero que actúen. Quiero que actúen como lo harían en una crisis. Quiero que actúen como si nuestra casa estuviera en llamas. Porque lo está» [1].[1] Thunberg, Greta. «Our house is on fire» [Nuestra casa está en llamas] (Discruso en el WEF, impreso), The Guardian (2019, 25 de enero). Disponible aquí: https://www.theguardian.com/environment/2019/jan/25/our-house-is-on-fire-greta-thunberg16-urges-leaders-to-act-on-climate Thunberg alcanzó la fama empleando una táctica modesta pero poderosa: la huelga. Con negarse a asistir a la escuela los viernes, Thunberg, y después miles más, buscaban interrumpir el fluir de la vida cotidiana y llamar la atención sobre la crisis climática. En su convocatoria a la huelga climática de septiembre de 2019, Bill McKibben conminaba a interrumpir el business as usual, porque «el business as usual es precisamente lo que nos está destruyendo» [2].[2] McKibben, Bill. «This Climate Strike Is Part of the Disruption We Need» [Esta huelga climática es parte de la disrupción que necesitamos]. Yes! Magazine (2019, 4 de septiembre). Disponible aquí: https://www.yesmagazine.org/opinion/2019/09/04/climate-strike-bill-mckibben-young-people Apenas dos meses antes, en Estados Unidos, el movimiento juvenil Sunrise Movement se unía a lar recientemente electa congresista socialista-demócrata Alexandria Ocasio-Cortez (AOC) en una sentada que que ocupó la oficina de la líder del Partido Demócrata, Nancy Pelosi, en el Congreso en Washington D. C. Aquellos jóvenes enarbolaron pancartas reclamando «Empleos verdes para todos», y AOC los elogiaba por poner sus cuerpos en la línea de fuego.
En el otoño de 2019, estas preguntas parecían tener respuestas claras: el movimiento obligaría a los gobiernos a embarcarse en un programa de inversión de dimensiones bélicas, al que llamaríamos Green New Deal —en un guiño al New Deal del siglo pasado—, para afrontar el desafío con la rapidez y la escala necesarias. La elección para el necesario agente del cambio también parecía evidente. Eran los jóvenes, lo que podríamos llamar el bloque juvenil. La generación más joven, aquellos cuyos futuros son los más amenazados por el cambio climático, se alzaría, obligando a toda la sociedad a transformarse para así garantizar un mañana. Desde la perspectiva de 2025, sin embargo, queda claro que esta teoría del cambio no se ha materializado. Las emisiones alcanzaron otro récord en 2024 y es probable que lo hagan de nuevo en 2025. Mientras tanto, las temperaturas globales siguen subiendo. Aunque gobiernos e incluso corporaciones de todo el mundo se fijaran modestos objetivos de acción climática allá por 2020-2021, muchos, si no la mayoría, hoy retroceden de forma inequívoca en sus compromisos. Al tiempo, se hace también cada vez más evidente que el «cambio climático» es hoy un tema menor para las masas populares, en medio de una implacable crisis del «costo de vida». Cabría preguntarnos: ¿qué salió mal?
¿La juventud climática como agente de cambio?
Creíamos que la generación más joven, aquellos cuyos futuros son los más amenazados por el cambio climático, se alzaría, obligando a toda la sociedad a transformarse para así garantizar un mañana.
Si un agente de cambio ha de «encarnar el cambio», entonces hay algunas premisas a considerar. Primero, debe tener interés en el cambio mismo. Por un lado, para las generaciones más jóvenes en un planeta que se está calentando, este interés parece inequívoco, material y existencial. Si no actuamos, será su generación la que cargue con las peores consecuencias —suelo decir que comencé a escribir sobre política climática de pura preocupación por mi propia hija, que alcanzará la edad de jubilación en el año 2080. Por otro lado, al examinarlo más de cerca, queda claro que este interés del bloque juvenil no es universal. Hay no pocos hijos de ejecutivos de combustibles fósiles y de otros sectores de capital basados en la emisión intensiva de carbono que no tienen el más mínimo interés en la acción climática. Y si el statu quo «nos está destruyendo», como lo expresó McKibben, hay muchos más hijos de familias acomodadas cuyo interés radica en mantener tal statu quo exactamente como está. En cualquier caso, tener un interés «objetivo» en el cambio no crea automáticamente una conciencia «subjetiva» del mismo ni un deseo de luchar por él. Hay muchos niños que no están particularmente movilizados por la crisis climática y que, en cambio, están absolutamente absorbidos por la cultura mediática, el K-pop o la distracción de turno. Incluso la juventud pobre y marginada, podría argumentarse, tiene un interés más profundo en la acción climática. Y probablemente esté más concentrada en la supervivencia cotidiana que en preocupaciones abstractas sobre temperaturas globales y partes por millón de dióxido de carbono en la atmósfera. Así que, si bien la juventud sí tiene un interés material en la acción climática en el sentido más general, no está para nada claro que ese interés pueda traducirse en acción.
La segunda premisa le supone a este agente histórico de cambio también una vía plausible para aglutinar masa crítica. Una capaz de reclamar de forma efectiva la implementación de su agenda —particularmente en sociedades democráticas, donde la formación de mayorías electorales es clave. Con el bloque juvenil, sin embargo, hablamos de un segmento que no solo constituye una minoría clara de la población, sino una que está definida por su incapacitación política —carece de derecho a voto por debajo de cierta franja de edad. De hecho, los países desarrollados del Norte Global están atravesando un desplome de sus tasas de natalidad, de tal modo que la proporción «joven» de su población está cayendo rápidamente. En Estados Unidos, en el apogeo del baby boom en los años sesenta, los menores de 18 representaban el 36% de la población. Hoy, sin embargo, son apenas el 22% [5].[5] «Share of Child Population in the Total U.S. population from 1950 to 2021» [Porcentaje de población infantil en el total de la población de EE UU desde 1950 a 2021]. Statista (última revisión 2025, 25 de agosto). Disponible aquí: https://www.statista.com/statistics/457796/share-of-child-population-in-the-total-us-population/ Observamos este vertiginoso colapso demográfico incluso en países más pobres, como Ecuador y Guatemala [6].[6] Burn-Murdoch, John. «Peak Population may be Coming Sooner than we Think» [El pico de población global puede llegar antes de lo que esperamos]. Financial Times (2024, 25 de octubre). Disponible aquí: https://www.ft.com/content/3862923c-f7bd-42a8-a9ea-06ebf754bf14 Pero la cuestión del bloque juvenil no trata solo de números. El problema principal es que buena parte de esta cohorte carece de derecho a voto, lo que coloca la responsabilidad de su voz en la parte «mayor» del bloque —digamos, aquellos entre 18 y 30 años. Una franja demográfica que, desafortunadamente, se caracteriza por su baja participación política y una apatía generalizada. Siendo claros, es cierto que votar no es la única, ni siquiera la acción más importante de la vida política. Como vimos arriba, los jóvenes y niños aún pueden organizar toda suerte de protestas e intervenciones —hace no mucho han acudido a varios tribunales para demandar a sus respectivos Estados o a empresas de combustibles fósiles por el daño agregado a su generación. Pero baste decir que el periplo del bloque juvenil para tomar el poder político solo podría recorrerse en coalición con generaciones mayores. La pregunta central, pues, persiste: ¿cómo podrían liderar y articular una coalición mucho más amplia y de masas?
El tercer y más importante criterio que define a un agente de cambio es la capacidad de presionar a las élites sociales para que atiendan un conjunto de demandas. Aquí es difícil visualizar cómo podría consolidar tal poder el bloque juvenil. De hecho, es poco sorprendente que Greta Thunberg y el movimiento FFF aplicaran una táctica —la huelga— natural del movimiento obrero. Como sostengo más adelante, es un ejemplo sustantivo de cómo la gente de a pie, al «retirar» su trabajo, puede, en palabras de Jane McAlevey, «crear una crisis» que paraliza empresas y economías, obligando a que se atiendan las demandas del movimiento [7].[7] McAlevey, Jane. «The West Virginia Teachers Strike Shows That Winning Big Requires Creating a Crisis» [La huelga de profesores de Virginia Occidental demuestra que ganar a lo grande exije crear una crisis] The Nation (2018, 12 de marzo). Disponible aquí: https://www.thenation.com/article/archive/the-west-virginia-teachers-strike-shows-that-winning-big-requires-creating-a-crisis/ Las huelgas escolares, sin embargo, carecen de tal poder.
Sería posible que si absolutamente todos los estudiantes de un país se declarasen en huelga durante un periodo prolongado, se pudiera forzar a profesores, administradores, padres y a la comunidad en general a atender sus demandas. La pregunta entonces es qué tipo de vehículo organizativo podría existir para obtener tal participación de los niños. No existe un sindicato que los aglutine ni les permita votar y organizar tal huelga. De hecho, el movimiento FFF se define por una táctica bastante tibia: hacer huelga solo los viernes —el día en que, sea como sea, todo el mundo está listo para irse a casa y empezar con el fin de semana. Perder a un puñado de estudiantes cada viernes no supone ninguna amenaza existencial para el funcionamiento del sistema educativo, ni en Suecia ni en cualquier otro lugar. En un sentido más amplio, fue revelador que la acción masiva generada por FFF —la «huelga climática» de septiembre de 2019— se promoviese como una acción decididamente voluntaria, sin interés o atención para con la verdadera capacidad de presión que encarnan las huelgas, una que puede materializar cambios reales. En un artículo destinado a inspirar aquella acción, Naomi Klein, Bill McKibben y otros tantos enseñaban ver sus cartas antes de empezar:
«Sabemos que no todos pueden unirse a nosotros. En un planeta tan grotescamente desigual, hay quienes no pueden permitirse prescindir de un solo día de salario, o quienes trabajan para patrones que los despedirían en el acto si se atrevieran a intentarlo. Algunos trabajos simplemente no pueden interrumpirse: los médicos de urgencias, por ejemplo, deben seguir en sus puestos.» [8][8] Klein, Naomi. McKibben, Bill. Et al. «We’re Stepping Up–Join Us for a Day to Halt this Climate Crisis» [Demos un paso adelante–uníos a nosotros durante un día para parar esta crisis climática] The Guardian (2019, May 24). Disponible aquí: https://www.theguardian.com/environment/live/2019/may/24/school-climate-strikes-expected-to-be-largest-yet-live-coverage-greta-thunberg
Esta es, claramente, la marca de un movimiento con poca o ninguna preocupación por la estrategia: se trata más de un acto simbólico de protesta que de una verdadera teoría del cambio o un esfuerzo coordinado por construir poder político.
Por lo tanto, pareciera que la juventud climática no está equipada hoy con un interés universal en la acción climática. Carecen de una base social de masas y de la capacidad de presión necesaria para forzar a la sociedad a actuar. ¿Qué tienen entonces? Tienen rectitud moral. El movimiento FFF pregona abiertamente que trata de ejercer «presión moral» sobre los responsables políticos [9].[9] Fridays For Future – Lo que hacemos, quienes somos (extracto de sitio web, última revisión 2025, 27 de agosto). Disponible aquí: https://fridaysforfuture.org/what-we-do/who-we-are/ Y, por supuesto, este es un ingrediente crucial en cualquier movimiento social —pensemos en el poder moral de Martin Luther King, tan característico de sus discursos. No cabe duda de que los ardientes alegatos de Greta Thunberg la posicionan en el lado «correcto» de la historia en cuanto a la lucha por el futuro. Pero también está claro que la «presión moral» no es suficiente. Un verdadero agente de cambio de alcance histórico necesita más peso. Permítanme proponer otra opción.
La apuesta de Marx
«…la emancipación de la clase obrera debe ser conquistada por la propia clase obrera.»
Karl Marx, Asociación Internacional de Trabajadores, Reglas Generales, 1864
Si hay una postura fundamental que Marx sostuvo a lo largo de su vida política, fue la creencia en lo que muchos llaman la «autoemancipación de la clase trabajadora». La idea era que es el capitalismo mismo el que da forma a sus «enterradores» en el proletariado, ya consagrándoles el poder de abolirlo. Para los marxistas y socialistas que tomarían el testigo, había un claro agente histórico para el cambio: la clase trabajadora. Por primera vez en la historia, no solo existía la producción material necesaria para la abolición de la pobreza, sino también un agente con la capacidad de lograrlo. En palabras precisas de Ellen Meiksins Wood, «una clase que acarreaba la posibilidad real de una sociedad sin clases» [10].[10] Meiksins Wood, Ellen (1986). The Retreat from Class: A New «True» Socialism [El abandono de las clases: un nuevo «verdadero» socialismo]. London: Verso, p. 90
En la teoría marxista de la proletarización, sembrar las semillas del socialismo también implicaba perspectiva ecológica. Durante toda la historia de la humanidad anterior al capitalismo, la mayoría de la gente se ganó la vida directamente de la tierra, a través de una producción comunal de subsistencia, ya sea empleando técnicas agrícolas o de recolección. Lo que Marx buscaba exponer era que la propia existencia del capitalismo —su capacidad de producir plusvalor o beneficio— presuponía que la mayoría social fuera desposeída por la fuerza tanto de la tierra como de cualquier otro medio de producción. Si bien esto «liberó» al trabajo de formas precapitalistas de servidumbre y esclavitud, también supuso que la mayor parte de la población viviera en una constante inseguridad, obligada a vender su «fuerza de trabajo» en el mercado a cambio de dinero, para poder granjearse la subsistencia en forma de mercancías.
Desarraigar a la población de la tierra, sin embargo, volviéndola dependiente de las mercancías globales, también supuso que la clase trabajadora del capitalismo prescindiera de intereses locales, parroquiales o incluso nacionalistas, mirando al plano global, internacional, de la lucha de clases contra el capitalismo mismo. Ante una crisis ecológica global, esta teoría planetaria del poder de la clase trabajadora adquiere una nueva dimensión. Para Marx, el proletariado era un agente que emanciparía a la humanidad; sin embargo, ahora también necesitamos una fuerza capaz de mantener las condiciones para la supervivencia de la especie en sí.
Comparada con el bloque juvenil, la clase trabajadora tiene características más prometedoras en calidad de agente potencial de cambio. Primero, bajo el capitalismo, la clase trabajadora posee un interés claro y material en el tipo de cambio transformador necesario para enfrentar el cambio climático y demás desafíos ecológicos. Un análisis marxista sugiere que la operación fundamental del capitalismo —la generación de plusvalía— depende de que una clase explote a otra: los propietarios de activos y recursos productivos han de explotar a una clase trabajadora que solo sobrevive en la medida en que vende su fuerza de trabajo a cambio de un salario. Esta relación básica entre capital y trabajo asegura que la mayor parte de la clase trabajadora no solo viva bajo el dominio despótico del capital en su entrono laboral —sin libertad para influir en las decisiones de producción y sometida a un sinfín de humillaciones— sino que también enfrente una profunda inseguridad proletaria a la hora de adquirir las piedras angulares de una buena vida, como alimentos, salud, vivienda y demás. La historia ha demostrado que si la clase trabajadora se organiza en función de sus propios intereses, puede erosionar el poder del capital —y esto es precisamente lo que también se necesita para abordar la crisis climática. Dicho de otro modo, el imperativo de rentabilidad capitalista que desprovee a la clase trabajadora del buen vivir es el que bloquea las imprescindibles —y en general poco rentables— inversiones para cambiar de forma urgente nuestra infraestructura energética, alejándola de la quema de combustibles fósiles [11].[11] Christophers, Brett (2024).The Price is Wrong: Why Capitalism Won’t Save the Planet [The Price is wrong: por qué el capitalismo no salvará el planeta]. London: Verso.
En segundo lugar, a diferencia del perfil minoritario y políticamente impotente del bloque juvenil, la clase trabajadora sigue representando a la gran mayoría de la población. Algunos marxistas insisten en que toda persona que depende de un salario es parte de la clase trabajadora, pero incluso excluyendo a los profesionales y directivos de clase media, Michael Zweig ilustró cómo esta sigue abarcando cerca de dos tercios de la población ocupada —y estaría más cerca de tres cuartos si incluyéramos, como sin duda deberíamos, a las cuidadoras no remuneradas en los hogares [12].[12] Zweig, Michael (2011). The Working-Class Majority: America’s Best Kept Secret [La mayoría obrera: el secreto mejor guardado de América]. Ithaca, NY: Cornell University Press. En el Sur Global, aunque la población asalariada suele ser menor, un número creciente vive como lo que Mike Davis llamó el «proletariado informal», subsistiendo a duras penas mediante actividades como la recolección de residuos y el comercio callejero [13].[13] Davis, Mike (2006). Planet of Slums [Planeta de arrabales]. London: Verso. La clave es que, con independencia del modo, la gran mayoría de la población mundial depende del mercado para sobrevivir, lo que significa que todos comparten el tipo de inseguridad proletaria descrita arriba. Por supuesto, el desafío que enfrentamos hoy por hoy es que la mayoría trabajadora está cada vez más fragmentada en grietas políticas, raciales, de género, nacionalidad, ciudadanía y demás. La historia, sin embargo, muestra que el antídoto a esta división implacable —una que sirve a los intereses de la clase capitalista— es la organización política de la clase trabajadora, como lo fueron los partidos obreros y otros tantos de principios y mediados del siglo XX.
En tercer lugar, en el corazón de la mirada marxista también encontramos que la clase trabajadora tiene una capacidad de presión especial, en virtud de que la sociedad depende de su trabajo para funcionar. Al retirar su trabajo, la clase trabajadora puede obligar a las élites políticas a atender un conjunto de demandas radicales. En 2018, los docentes de Virginia Occidental, con el apoyo de padres y comunidades, paralizaron el sistema escolar estatal, logrando materializar sus demandas políticas en un estado históricamente escorado a la derecha en apenas un par de semanas. Tal es el poder de la clase trabajadora. En el otoño de 2023, el sindicato United Auto Workers paralizó estratégicamente las fábricas más rentables de las tres grandes automotrices del país, forzándolas a perder cientos de millones de dólares, y fue así como ganó un convenio récord para sus afiliados. No es coincidencia que las políticas económicas más progresistas aprobadas en la historia de EE.UU. bajo el New Deal —seguridad social, derechos sindicales, impuestos progresivos— surgieron tras la ola masiva de huelgas en 1934. Nuevamente, el problema hoy es que este poder está mayoritariamente latente en cualquier sociedad capitalista. Es como si los trabajadores hubieran olvidado el poder que poseen. La actividad sindical y las huelgas han disminuido drásticamente durante el periodo neoliberal y desbloquear este poder exige organizaciones de clase dispuestas a luchar y a asumir riesgos para mejorar las condiciones de la clase en su conjunto.
Conclusión: ¡No seas un doomer, organízate!
En suma, ¿qué supone esto para el bloque juvenil de activismo climático? No significa que no puedan ser centrales en una estrategia para enfrentar la crisis económica. Sin embargo, en lugar de construir exclusivamente organizaciones basadas en la juventud climática, como FFF o el Sunrise Movement, los jóvenes del clima deberían también dedicar energía a construir organizaciones de clase trabajadora, como sindicatos y partidos políticos. Estas organizaciones comparten una orientación estratégica general que entiende esta clase como la fuerza motriz de la sociedad, con los intereses, los números y la capacidad de presión adecuados para construir el poder que necesitamos, a la escala que necesitamos, para afrontar la crisis climática. No es casual que esté dándose un repunte en la organización de nuevos sindicatos en Estados Unidos. Han sido en gran medida las generaciones más jóvenes quienes lo están liderando, ya hablemos de Starbucks, de estudiantes de posgrado o de trabajadores de almacenes de Amazon.
Todos estos esfuerzos exponen que es poco probable que ganemos la lucha climática siendo meramente un «movimiento» de asunto único. Durante las últimas décadas del periodo neoliberal, ese tipo de política-monotema viene siendo la marca de una izquierda dividida y derrotada. Más bien, necesitamos una agenda obrera contra la austeridad, mucho más amplia, que aspire a redistribuir la riqueza de unos pocos hacia las mayorías en forma de bienes públicos. Algunos de esos bienes públicos, como la electricidad, la vivienda y el transporte, tienen implicaciones climáticas obvias, pero otros, como la sanidad y la educación, no tanto. La clave es renovar estratégicamente la apuesta de Marx: que solo la clase trabajadora bajo el capitalismo tiene el poder potencial de cambiar el mundo. No solo tenemos un mundo que ganar. También tenemos un planeta que salvar.
·
COMPARTIR:

