La revolución anti-colonial, única salida a la crisis ecológica

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Jason Hickel
Ene-Jun, 2023
-Actualizado en septiembre 2024-
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El proyecto colonial inaugurado hace 500 años está en la raíz de la profunda crisis ecológica a la que nos enfrentamos en la actualidad. Los colonizadores, en su afán por controlar las capacidades productivas de América, Asia y África, destruyeron industrias independientes en todo el Sur Global. La tierra, la mano de obra y los recursos naturales de los continentes colonizados fueron reorganizados forzosamente en torno a plantaciones, minas y fábricas al servicio del consumo del Norte. El Norte global se enriqueció drenando al Sur, expoliando su producción y condenándolo a la privación y al subdesarrollo.

El desarrollo soberano del Sur supone una amenaza fundamental para la acumulación de capital en el Norte. Esto lo experimentaron en carne propia los movimientos políticos revolucionarios que, a mediados del siglo XX, consiguieron deshacerse de sus ocupantes coloniales en distintas partes del Sur Global. Los pueblos más oprimidos y explotados del planeta no solo habían conseguido liberarse políticamente de las fuerzas imperiales más poderosas de la historia; sino que también desmantelaron el sistema económico colonial, recuperaron sus capacidades productivas nacionales y las reorganizaron en torno a sus propias necesidades de desarrollo. El Nuevo Orden Económico Internacional, proclamado en 1973, supuso la derrota del viejo orden imperialista frente a unos objetivos de soberanía económica nacional que además lograron altas tasas de crecimiento y rápidas mejoras del bienestar humano.

Sin embargo, cuando el Sur produce y consume en su propio beneficio, su mano de obra y sus recursos no están tan fácilmente disponibles para la apropiación por parte del capital extranjero. Y eso los países centrales no lo permitirían por mucho tiempo: respondieron con una fuerza aplastante, derrocando a líderes electos democráticamente —como Mossadegh en Irán, Sukarno en Indonesia, Lumumba en el Congo o Allende en Chile— y utilizando como brazos ejecutores al Fondo Monetario Internacional (FMI) y al Banco Mundial (BM). El objetivo era claro: hacer retroceder la soberanía nacional del Sur, impedir que alcanzara un desarrollo industrial soberano; para garantizar que la mano de obra barata y los recursos siguieran estando disponibles para su apropiación por parte del Norte.

Foto_ Anabella Salem

Para lograrlo, el FMI y el BM impusieron programas de ajuste estructural en todo el Sur Global, privatizando las industrias nacionales. El poder sobre la política económica se transfirió, así, de los parlamentos del Sur a los banqueros y tecnócratas de Washington y Londres. La inversión pública, el empleo público, los servicios públicos, las subvenciones y cualquier otra medida antes destinada a proteger a los productores nacionales, fueron brutalmente recortados.


El Sur Global, sustento del capitalismo mundial

El Sur Global alimenta al capitalismo mundial. Aporta el 80% de la tierra y los recursos productivos y el 90% de la mano de obra que impulsa las industrias de todo el mundo. Al contrario de lo que se nos ha hecho pensar durante siglos, el Sur Global no es pobre: tiene unas capacidades productivas absolutamente masivas. Sin embargo, se trata de una riqueza que no redunda en el desarrollo nacional y el bienestar humano del propio Sur, sino que está organizada para el consumo y la acumulación de los países del centro. El capital mundial se ha encargado de relegar a los países del Sur a posiciones subordinadas dentro de las cadenas globales de suministro, dominadas por las empresas del Norte. Y esto significa que los trabajadores del Sur son explotados con salarios miserables, que no garantizan ni tan siquiera su mera subsistencia.

Prácticamente todas las tecnologías de consumo del mundo se producen en el Sur Global, utilizando la mano de obra y los recursos de los países periféricos. Lo mismo ocurre con la ropa y los tejidos que nutren las marcas de moda de Madrid a Milán, o con las piezas que componen los automóviles y aviones. Y esto sucede también, por supuesto, con materias primas como el coltán, el litio, el cobre, el café, el té, los plátanos, el algodón, el caucho, el cacao o la madera. Pero existe un problema añadido para el Sur, y es que todos esos recursos —y también su mano de obra—, se abaratan sistemáticamente en relación a los precios del Norte. Esto obliga al Sur a exportar al Norte Global cantidades ingentes de sus recursos tan solo para mantener el acceso a las importaciones.

La tierra, la mano de obra y los recursos naturales de los continentes colonizados fueron reorganizados forzosamente en torno a plantaciones, minas y fábricas al servicio del Norte.
Estas transferencias netas de valor del Sur al Norte se conocen como «intercambio desigual», y ascienden a más de 10 billones de dólares al año, en términos de precios del Norte. Por si ese dato fuera poco, aproximadamente la mitad de todos los materiales consumidos en el Norte Global son obtenidos del Sur de esta manera. Es decir, que el Norte sigue enriqueciéndose a costa del Sur a una escala asombrosa. El Norte consume al Sur y disfruta de los beneficios, mientras que las comunidades del Sur sufren los costes sociales y ecológicos.

Este orden mundial imperialista tiene ya 500 años de pervivencia. El colapso ecológico que ahora presenciamos, así como el genocidio que se está perpetrando actualmente en Gaza, son al mismo tiempo un síntoma y un recordatorio de la atroz violencia de ese orden vigente.

Si queremos diseñar estrategias para abordar seriamente las causas profundas de la crisis ecológica a la que nos enfrentamos, es crucial entender nuestro momento actual en el contexto de la historia mundial. El breve repaso de esa perspectiva histórica que acabamos de esbozar, no deja dudas de que el orden mundial vigente es injusto e inmoral, y que hace falta una nueva revolución anticolonial para dar respuestas reales a las crisis agravadas de nuestro tiempo.


La culpa no es del Antropoceno

Cualquier observador sensato sabe a día de hoy que nos dirigimos hacia un desastre ecológico total. La degradación ambiental actual ha alcanzado una escala sumamente grave; sin embargo, el análisis mayoritario sobre esta crisis y sobre lo que hay que hacer al respecto, es lamentablemente inadecuado. Nos apresuramos a señalar el Antropoceno, pero solo es una forma más de engañarnos a nosotros mismos: no son los humanos per sé los que están causando esta crisis. El colapso ecológico está siendo impulsado por el sistema económico capitalista, y el capitalismo, a su vez, está fuertemente atravesado por dinámicas coloniales. No son los seres humanos como tales quienes han causado la destrucción de su propio planeta, si no su forma —dominante— de organizarse económica y políticamente.

La desproporción de los impactos del cambio climático a nivel global muestra claramente esta dinámica colonial: los países del Norte son responsables de alrededor del 90% del total de emisiones acumuladas que superan el límite planetario de seguridad —esto es, las emisiones que provocan la crisis climática. Por el contrario, Asia, África y América Latina al completo son responsables conjuntamente de tan solo un 10% del total de emisiones, aproximadamente. Es más, podemos decir que la mayoría de los países del Sur Global no han contribuido en absoluto a la crisis, pues no han rebasado sus cuotas del límite planetario.

Sin embargo, la inmensa mayoría de los efectos del cambio climático ya afectan y seguirán afectando a los territorios y a la biodiversidad del Sur Global. Hay cifras que reflejan la magnitud de la injusticia: El Sur sufre el 80-90% de los costes económicos y daños causados por el cambio climático, y alrededor del 99% de todas las muertes relacionadas con el clima. El escenario a futuro es más desalentador todavía pues, con la política climática actual, nos dirigimos hacia unos 3°C de calentamiento global. Esto supondrá que 2.000 millones de personas en los trópicos se verán expuestas a un calor extremo y a un riesgo de mortalidad sustancialmente mayor; que las sequías desestabilizarán los sistemas agrícolas y provocarán la desaparición de varias reservas de grano a nivel mundial; y que cientos de millones de personas se verán forzosamente desplazadas de sus hogares.

Hay que recordar que todo esto no es efecto de los humanos como tales, sino del sistema capitalista, profundamente antidemocrático. Si bien a nivel político al menos podemos elegir candidatos de vez en cuando, todo lo relativo al sistema productivo o a la economía está totalmente alejado de la más superficial ilusión de democracia. La producción está controlada por las grandes empresas, los bancos comerciales y el 1% que posee la inmensa mayoría de los activos invertibles. Son ellos quienes determinan la dinámica del capital. Es decir, quienes deciden qué producir y cómo utilizar nuestro trabajo colectivo y los recursos de nuestro planeta.

El Norte consume al Sur y disfruta de los beneficios, mientras que las comunidades del Sur sufren los costes sociales y ecológicos.

Y el problema radica en que, para el capital, el objetivo de la producción no es satisfacer las necesidades humanas o alcanzar metas sociales y ecológicas, sino la maximización de beneficios. Por ello sobran inversiones en la producción de combustibles fósiles, todoterrenos, moda rápida, carne de vacuno industrial, cruceros y armas; mientras que faltan inversiones en áreas tan cruciales como las energías renovables, el transporte público y la agricultura regenerativa. Se trata de un modelo perverso que incentiva las inversiones en los productos que más rentabilidad generan, mientras los menos rentables sufren falta de inversión crónica aunque sean de vital importancia para la sociedad. Un ejemplo claro es el de las energías renovables, que son más baratas que los combustibles fósiles pero que tienen márgenes de beneficio mucho más bajos —porque son menos propicias al poder monopolístico. Esto explica que, aunque el mundo está ya ardiendo, la inversión sigue fluyendo hacia los combustibles fósiles.


El cambio climático como resultado de la colonización atmosférica

No solamente hay una pauta colonial en ese desequilibrio climático que hemos descrito en el apartado anterior —el Norte destruye y contamina, el Sur padece las peores consecuencias— sino que, yendo un paso más allá, podemos afirmar que la degradación del clima es en sí misma un proceso de colonización atmosférica. La atmósfera es un bien común del que todos dependemos para nuestra mera supervivencia, y las principales economías del mundo se han apropiado de ella para su propio enriquecimiento. Este fenómeno, que responde a la ideología colonial, tiene consecuencias cada vez más devastadoras para toda la vida en la Tierra, pero especialmente para el Sur Global. Cuando decimos que esta crisis es una «crisis existencial», nos referimos a que amenaza directamente la misma existencia de la humanidad. ¿Hacen falta más argumentos para que entendamos la necesidad de detenerla?

Por lo menos las clases dirigentes, no parecen haberlo entendido todavía. En 2015, los gobiernos del mundo acordaron limitar el calentamiento global a 1,5 °C o «muy por debajo» de 2 °C, observando al mismo tiempo el principio de equidad. Para cumplir este objetivo, los países de renta alta con emisiones per cápita extremadamente altas deberían lograr una descarbonización sumamente rápida, lo cual no está ocurriendo en absoluto. Al ritmo actual, incluso los países de renta alta con mejores resultados tardarán, de media, más de 200 años en reducir sus emisiones a cero.

Hacer frente a la crisis climática no es complicado en realidad, pues sabemos exactamente lo que hay que hacer. El problema es que no lo estamos haciendo, y que nunca podremos hacerlo, dentro de la lógica capitalista. Es una verdad abrumadora, y debemos insistir en ella: la crisis climática no puede resolverse dentro de los marcos capitalistas.


Intercambios más allá del imperialismo

Uno de los principales problemas a los que se enfrentan los países del Sur Global es que dependen en gran medida del capital extranjero, tanto para obtener importaciones como para movilizar la producción interna. Mientras se mantenga este sistema, los países del Sur se verán obligados a exportar sus recursos y su mano de obra a los países centrales, en condiciones desiguales. Los países del Sur deben liberarse de este sistema, que les priva de riqueza y perpetúa su subdesarrollo.

Nos dirigimos hacia unos 3°C de calentamiento global. Esto supondrá que 2.000 millones de personas en los trópicos se verán expuestas a un calor extremo y a un riesgo de mortalidad sustancialmente mayor.

Un paso importante en ese sentido es reducir las importaciones innecesarias procedentes de los países centrales, sustituyéndolas siempre que sea posible. O bien por producción nacional, o mediante el comercio con otros países del Sur Global, idealmente al margen de las divisas imperialistas. Esto puede hacerse utilizando líneas de canje directas o divisas comerciales regionales, lo que limita la necesidad de divisas. Por ejemplo, se pueden reducir las importaciones de lujo como el champán y los coches deportivos. Por lo general, las importaciones de alimentos pueden sustituirse por producción nacional. Y las importaciones necesarias, como la tecnología de energías renovables, pueden obtenerse, por ejemplo, de China, en condiciones más favorables y sin utilizar el dólar o el euro.

Es necesario recordar que el Estado es el emisor de la moneda, y que esto convierte a las monedas nacionales en una herramienta muy útil para los países del Sur Global. En lugar de depender del capital extranjero, los Estados pueden emitir moneda nacional para movilizar mano de obra y recursos nacionales, pueden contratar y formar inmediatamente mediante el empleo público a grandes cantidades de ciudadanos desempleados —garantizándoles un salario digno— para que contribuyan a los servicios públicos universales y a los proyectos de desarrollo nacional. No hay límite a la capacidad del Estado para financiar proyectos cuyos insumos puedan pagarse en moneda nacional. Y existe otra buena noticia al respecto: siempre y cuando no se sobrepase la capacidad productiva de la economía, esto puede hacerse sin generar presiones inflacionistas.

Concretamente, para evitar escenarios en los que la inversión pública choque contra los límites de la capacidad productiva nacional, es necesario o bien aumentar la capacidad productiva —a lo que puede contribuir la inversión pública—, o bien reducir la demanda privada de fuerzas productivas. Esto significa recortar el poder adquisitivo de los ricos e introducir regulaciones crediticias en los bancos comerciales para limitar sus inversiones en sectores ecológicamente destructivos. Lo cual, además de evitar la inflación, nos permitiría deshacernos de aquellos sectores especialmente dañinos y contaminantes como los que ya hemos mencionado anteriormente: combustibles fósiles, todoterrenos, moda rápida, entre otros.

Además de la moneda nacional, el Sur Global cuenta con otras herramientas probadamente eficaces para invertir en un desarrollo industrial soberano: la planificación económica, la inversión pública, las obras públicas, la reforma agraria, la política industrial y la nacionalización. Estrategias, todas ellas, que los gobiernos del Sur pueden aplicar directamente para recuperar sus capacidades productivas, organizarlas de acuerdo a las necesidades nacionales, y ascender en las cadenas de valor.

Por supuesto, esto no quiere decir que el Sur Global vaya a lograr emanciparse de las importaciones; pero sí es posible reducir la dependencia que ahora mismo atrapa a las economías del Sur en la desigualdad de cambio y la deuda externa. Además, la planificación regional puede multiplicar las oportunidades que ofrece este tipo de comercio alternativo, emancipado de las grandes potencias mundiales: América Latina podría decidir, por ejemplo, que un país produzca insumos farmacéuticos, otro ordenadores, otro vehículos de motor… de modo que las tecnologías clave estuvieran disponibles para todos los países de la región, sin que cada uno de ellos tenga que crear «desde cero» las industrias necesarias para ello.

La atmósfera es un bien común del que todos dependemos para nuestra mera supervivencia, y las principales economías del mundo se han apropiado de ella para su propio enriquecimiento.

Otra estrategia para reducir las importaciones procedentes de los países centrales consiste en limitarlas, en la medida de lo posible, a bienes de capital clave que no puedan obtenerse en otra parte y que puedan emplearse para desarrollar industrias nacionales soberanas. Además, los gobiernos del Sur también deberían proponerse ascender en la cadena de valor, pasando, por ejemplo, de exportar materias primas a refinar recursos; o de fabricar piezas intermedias a productos acabados.


Estrategias ecológicas y propuestas políticas

Como hemos explicado anteriormente, el capital se mueve en base a la rentabilidad que obtiene, por lo que en ningún caso podemos confiar en que llevará a cabo la llamada transición energética. Solo mediante la planificación pública podremos lograr la inversión necesaria en energías renovables, transporte público y otras estrategias de descarbonización.

La planificación pública es, a día de hoy, la principal propuesta política para hacer frente a la galopante crisis ecológica que estamos sufriendo, pues significa reorientar hacia objetivos social y ecológicamente esenciales, los recursos que hasta ahora están siendo desviados al servicio de los intereses del capital. Se trata, de algún modo, de una estrategia ecológica socialista, pues pasa por lograr el control democrático de los medios de producción. Y podríamos decir que se trata también de una estrategia ecológica revolucionaria, pues implica emprender una lucha por la liberación económica nacional del Sur Global.

Como decíamos al principio de este artículo, esta batalla ya se libró en otros periodos de la historia, y gracias a esos precedentes sabemos que la soberanía económica de los países del Sur puede alcanzarse gradualmente: con pasos decisivos hacia una política industrial coordinada, con planificación regional y mejorando sus posiciones negociadoras multilaterales, los países periféricos pueden desvincularse poco al poco de las potencias imperiales.

El futuro exige que alcancemos claridad y consenso en torno a este hecho: la planificación ecológica no podrá lograrse sin un control soberano sobre las fuerzas productivas nacionales. La soberanía del Sur Global, dicho de otra forma, es un requisito ineludible para una verdadera transición ecológica.

Para garantizar esta planificación pública, esta producción pública de bienes públicos, los países cuentan con la posibilidad de emitir moneda nacional para movilizar las fuerzas productivas que exige cada uno de esos objetivos, como ya hemos dicho; pero cuentan también con muchas otras heramientas para orientar la economía en función de las necesidades, y no del beneficio. A continuación citamos las tres herramientas que nos parecen más útiles para lograr tal transformación:

Primero, la adopción universal del Tratado de No Proliferación de Combustibles Fósiles. Este tratado supera la principal limitación del Acuerdo de París, pues se centra directamente en el objetivo de reducir la industria de los combustibles fósiles mediante un calendario anual vinculante. Su objetivo es hacerlo de manera justa y equitativa: los países ricos deben liderar el proceso con reducciones rápidas, mientras que los países del Sur Global deben tener garantizado el acceso a la energía suficiente para satisfacer sus necesidades de desarrollo. Y aquellos que dependen de las exportaciones de combustibles fósiles para obtener divisas, deben disponer de una rampa de salida segura que evite la inestabilidad económica.

Segundo, la exigencia, por parte de los negociadores del Sur Global, de una descarbonización mucho más rápida en el Norte global, coherente con la parte de carbono del presupuesto global de la que son responsables los países más ricos.

La crisis climática no puede resolverse ni se resolverá dentro de los marcos capitalistas.

Por último, la facilitación de transferencias sustanciales de recursos al Sur Global. Esta medida responde a la misma lógica que la anterior: el Norte Global ha depredado la mayor parte del presupuesto de carbono y, por tanto, debe compensar a sus homólogos del Sur por los costes adicionales de mitigación que esto les supone. Nuestra investigación muestra que esta cifra alcanzará los 192 billones de dólares de aquí a 2050, es decir, unos 6,4 billones de dólares al año. Esta cantidad podría obtenerse mediante un impuesto sobre el patrimonio del 3,5% anual dirigido al 10% más rico del Norte Global.


Conclusiones: solidaridad y soberanía para el Sur y desde el Sur

Como hemos tratado de explicar a lo largo del presente texto, las economías occidentales dependen totalmente de la producción del Sur. Alrededor del 50% de todos los materiales y productos que se consumen en el Norte Global son apropiaciones netas del Sur. El tamaño de la injusticia deja solo una alternativa: que los gobiernos del Sur Global se unan y aprovechen colectivamente las formas específicas de poder que tienen dentro del sistema mundial. Que utilicen el hecho de que el Norte les necesita, para presionar y obligar a los Estados centrales a tomar medidas más radicales hacia la descarbonización y la justicia climática.

Tampoco debemos ser ingenuos: los gobiernos occidentales no aceptarán voluntariamente ningún cambio. No podemos esperar nada de los Estados que nunca se han preocupado por los intereses del Sur ni por el bienestar de su población. Pero precisamente por eso, el Sur Global debe hacer valer su propia fuerza. La lucha del Sur por su liberación es el verdadero agente de una transformación global e histórica que puede salvar a nuestra generación.

¿Qué pasaría si los países del Sur tuvieran el control soberano de sus propias capacidades productivas? Podrían acabar inmediatamente con el azote de la pobreza, proporcionar alimentos nutritivos para todos, viviendas dignas, agua potable, asistencia sanitaria, transporte público y universidades. Pero es que, además, la soberanía económica trae aparejada la capacidad de hacer planificación ecológica, de descarbonizar rápidamente la economía y regenerar la tierra. Esto es de una importancia crítica: la soberanía económica del Sur es la única vía para poner fin a la crisis ecológica.

La soberanía económica del Sur es la única vía para poner fin a la crisis ecológica.

¿Cómo llegar a esa meta? En el plano internacional, exigiendo reformas multilaterales. Aboliendo el ajuste estructural, las deudas impagables, el Banco Mundial y el FMI. Estableciendo un mecanismo justo y democrático dentro de Naciones Unidas para gestionar las finanzas internacionales. Y en el plano nacional, con política industrial, empleo público y el resto de medidas ya mencionadas para que los países del Sur puedan desvincularse de los países centrales, avanzando en un desarrollo soberano. No son utopías: son cambios que pueden lograrse, y que pueden lograrse en cuestión de años —no de décadas.

Por último, la solidaridad Sur-Sur y la cooperación regional son absolutamente esenciales en este camino. Los Estados del Sur deben cooperar para aprovechar su poder como productores de productos primarios, de los que dependen totalmente las economías centrales, para conseguir unas condiciones comerciales más favorables.

Pero también deben prepararse para la reacción de los gobiernos imperialistas, que evidentemente no van a facilitar de ninguna manera esta «segunda etapa» de descolonización que tenemos pendiente. Tampoco podemos esperar a que el cambio venga de arriba: debemos empezar a construir movimientos políticos que sepan comprender y navegar la encrucijada en la que nos encontramos.

Podemos atenernos al statu quo y contemplar impotentes cómo nuestro mundo arde hasta los cimientos, o podemos atrevernos a unirnos y marcar un nuevo rumbo para la historia de la humanidad. Que los gobiernos del Sur reclamen su soberanía económica, es el primer paso en dirección a ese horizonte.

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