La paz siempre es la tarea

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José Luis Rodríguez Zapatero

Ene, 2024
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Este siglo comenzó con un horizonte de esperanza, que fue la aprobación de los Objetivos de Desarrollo del Milenio (ODM) en las Naciones Unidas. Por primera vez en la historia, todas las naciones del mundo aprobaron un plan, un programa para erradicar el hambre, extender la salud, promover la educación, afirmar la igualdad de género, luchar contra la desertificación y abordar la problemática del cambio climático. Por primera vez en la historia se impulsó un programa mundial de desarrollo, y se hizo desde su lugar natural: las Naciones Unidas, la única institución que representa el afán, la utopía kantiana de construir una comunidad política internacional. Los ODM siguen siendo a día de hoy una referencia, el precedente de lo que hoy llamamos la Agenda 2030, año para el que se ha fijado el objetivo de evaluar el cumplimiento de esas metas.

Sin embargo, este siglo XXI se truncó muy pronto, con el ataque a las Torres Gemelas. Dicho atentado desató la llamada guerra contra el terrorismo, que provocó casi un millón de muertos en Oriente Medio, un gasto militar extraordinario y una inestabilidad enorme en países como Afganistán, Irak, Siria o Libia. La guerra contra el terror convirtió a todo Oriente Medio, prácticamente, en un Estado fallido. Y a partir de ahí, lamentablemente, las crisis económicas y financieras hicieron que el horizonte de desesperanza se impusiera al que habían marcado los ODM en el año 2000.

Foto_ oatsy40_ CC BY 2.0

La crisis financiera del 2008 y la crisis de la pandemia del Covid-19 tienen algo en común: son crisis globales. Los problemas económicos hoy en día generan crisis globales. Las emergencias sanitarias o pandemias, generan crisis globales. Los problemas medioambientales, como el cambio climático, generan crisis globales. Debido a la internacionalización de las comunicaciones, al transporte y a los avances tecnológicos, tenemos una sociedad global; y eso equivale a decir, hoy por hoy, que tenemos problemas globales. Ya todas las crisis son globales. Sin embargo, no tenemos una comunidad política global mínimamente madura. No tenemos un Estado global, no tenemos un gobierno global. Y ese será el gran desafío de este siglo XXI.

Es el gran desafío de las naciones y el gran desafío de las democracias. Porque no habrá democracia que sobreviva en un orden internacional roto, con crisis, con guerras y con un cambio climático que nos acecha. Si no hay un orden internacional de cierta estabilidad, las democracias sufrirán. Ya están sufriendo, de hecho, como puede verse en las múltiples batallas electorales que se ganan por muy poco. Las fuerzas progresistas en muchos países del mundo están manteniendo su solidez muy ajustadamente. Ganan las elecciones de manera muy ajustada, y tienen todas las alarmas encendidas.

Las Naciones Unidas son la única institución que representa el afán, la utopía kantiana de construir una comunidad política internacional.

No habrá una Europa tranquila si hay un África explosiva. En el orden internacional actual, todas las naciones están conectadas al resto del mundo.

Europa y las democracias occidentales tienen que entender que no podrán defenderse solas. Ni poniendo muros, ni estableciendo más protecciones, se van a salvar del impacto de las crisis surgidas en otras partes del mundo. Nuestro futuro inmediato y nuestro presente ya determinan que cada país, por más desarrollo que tenga, por más democracia que sea, depende en gran medida de cómo estén sus vecinos. En el orden internacional actual, todas las naciones están inexorablemente conectadas al resto del mundo. No habrá una Europa tranquila si hay un África explosiva. No habrá Estado de bienestar europeo ni habrá una Europa con un sistema de paz y seguridad mientras haya una guerra como la de Ucrania. No habrá unos Estados Unidos estables si las desigualdades, la pobreza y la injusticia siguen generando emigración, violencia y crimen organizado en Latinoamérica.

Nuestro gran desafío como sociedad civil global es el de promover un movimiento internacional similar al que en el año 2000 logró la aprobación de los ODM, que de aquí a 2030 impulse la transformación de la comunidad política internacional. Esto es, una reforma profunda del sistema de las Naciones Unidas, que avance hacia un nuevo tratado internacional. Un tratado que renueve, que sustituya a la Carta de San Francisco, que es de los años 40 del siglo pasado. Han pasado muchas cosas desde entonces, multitud de cambios geopolíticos y geoeconómicos y, sin embargo, seguimos teniendo el mismo marco normativo y el mismo modelo institucional en la Organización de Naciones Unidas (ONU). Por eso el cambio es imprescindible.

Como propuso el presidente de Brasil, Lula Da Silva, es necesario impulsar una conferencia intergubernamental de todos los gobiernos del mundo para evaluar el sistema político internacional y para reformar la ONU, empezando por su Consejo de Seguridad. Pero incluyendo además a las instituciones financieras internacionales, los mecanismos de prevención de guerras, las herramientas con las que contamos para salvaguardar los bienes públicos globales y para velar por el cumplimiento de los derechos humanos. También, para abordar el compromiso compartido ante los retos que plantean las nuevas tecnologías.

Debemos tener la osadía de emprender un proyecto de Constitución para el orden global, un tratado constitucional para la comunidad política internacional. Partiendo del hecho objetivo, objetivable, de que la unión política de las naciones genera progreso y estabilidad. La unión política de las naciones, como hemos visto en Europa, y como Latinoamérica puede abrazar, es el único camino para afianzar democracias, para luchar contra el crimen organizado, para establecer modelos de paz y estabilidad, para avanzar en derechos humanos. Unir políticamente a los pueblos y a las naciones bajo la bandera común de los objetivos compartidos nos permitiría recuperar el espíritu civilizatorio del progreso. Ese espíritu civilizatorio del progreso que consiste en entender que somos una sola humanidad con un destino común y que, por tanto, incluso desde un punto de vista egoísta, necesitamos cooperar. El egoísmo bien entendido pasa inevitablemente por entender que vivimos en un mundo absolutamente interrelacionado y que estamos abocados a compartir.

El falso debate de la desglobalización

Tras la crisis de la pandemia de Covid-19, que sufrimos todos, globalmente, se despertó la esperanza de que emergiera con fuerza un espíritu de cooperación que pusiera en marcha una nueva comunidad política internacional. Un refuerzo del multilateralismo y las instituciones internacionales, en vez del proteccionismo y el soberanismo que pusieron el foco sobre las cadenas de valor y sobre el falso debate de la llamada desglobalización.

La política peca de soberbia cuando pretende que la globalización es fruto de la ideología neoliberal. (…) La invención de los contenedores ha hecho más por la globalización que mil discursos políticos.
La política peca de soberbia cuando pretende que la globalización es fruto de la ideología neoliberal. Es un error: la globalización es fruto de los avances tecnológicos, de internet, de la mejora en las comunicaciones y en el transporte aéreo. En los años 50 del siglo pasado viajaban en avión tan solo 50 millones de personas. Ahora somos más de mil millones de pasajeros. Del mismo modo, la invención de los contenedores ha hecho más por la globalización que mil discursos políticos. Estos ejemplos deberían ayudarnos a entender que no va a haber desglobalización. Nadie va a poner puertas al campo, tampoco al desarrollo tecnológico. La política debería hacer un ejercicio de humildad y comprender que quien intente impulsar una desglobalización, se equivocará. Si lo intenta un país, quedará aislado. Si lo intenta una región, se aislará antes o después. Ignorar la irreversibilidad de la interconexión del mundo actual no está a la altura de la visión ambiciosa que el siglo XXI exige a nuestra civilización, a nuestra especie.

Necesitamos imperiosamente líderes globales con capacidad de diálogo y con una visión multilateral del mundo. Con una visión ambiciosa y, por qué no, utópica, que afronte con esperanza los grandes desafíos que tiene la comunidad internacional en este orden de desorden. En este sistema internacional roto que tenemos en la actualidad, con guerras duras y difíciles en Europa y en Oriente Medio, con el riesgo permanente de conflicto que existe en Asia por el enfrentamiento de Estados Unidos con China, y con el deterioro de África.

Líderes globales capaces de plantarse y afirmar categóricamente que no estamos dispuestos a una nueva Guerra Fría; y que, por el contrario, estamos absolutamente comprometidos con la tarea de afrontar los grandes desafíos de nuestros tiempos.

Lecciones del último siglo

Para encarar los retos del presente, es necesario poner en valor las lecciones del pasado. Para ello, debemos empezar por preguntarnos cuáles son las mejores conquistas que ha logrado la humanidad en el último siglo. En mi opinión, son dos, inequívocamente. La primera, el avance en materia de igualdad, incluyendo tanto la restitución histórica en favor de los derechos de las mujeres, como todos los cambios operados desde una visión progresista en defensa de los derechos humanos que han reconocido nuevos derechos al colectivo de Lesbianas, Gais, Transexuales y Bisexuales (LGTBI).

Foto_ Dave Haygarth_ CC BY 2.0
Como todos los derechos en contra de discriminaciones de todo tipo, estos derechos de igualdad han tenido un origen muy poderoso. El feminismo ha evidenciado la decadencia del patriarcado: el machismo no se resigna a perder su posición de privilegio, pero se trata ya de un machismo derrotado. Derrotado por la conciencia de los derechos humanos, derrotado por la historia y por la ética.

Y en segundo lugar, junto a esa gran promesa de la emancipación de las mujeres, de los colectivos históricamente discriminados, de los pueblos que fueron víctimas de la esclavitud y del colonialismo; el otro principal factor de progreso ha sido la ciencia, el conocimiento y la cultura.

El feminismo ha evidenciado la decadencia del patriarcado: el machismo no se resigna a perder su posición de privilegio, pero se trata ya de un machismo derrotado por la historia y por la ética.

En la actualidad vemos cómo, a pesar de los tiempos oscuros, a pesar de los negacionistas que reviven y reaparecen, la ciencia se impone. Se imponen la cultura y el conocimiento. La vacuna contra el Covid-19 fue la más rápida de la historia y salvó millones y millones de vidas humanas, y eso fue posible gracias a una internacional de la ciencia. Fue posible porque la ciencia cooperó, porque los laboratorios alemanes trabajaron con los chinos, con los americanos, con los europeos, y eso permitió descubrir muy pronto el método para enfrentar al virus.

Por ello debemos seguir abrazando la confianza en la ciencia, en la cultura, en la racionalidad. Debemos estimular a maestros y profesores universitarios, que ahora tienen que combatir nada más y nada menos que con los negacionistas, con aquellos que no creen en las vacunas o no creen en el cambio climático. Yo me siento muy cerca de todos esos docentes que tienen que inculcar conocimiento, razón, ciencia, lógica y sabiduría a una generación de niños y adolescentes que escuchan constantemente en la televisión discursos negacionistas.

Esos profesores, maestros, científicos, universitarios… deben ser una prioridad para la acción de los gobiernos y de las instituciones. Pues, si vamos de la mano de la ciencia, y de la mano del feminismo, podremos ambicionar esa restitución histórica que cambie y que construya una comunidad política internacional de cara al horizonte del 2030.

Abolir la guerra

Sería fundamental, decisivo, que esa comunidad política internacional a la que aspiramos, estableciera la abolición de la guerra. Hace algunos siglos, la abolición de la esclavitud sonaba a utopía absoluta. Pensar que una mujer podría acceder a la universidad o ser una escritora profesional, también era una gran utopía para muchos, hasta hace no tanto tiempo. Del mismo modo, no debemos renunciar a la promesa, al objetivo de abolir la guerra.

También la pobreza. El hambre debería estar prohibida, radicalmente prohibida y sancionada por la comunidad internacional. Aquellos países que no proveen lo necesario para evitar que haya gente que muera de hambre en un mundo que dispone de recursos suficientes para que ni un solo niño sufra de inanición; merecen una sanción política. Debemos impulsar ese cambio de paradigma.

En una guerra siempre hay un responsable principal, que es el que invade. Pero, de cara a intentar poner fin a una guerra, somos todos responsables, tan responsables como el país invasor que la inicia. Todos somos responsables de construir la paz, porque la paz es siempre la tarea.

En el caso de la guerra de Ucrania, se trata además de una guerra que no va a tener ganador. No hay solución militar para esta guerra. Sin embargo, sí hay posibilidad aún de evitar más pérdidas lamentables de vidas humanas y más odio que por más tiempo se engendre y se enquista en el corazón de Europa.

El hambre y la guerra deberían estar prohibidas, radicalmente prohibidas y sancionadas políticamente por la comunidad internacional.

El afán de abolir la guerra es una tarea a la altura de lo que debía ser el siglo XXI, una tarea a la altura de quienes concibieron la Declaración de Derechos Humanos, de quienes pensaron los Objetivos del Milenio y de todas las organizaciones no gubernamentales y organizaciones feministas que durante las últimas décadas convirtieron la conciencia colectiva en un gran movimiento internacional. Hace apenas 20 o 30 años no era pensable que ningún país reconociera los derechos a los homosexuales, a los gais y a las lesbianas, que habían sido históricamente humillados, marginados y perseguidos. Hoy hay 40 países en el mundo que les reconocen en pie de igualdad. Los cambios se logran cuando hay convicción por esos cambios.

Esta perspectiva histórica nos da esperanza para no renunciar a la paz, al multilateralismo, a la solución pacífica de los conflictos, a los ideales. Para no renunciar a la utopía.

El riesgo de la autodestrucción

El pasado verano, en medio de una ola de calor que afectó a toda Europa, el periódico más importante de mi país titulaba en una de sus ediciones «España se abrasa». España se quema. Se trató de una ola de temperaturas extremas, que superó los 40 grados en toda la Península Ibérica, incluso en el norte. Un hecho inédito. Sin embargo, era ya la tercera ola de calor que padecíamos en un solo año, y en un contexto de sequía tremenda. Un ejemplo de que, como dijo el presidente del Panel Internacional del Cambio Climático (IPCC), «algunos cambios en el clima llegan más rápido de lo esperado».

El cambio climático se acelera, es un hecho. Y nosotros estamos esperando. Nosotros, que por imperativo biológico deseamos tener algo que dejar a nuestros hijos e hijas —una casa, una vivienda o algo de patrimonio—… Deberíamos dejar de pensar así, y comenzar a pensar que lo mejor que podemos dejarles a nuestros hijos es una tierra habitable. No hay patrimonio mayor que un planeta Tierra en el que puedan habitar y respirar.

Por imperativo biológico deseamos tener algo que legar a nuestros hijos e hijas (…) El mejor patrimonio que podemos dejarles es un planeta Tierra en el que puedan habitar y respirar.

Parece ser que nuestra gran capacidad civilizatoria conlleva el riesgo de la autodestrucción. Y esto no lo va a arreglar la inteligencia artificial, porque a la inteligencia artificial no se le pone la piel de gallina. No siente, y por eso siempre va a ser inferior a la inteligencia natural. Pero hace ya tiempo que las mejores mentes, las mentes más preclaras, nos advirtieron que hemos abusado del plutonio, que hemos abusado del riesgo nuclear y que hemos creado otro riesgo tan potente como el nuclear, que es el cambio climático y las emisiones que no reducimos.

El escritor colombiano Gabriel García Márquez, Premio Nobel de Literatura, ya en los años 80 nos advertía, nos conminaba y nos emocionaba hablando de la capacidad de nuestra especie, y de sus limitaciones: «Desde la aparición de la vida visible en la tierra, debieron transcurrir 380 millones de años para que una mariposa aprendiera a volar. Otros 180 millones de años para fabricar una rosa, sin otro afán que el de ser hermosa. Y cuatro eras geológicas para que los seres humanos fueran capaces de cantar mejor que los pájaros y morirse de amor. No es muy honroso para el talento humano, en la era de la ciencia, haber concebido el modo de que un proceso multimilenario tan dispendioso y colosal pueda regresar a la nada de donde vino, por el simple hecho de apretar un botón». O por el simple hecho de no hacer nada frente al cambio climático, podríamos añadir hoy.

Tengamos presente el mensaje de esta cita, preservemos esta especie incomparable que somos. Preservemos este planeta único que alumbró un fenómeno tan extraordinario como la vida.
Este planeta es el único lugar del universo, de ese enorme universo, donde se puede leer un libro. Preservémoslo.

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