Lo que se fue con Jesús Santos: Semblanza de un liderazgo de lo cercano

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Lucía Asué Mbomío

Ago, 2025
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Jesús Santos (1981-2025) fue líder sindical, concejal y teniente de alcalde en el municipio surmadrileño de Alcorcón, donde se le recuerda por su cercanía, su jovialidad y su férreo compromiso social, antifascista y antirracista.


Barrialidad como experiencia de vida, referencia y encuentro

Jesús y yo éramos quintos y de Alcorcón, de modo que sus recuerdos y los míos no solo eran parecidos por la cuestión generacional, sino que incluso el escenario en el que se desarrollaron fue el mismo. Eso une. También la retrotopía que nos conectaba con un pasado al que le quitamos los momentos feos y le dejamos solo los bellos. O en el que, incluso conservando en la retina los ratos poco amables y hasta violentos, creímos haber ganado guerras que, ahora lo sabemos, no fueron más que batallas. Quizás pequeñas escaramuzas con final feliz.

Seguramente coincidimos en mil sitios, pero creo que nos conocimos porque yo escribía una columna en El País llamada Barrionalismos. En ella, contaba aspectos de la cotidianidad a los que no solemos prestar atención debido a que acontecen a diario, pero en pequeñas dosis y, en este contexto capitalista e individualista, cada vez resultan más excepcionales. Me refiero a apostar por el comercio de barrio, a conocer a tus vecinas y vecinos, a quedarte charlando en el rellano o en el parque de enfrente y que te digan a tus 40 años que cuánto has crecido, a tener parques enfrente en una época de políticas arboricidas o hasta a burlarnos de quienes nos preguntan a las que residimos en la periferia de Madrid cómo vamos a la capital (como si no fuera obvio que nos desplazamos en burro).

Foto_ Coral Pceb_ CC BY-NC-SA 2.0 [ Alcorcón 2024 ]

Supongo que a Jesús le llamó la atención el tema de narrar bonito a las personas bonitas que viven en lugares que también lo son, por mucho que ese discurso mediático y popular imbuido de «centritis» insista en lo contrario. Es lo que suele suceder cuando te insultan, te menosprecian o te ignoran a diario, que o te lo crees y te vuelves invisible, o te da por sacar pecho y por sublimar lo que siempre se ha considerado antónimo de lo bueno, lo correcto y lo bello. Jesús nunca escondió sus raíces, al contrario. Era tan de aquí que decía que nuestro Alcorcón, epítome de la experiencia de barrio periférico, le corría por las venas. Era tan surmadrileño que le parecía fabulosa nuestra manera de hablar, nuestros neologismos «chonis». Alejado del «español alto», expresión típica de Guinea Ecuatorial que evidencia que se está usando un lenguaje que solo entiende la persona que está hablando, Jesús se comunicaba para que le comprendieran, sin entretenerse en citar mil referencias, a millones de pensadores y sus trillones de teorías, pese a que las conocía de sobra. El centro de su mensaje eran la gente, lo tangible y las calles que él mismo pisaba a diario. Se movía por ellas como Pedro por su casa y atendía a cualquiera que le interceptaba y, tuteándole, por supuesto, ya que le consideraba alguien de cerca y cercano, le preguntaba, felicitaba, exigía o hasta regañaba.

Cuando te menosprecian y te ignoran a diario, o te lo crees y te vuelves invisible, o te da por sacar pecho y por sublimar lo que siempre se ha considerado antónimo de lo bueno, lo correcto y lo bello.

Él respondía siempre educado, preocupado y comprometiéndose a ocuparse. Eso no significa que no fallara, claro, ahora bien, se creía lo que hacía y amaba su trabajo con el alma. Su vinculación entre lo que enunciaba y lo que vivía era tan real que mucha gente nunca vio en él a un político sino a un vecino que, a diferencia de los profesionales del «sector» que levitan alejados del mundanal ruido, era muy consciente de lo que sucedía en el día a día de la periferia de baja alcurnia. Se orientaba por la localidad dejando a un lado las direcciones convencionales, de esas con avenidas o números. Él, con el acervo lingüístico, comunitario y espacial que nos unía, se refería al parque del elefante, el que está enfrente de lo que fue deportes Andorra, a la plaza del Casas, al anfiteatro de los castillos, a la zona del Pizza Brooklyn, del Talis, del Kambalache o a la cuesta de los pinos. Quizá por eso, la ciudadanía le adoraba y, cuando se presentaba la oportunidad, se lo demostraba.


El orgullo de una periferia denostada

Tuve la ocasión de ir a uno de sus mítines y verlo con mis propios ojos. Fue en el Parque de la Ribota, que estaba a reventar. Jesús todavía formaba parte de Podemos [1][1] Podemos fue el partido preeminente de la izquierda española en la segunda mitad de la década del 2010. En 2015, la formación logró cristalizar el descontento público hacia el austericidio europeo y la vieja política bipartidista, pasando de la nada a constituirse como la tercera fuerza política a nivel nacional, con gran implantación en localidades y territorios. Aunque reforzó sus resultados en la repetición electoral del año siguiente, sufrió un severo desgaste interno y externo desde entonces, que se manifestó en la progresiva fragmentación y desimplantación de su marca en ayuntamientos y parlamentos regionales, dando paso a listas municipalistas y perfiles independientes como el de Jesús Santos. y, junto a él, acudieron los grandes nombres del partido, cosa que atrajo a un montón de curiosos, simpatizantes y votantes potenciales. Como una categoría aparte, maravillosa y entrañable, estaban lo que podría calificarse de «JesúsSanters», una mezcla de fans, devotos, admiradores, amistades y personas que le conocían desde que era un chaval, que vieron su evolución de niño a adulto. De punki que iba a los saraos que se organizaban en la Escuela Taller de Valderas a político sin corbata y con coletilla. No necesariamente eran de Podemos, aunque es probable que sí de izquierdas. Sobre todo, eran de Jesús. Esa tarde, había una multitud aclamándole, gritando su nombre y cuando le llegó el turno, todo el mundo se quedó en silencio. La emoción era evidente. Él se acercó con calma al micrófono y al empezar a hablar, se le atropellaron las palabras, de tanto que quería decir y con tantas ganas. Era como si la boca se le hubiera llenado de planes y sueños y no le cupieran. Como si estuvieran batallando u ordenándose para abrirse paso y ver cuál de todos salía primero.

O puede, y a lo mejor estoy hablando más de mí que de él, que se pusiera nervioso porque a quienes somos de determinadas maneras nos resulta difícil imaginarnos en ciertos sitios. Si logramos llegar a ellos o acariciarlos con la punta de los dedos, nos sentimos insuficientes siempre. Síndrome de la impostora, lo llaman. Así que cuando alcanzamos ciertas posiciones, que para algunos no son sino su punto de partida, nos sentimos pequeñitas o intrusas, caminamos sobre la cuerda y con decenas (o cientos o miles, depende del cargo) de miradas pendientes no tanto de sostenernos si tropezamos, como de no perderse el momento en el que nos despeñemos.

Pero no hubo tropiezos. Al contrario.

—¡Vamos, Jesús!— gritó alguien. Y cientos de voces se le sumaron. Le estaban jaleando a él y a todo lo que representaba. De igual modo que si se tratara de la venganza inocua de las que jamás fueron escuchadas aunque tuvieran voz y mucho que decir.

De aquel discurso visceral me quedaron claras un par de palabras: amor y Alcorcón. Dejé de escuchar su voz, ya que la taparon los aplausos, los vítores y el orgullo de una periferia denostada.

Debieron servirle los gritos de ánimo ya que lejos de ponerse nervioso, reaccionó de manera muy natural. Comenzó a reírse y, a continuación, para no variar, inició un discurso visceral, que debió nacerle en las entrañas, y del que a mí me quedaron claras un par de palabras: amor y Alcorcón. A continuación, dejé de escuchar su voz, ya que la taparon los aplausos, los vítores y el orgullo de una periferia denostada «sacao p’a fuera», de personas de entre 0 y 99 años. Ni me acuerdo de lo que contó, pero sí de ese ambiente bonito, de cómo fue profeta en su tierra, de que no había ni un hueco libre, de la emoción a flor de piel, de los vellos enhiestos y de los piropos que le interrumpían y le hacían sonreír con timidez a cada minuto.

Jesús nunca impostó su carácter ni sus formas, tampoco ese día. No era un finolis ni un pijo, tampoco alguien que no es de extrarradio en performance perpetua haciendo como si lo fuera. Se trataba de un tipo de aquí, que llevaba una pila de años trabajando en la Empresa de Servicios municipales de Alcorcón que se encarga de la limpieza, entre otras cosas, y que devino en el aglutinante de una izquierda que, con el tiempo, se rompió. O, mejor dicho, que estalló en mil pedazos. Pero eso vino más tarde. Ese día, a Jesús no le hizo falta rebuscar en su disco duro anécdotas que demostraran de dónde venía puesto que nunca se fue.


Memoria y escucha comunitarias

Si algo me fascinaba de él, más allá de ese sentimiento barrionalista compartido, era su defensa acérrima de nuestro municipio y el recuerdo y aprendizaje de sus luchas. A Jesús, tener claros su origen y lugar y recorrer Alcorcón con frecuencia le hacía consciente de sus puntos fuertes, de los flacos y de sus propias carencias, pero también de todo lo heredado.

Y es que, en Alcorcón, el batiburrillo de autóctonos y migrantes de todas partes del Estado y del planeta nos ha ahorrado librar mil batallas porque fueron ellas y ellos los que pusieron el cuerpo. Emilita R. Montesinos, referente alcorconero, contaba que cuando se instaló en el hogar que junto a su marido levantó ladrillo a ladrillo, todavía le faltaban el suelo y el cuarto de baño. A falta de cristales, tapiaron las ventanas con sacos. Y no fueron los únicos. La periferia de Madrid lo va olvidando lentamente, pero antes de conquistas como el metro o los hospitales, los madrileños del éxodo rural se unían para construir y legalizar sus casas, afanándose hasta garantizar condiciones tan básicas como el alcantarillado o la misma luz eléctrica. En los arrabales, cada peldaño subido es herencia de quienes han tenido que exigir, mostrar los dientes y hasta los puños.

Jesús y su equipo se levantaban contra la amnesia colectiva hacia las pequeñas grandes cosas, hacia las vidas y las experiencias que nos marcan o nos cuidan realmente, que nos construyen como comunidad.

Jesús honraba a las vecinas y vecinos que allanaron el camino, reivindicando también las demás formas de memoria que nos atraviesan como barrio. Ricardo Rodríguez, el joven antifascista al que un neonazi asesinó en Costa Polvoranca, tiene su nombre en una placa del Centro Joven, para no olvidarle ni a él ni a la lacra infame que aún amenaza nuestras calles. No lejos de allí, desde 2020 las canchas municipales llevan el nombre de Jota Mayúscula, en memoria de un referente absoluto de la cultura hip hop que ya no está con nosotras. Jota no era de Alcorcón, pero sí integrante del legendario grupo «El club de los poetas violentos», junto a otros seis artistas, dos de los cuales sí son vecinos: PacoKing y El Meswy. Codo con codo, se atrevieron a revolucionar nuestro panorama artístico con letras políticas y combativas, mientras la extrema derecha campaba a sus anchas por las calles. Estos actos no son gestos simbólicos al uso, ni los sentimos como tales. Cualquier consistorio puede ponerle una placa a un vecino ilustre o darle pompa al callejero bautizando con referencias históricas espacios que pertenecen a su gente. Pero Jesús y su equipo se levantaban contra la amnesia colectiva hacia las pequeñas grandes cosas, hacia las vidas y las experiencias que nos marcan o nos cuidan realmente, que nos construyen como comunidad.

Por eso, cuando yo misma decidí reivindicar nuestra memoria comunitaria negra junto al centro cultural afrocentrado Espacio Afro [2],[2] Espacio Afro es un centro de cultural madrileño de referencia para el encuentro de la cultura negra, africana, y afrodescendiente en España. Puedes conocer sus proyectos y más información en https://www.conciencia-afro.com/conciencia-afro/espacio-afro también contacté con Jesús. Necesitaba hacer eterno a Augusto Ndombele Domingos, ’Jimmy’, un chaval de Leganés asesinado cuando solo tenía 16 años, también a manos de un neonazi. Aunque en 2022 se cumplían dos décadas de aquel terrible episodio, para mí continuaba fresco. Me ocurrió algo parecido a lo que viví cuando mataron a Lucrecia Pérez en el ’92, solo que con más edad: tuve la constancia, casi la certeza, de que corría peligro por el hecho de ser una persona negra y de que ni los menores de edad, como Augusto o como mi hermano, se iban a salvar. Tampoco en Alcorcón, el único lugar que siempre había considerado matria y espacio seguro. Apenas una semana después de su asesinato, el portero de la discoteca de la zona no me dejó entrar porque, según él, la gente negra daba problemas. La ironía es que el asesino de Jimmy no fue una persona negra, precisamente, sino un portero blanco de discoteca.

Años antes, su padre había tomado la difícil decisión de abandonar Angola por temor a que el conflicto bélico que entonces la asolaba se llevase a cualquiera de sus hijos, a su mujer o a él mismo. Pero fue un nazi el que mató a Jimmy en Alcorcón. No volvieron a pisar el barrio hasta 20 años después, en el aniversario de su muerte, gracias a que Jesús nos escuchó. Él contribuyó a que lo que quedaba de esa familia menguada y destrozada por la pérdida pudiera resignificar el lugar en el que pasó todo. Justo frente al sitio en que lo mataron, desvelamos una placa con el nombre del hermano e hijo que la violencia racista les había arrebatado. Desde entonces es el parque Augusto Ndombele Domingos.

Foto_ Coral Pceb_ CC BY-NC-SA 2.0 [ Alcorcón 2024 ]

El compromiso de Jesús parecía infinito. Todavía recuerdo el dolor en su rostro durante la atípica presentación que hice de mi segundo libro. Rodeados de estudiantes de instituto, escuchamos de esos chavales historias y agresiones demasiado parecidas a las que yo misma narraba entre esas páginas. El CEIPSO Cervantes es uno de esos centros a los que cuelgan la etiqueta de «difícil desempeño», de esos a los que padres y madres se resisten a llevar a sus hijos por el número de estudiantes gitanos, migrantes o con ascendencia de fuera, como si la raza o el origen fueran una enfermedad contagiosa. Con atención y el gesto torcido, Jesús les escuchó verbalizar su incapacidad para sentirse de España por el constante cuestionamiento de su color de piel o sus identidades. Relatos de encontronazos con la administración e infancias interrumpidas por la responsabilidad, también algún episodio de la epopeya silenciosa que es encontrar hogar en un país asolado por el racismo inmobiliario. Le encogió el corazón que una niña llorara rememorando cómo, en los partidos del patio del cole, debía escoger jugar en el equipo de las extranjeras o de las «españolas», cuando ella era y es ambas cosas, pero sobre todo de Alcorcón.

Clamar sin más por liderazgos juveniles o creer que apelar a la juventud es sólo cuestión de jerga y buena mano haciendo TikToks es empeñarse en cambiar al monstruo de careta.

Nunca sabré si Jesús pensó en aquel día durante los confinamientos de 2020, pero no olvidaré cómo su equipo de gobierno se hinchó a repartir fotocopias entre estudiantes para paliar como pudieron los estragos de la brecha digital. Apostaron por que la educación siguiera llegando a hogares de migrantes y/o bajos recursos sin ordenadores, donde el único punto de acceso a internet son los móviles de madres que crían en solitario y trabajan demasiadas horas.


Conclusiones: Reconocernos para conquistar la cercanía

Han pasado apenas unos años de esto y da la impresión de que han transcurrido siglos. Jesús ha muerto y, salvo honrosas excepciones, también su manera pragmática y callejera de hacer política. Cuánto te echo de menos, Jesús, por lo que eras, por lo que representabas y por lo que hacías. Siento que algo grande y hermoso desapareció cuando te fuiste. Murió contigo. Hoy veo los barrios más feos y más tristes.

El horizonte climático y humano no se presenta halagüeño. Allí donde la izquierda sigue empeñada en fragmentarse, la ultraderecha inunda los barrios, criminalizando a todo el que tenga un credo distinto o simplemente la piel oscura. Ganan posiciones y campan a sus anchas aberraciones rojipardas, gamers misóginos, ostentadores, timadores, evasores fiscales orgullosos y la bazofia neoliberal. Se olvidan o matizan los orígenes humildes, y si se ensalzan, se hace para tergiversar el pasado, urdir relatos de inseguridad y envenenar la convivencia. Como si en los extrarradios no hubiéramos visto atracos, parques llenos de jeringuillas o robos antes de que hubiera vecinas migrantes. Como si quien enfrenta las mismas dificultades o más mereciera más reproche que el que las siembra.

Frente a una distopía digital y el rencor intergeneracional, un reconocimiento y un reconocerse, honestos, callejeros, entre nuestros cuerpos y los cuerpos que nos cuidan. Un reconocernos en lo radicalmente universal que atraviesa hasta la más particular y ordinaria de nuestras experiencias.

Flaquea la esperanza colectiva. Aunque todo sea dicho, tanto que nos ahoga ese pánico social hacia una juventud que vemos desmovilizada, ajena al proceso político, cuando no primera en la fila para subirse al tren del populismo reaccionario, raras veces tenemos la honestidad intelectual de preguntarnos de qué polvos vienen estos lodos. La crisis de credibilidad de nuestra democracia anda lejos de ser solo un problema de jóvenes, y, sin embargo, la verdad es que duele más en lo que ha roto entre generaciones, que no sólo conviven en los mismos barrios, sino en las mismas casas. No son pocos los que nos envenenan, ni sus métodos para hacerlo, pero de gente como Jesús aprendí que lo que nos separa es siempre menos de lo que intentan hacernos creer. El fracaso general de la política es, como siempre, interseccional. Es correlato de ese desamparo tan propio de la experiencia periférica. La promesa del progreso ha abandonado a unos más que a otros dentro de un ascensor social roto, atragantado de precariedad laboral, disparidad económica, racismo, violencia estructural y emancipaciones imposibles. El desapego no es incidental. El mensaje de quienes piensan en nuestras instituciones como en el juego de las sillas, nada sorprendentemente, sigue fallando lo mismo o más que su diagnóstico.

Lo que se fue con Jesús Santos es una vida irrepetible de lo personal a lo político, el microcosmos de una intuición y una vocación alcorconera que siempre tendrán su nombre y apellidos. Y, sin embargo, lo que llenó Jesús Santos, hasta desbordarlo, lo que en su ausencia ha vuelto, es un vacío que nos hacía tan huérfanas y huérfanos como nos sentimos hoy (aunque hoy nos duela más). Un vacío de confianza hacia lo político, que, al final, es cuestión de cercanía, de piel, algo que nos contagie la esperanza de lo posible. Clamar sin más por liderazgos juveniles o creer que apelar a la juventud es sólo cuestión de jerga y buena mano haciendo TikToks es empeñarse en cambiar al monstruo de careta. Ningún juego de espejos puede llenar lo que nos falta. El odio, por su parte, puede destruir muchas cosas, muchas vidas, pero nunca prevalecer, aunque eso quiera. La ultraderecha es una maquinaria que, sin saberlo, solo aspira a romperse. Consume, juzga y persigue, promete identidades a la vez que las vacía, comunidad a la vez que nos enfrenta y nos separa, y una seguridad cuyas instituciones sociales se vuelca día a día en desmantelar.

Enfrentamos más que una crisis insoportable de vivienda joven, injusticia social o de dignidad trabajadora. Casi antes que una crisis de respuesta, enfrentamos una crisis de reconocimiento. Ahí es donde empieza este precipicio. Fallamos, sí, reconociendo las cadenas que hemos hecho arrastrar a los jóvenes, pero también en el reconocer-se del yo en el otro (y en la otra). Deberemos apostar por quien apueste de verdad por desbordar este vacío. Y, como no puede ser de otro modo, será desde los barrios o no será. Frente a una distopía digital que nos compartimentaliza entre paredes y pantallas, un reconocimiento y un reconocerse, honestos, callejeros, entre nuestros cuerpos y los cuerpos que nos cuidan. Frente a un abismo de xenofobia y rencor intergeneracional, minado de chivos expiatorios, un reconocerse en lo que amamos y en lo que nos duele. Un reconocernos en lo radicalmente universal que atraviesa hasta la más particular y ordinaria de nuestras experiencias. Lugares bonitos, ambientes bonitos, personas bonitas.

Amor y Alcorcón. Porque para quien aspire a desbordar de veras, como Jesús, en cualquier lugar existen ambos.

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