La Nakba como rito de paso ¿hacia el genocidio?

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Arlene Clemesha

Jun, 2024
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Este texto se escribe más de siete meses después del ataque de Hamás del 7 de octubre de 2023, que causó alrededor de mil muertos en Israel. Desde entonces, la respuesta israelí ha destruido gran parte de Gaza, ha matado a más de 35 mil palestinos —la mayoría, mujeres y niños— y ha dejado a los 2 millones de habitantes de Gaza en una situación de absoluta miseria, hambre y falta de acceso a cualquier ayuda humanitaria. Este texto se escribe después de que Hamás aceptara todos y cada uno de los términos del acuerdo de «alto al fuego sostenible» presentado por Estados Unidos en mayo de 2024. El mismo acuerdo rechazado horas después por el gobierno de Benjamin Netanyahu mediante la intensificación de sus ataques contra Rafah —a ciudad palestina que daba acceso a los refugiados a Egipto. Este texto se escribe, también, después de 76 años durante los que Palestina no ha dejado de perder territorio. Un lapso en el que miles de palestinos han sido víctimas de todo tipo de violencia y millones se han convertido en refugiados. Este texto se escribe mientras España, Irlanda y Noruega se unen a la mayoría de países que reconocen el Estado de Palestina en los términos territoriales de los armisticios de 1949, que admitieron la fundación de Israel en el 78% de su territorio. La colonización de Cisjordania, dividida en las zonas A, B y C desde el Tratado de Oslo en 1995, continúa a ritmo acelerado y las zonas controladas por los palestinos son ahora menos del 10% del territorio de la Palestina historica.

El propósito de este texto es el de subrayar algunos de los principales aspectos de la evolución histórica de esta situación, que dibujan posibilidades inquietantes para el futuro. Cualquier análisis honesto sobre cómo hemos llegado a este punto de extrema violencia debe empezar por recordar que los palestinos, que optaron por una salida diplomática al conflicto con Israel, fueron traicionados. Del mismo modo, cualquier narración que no parta de las razones del fracaso histórico de los acuerdos de Oslo y de la total inacción de la comunidad internacional, resultará falsa y tendenciosa. La falta de respeto hacia los acuerdos internacionales de paz siempre ha traído las peores consecuencias.

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A estas alturas, es esencial afrontar con valentía un problema que hace ya tiempo se volvió global: la paz en Oriente Medio depende del fin de la ocupación ilegal de los territorios palestinos y del apartheid. La circulación de discursos sobre la «enorme complejidad» de la situación, es falaz y pretende ocultar la continua limpieza étnica contra el pueblo palestino. La paradoja de la Historia, como disciplina que estudia el pasado, es que resulta indispensable para analizar el presente en situaciones como ésta, donde un cúmulo de hechos fue dando lugar a la violencia que está llegando en nuestros días a extremos insospechados. Realizar un ejercicio de retrospectiva que repase la creación del Estado de Israel, la diáspora palestina, la Nakba, la guerra, la limpieza étnica y finalmente el genocidio en marcha, es la única manera de aproximarse a los acontecimientos actuales desde una perspectiva informada, que tenga en cuenta las cadenas de causalidad y las inexactitudes de los diferentes relatos. Como dijo Hanna Arendt, si el objetivo es la verdad factual, el investigador se debe a la independencia, el testigo a la objetividad y el historiador a la imparcialidad [1][1] ARENDT, Hannah. (2017). Verdad y mentira en la política. Página Indómita: Barcelona.. En ese sentido, los análisis históricos cobran especial utilidad en estos días en los que asistimos en directo a la barbarie, a los discursos de odio y a los juicios acalorados; pues exigen realizar un ejercicio de memoria imprescindible para acercarse al conflicto con veracidad.


La invención de un enclave

A principios del siglo XX, la colonización de Palestina fue el producto de dos esfuerzos simultáneos y combinados: un proyecto nacionalista, judío y colonial —es decir, el sionismo— y un proyecto imperialista británico de fragmentación y dominación de las tierras árabes con fines económicos y geopolíticos. Esta forma combinada de colonización fue autorizada explícitamente por los países más poderosos de la época, convocados a las conferencias de paz que siguieron a la Primera Guerra Mundial. Aquellas potencias mundiales, reunidas en París, diseñaron un sistema de mandatos para permitir su propio predominio en la región, basándose en la conveniente narrativa propagada por el movimiento sionista sobre el supuesto «retorno del pueblo judío» a Tierra Santa tras «dos mil años de dispersión».

Los horrores del Holocausto fueron utilizados para impulsar la ejecución del proyecto sionista, en lugar de ofrecer reparación a los judíos europeos en su propio continente.

Los horrores del holocausto judío perpetrado en la Segunda Guerra Mundial fueron utilizados para impulsar la ejecución del proyecto sionista, en lugar de ofrecer reparación a los judíos europeos en su propio continente. Los países que votaron a favor de la partición de Palestina en la sesión de la Asamblea General de las Naciones Unidas del 29 de noviembre de 1947 tenían muy claro que la creación de un Estado judío en Palestina implicaría el traslado forzoso de un número muy elevado de palestinos. Desde la publicación del Libro Blanco de Passfield en 1930, quedó bien patente que el colonialismo de asentamiento en Palestina estaba creando una clase de emigrantes palestinos sin tierra, y que esto estaba en la raíz de la resistencia y la revuelta palestinas [2][2] Naciones Unidas (1981). La cuestión de Palestina. Comité para el ejercicio de los derechos inalienables del pueblo palestino. Disponible aquí: https://unispal.un.org/pdfs/79-36136s.pdf. Hoy en día, los palestinos no sólo se enfrentan a un proyecto colonial de colonos que siguen expandiendo sus fronteras a expensas de la población nativa; sino que también existe una dimensión económica y global, que rara vez se analiza, y que resulta clave para entender dónde la lucha palestina por la emancipación y la autodeterminación puede posiblemente encontrar algún grado de apoyo internacional.

Los esfuerzos por controlar la gran cantidad de reservas de gas y petróleo existentes entre Cisjordania y las aguas situadas frente a Gaza, demuestran que la agresión israelí contra el pueblo palestino no sólo responde al actual proyecto sionista de construir un Estado étnico judío, sino que también obedece a la lógica de acumulación y explotación de sus recursos naturales. Según una estimación de 2010, la cuenca oriental parece contener uno de los mayores yacimientos potenciales del mundo, con una capacidad de 1.700 millones de barriles de petróleo y 122.000 millones de pies cúbicos de gas extraíble. Estos recursos de petróleo y gas estimulan evidentemente los deseos no sólo de Israel, sino también de los países vecinos y de los ávidos consumidores de recursos energéticos situados en otras partes del mundo [3][3] Ecologistas en Acción (2023). Yacimientos de gas frente a las costas de Gaza, 1/12/2023 | Revista nº 118. Disponible aquí: https://www.ecologistasenaccion.org/309298/yacimientos-de-gas-frente-a-las-costas-de-gaza/.


Catástrofe en forma de migración

El término árabe «al nakba», traducido como «la catástrofe», tiene connotación de evento disruptivo, causante de una profunda miseria, y se refiere a la expulsión de 750 mil palestinos del territorio donde se creó el Estado de Israel en mayo de 1948. En 1967, otros 350 mil palestinos fueron desplazados. Más recientemente, el análisis histórico ha empezado a utilizar el término «Nakba continua» [4][4] Uno de los primeros en elaborar el concepto de la «Nakba en curso» fue el escritor Elias Khoury, en artículos como Rethinking the Nakba [Repensando la Nakba], Critical Inquiry, Vol. 38, n.º 2, Chicago: The University of Chicago Press, 2012, pp. 250-266. para subrayar que el proceso de expulsión, que alcanzó su punto álgido en 1948, continúa en la actualidad. Fuera de los periodos más intensos de guerra, los desplazamientos forzosos se producen por otros medios, ya sea mediante leyes y dispositivos discriminatorios o mediante la invasión y el robo de viviendas palestinas por parte de colonos radicales, una práctica recurrente en Jerusalén Este.

La relación concomitante e intrínseca entre el apogeo de la Nakba y la creación del Estado de Israel ha generado enormes disputas historiográficas. La versión de los llamados «viejos historiadores israelíes» fue retratada por la imagen de un David israelí contra un Goliat árabe. El joven Estado de Israel, nacido de las cenizas del holocausto europeo, se habría enfrentado a una terrible fuerza árabe cuyo deseo era eliminar el país y arrojar a los judíos al mar. La guerra de 1948, según esta narrativa, fue una guerra de defensa. Los palestinos huyeron a pedido de sus dirigentes para dejar paso a los ejércitos árabes.

La agresión israelí contra el pueblo palestino no sólo responde al proyecto sionista de construir un Estado étnico judío, sino que también obedece a la lógica de acumulación y explotación de sus recursos naturales.

Uno de los primeros historiadores palestinos en escribir sobre la Nakba, Aref al-Aref, era entonces comisario adjunto del distrito de Ramala y se encargó de recibir al negociador de la Organización de las Naciones Unidas (ONU), el conde sueco Folke Bernadotte, en julio de 1948 —poco después de la caída y masacre de Lod y Ramala. 60 mil habitantes de estas dos ciudades habían sido obligados a una marcha de la muerte en la que cientos de ellos perecerían de deshidratación y agotamiento antes de llegar a Ramala. El conde Bernadotte fue informado por funcionarios israelíes de que los palestinos habían huido a instancias de sus dirigentes. Aref al-Aref cuenta que enseguida llevó al conde Bernadotte a reunirse con algunos de estos líderes, para escuchar sus historias, en las cuevas donde se habían refugiado. Reuniones como éstas fueron sin duda las que hicieron que Bernadotte informara a la ONU de que «ningún acuerdo será justo y completo si no se reconoce el derecho de los refugiados árabes a regresar a sus hogares de los que fueron desplazados» [5][5] Instituto Internacional de Estudios Árabes y del Mundo Musulmán (2007). Palestina 181. 60 años después: recopilación de documentos de las Naciones Unidas sobre la cuestión palestina, Documentos de Casa Árabe nº 3/2007. Disponible aquí: https://issuu.com/casaarabe/docs/documento_ca_03.

El conde Bernadotte fue asesinado unos meses después por un miembro de la organización sionista extremista Lehi, liderado entonces por Yitzhak Shamir, cuya condición de terrorista buscado por las autoridades británicas no le impidió convertirse en Primer Ministro de Israel en 1983.


El fin de la narrativa del éxodo voluntario

El mito del éxodo voluntario de los palestinos persistió durante tres décadas, a pesar de los relatos de Folke Bernadotte, Aref al-Aref y el historiador Walid Khalidi, que en los años 50 fue el primero en demostrar su falsedad con investigaciones de archivo. Como se afirmaba que los altos dirigentes árabes habían dado órdenes por radio para que los palestinos huyeran, Walid Khalidi revisó la colección de grabaciones de radio árabes de 1948 conservadas en el Museo Británico de Londres, donde no encontró ningún registro de ese tipo [6][6] KHALIDI, Walid (1959). Why Did the Palestinians Leave [Por qué se marcharon los palestinos], Palestina: Arab Information Centre..

Alrededor de 15 mil palestinos murieron en la Nakba de 1948, y se registraron más de 30 masacres, como la de Deir Yassin, el 9 de abril de ese año, y la de Tantura. Este último caso fue investigado por Teddy Katz, alumno del historiador israelí Ilan Pappé en la Universidad de Haifa, quien, tras defender su disertación de máster en 1998, fue presionado por la dirección de la facultad para que cambiara sus conclusiones [7][7] PAPPÉ, Illan (2012). Boicot académico israelí: el «caso Tantura», El País, 6/02/2012. Disponible aquí: https://elpais.com/diario/2012/02/06/opinion/1328482804_850215.html.

Foto_ Ewa Jasiewicz_ CC BY NC SA 2.0

En los años 80, hubo una oleada de publicaciones académicas de los llamados «nuevos historiadores israelíes» que, más de dos décadas después de los historiadores palestinos a los que nadie escuchaba, también refutaron la vieja narrativa sionista del éxodo voluntario. Lo hicieron principalmente a partir de archivos nacionales y militares israelíes desclasificados 30 años después de 1948.

La investigación del historiador israelí Benny Morris, publicada en 1988 [8][8] MORRIS, Benny (1988). The Birth of the Palestinian Refugee Problem, 1947-1949 [El nacimiento del problema de los refugiados palestinos, 1947-1949]. Cambridge: Cambridge University Press. produjo una nueva comprensión del fenómeno, demostrando que los aproximadamente 750 mil palestinos que se convirtieron en refugiados en 1948 habían sido de hecho expulsados. La versión de un éxodo voluntario quedó definitivamente desmentida. El debate, sin embargo, seguiría girando en torno a las razones de la expulsión. Morris llegó a la conclusión de que la expulsión fue la consecuencia ineludible de la guerra de 1948, por lo que fue duramente criticado por el politólogo judío estadounidense Norman Finkelstein, que calificó la tesis de Benny Morris de «término medio», ya que reconocía la expulsión pero negaba la motivación [9][9] Institute for Middle East Understanding (2013). The Palestinian Nakba & The Establishment of Israeli Apartheid [La Nakba palestina y el establecimiento del apartheid israelí], 8/05/2013. Disponible aquí: https://imeu.org/article/the-nakba-65-years-of-dispossession-and-apartheid.


De la Nakba a la limpieza étnica

Varios autores, tanto palestinos como israelíes, entre ellos Nur Masalha y Avi Shlaim, hicieron entonces importantes aportaciones al debate historiográfico y al proceso de deconstrucción de la mitología sionista. La siguiente gran controversia en torno a la naturaleza de la Nakba se produciría a raíz de la publicación en 2006 del importante libro de Ilan Pappé, La limpieza étnica de Palestina. En él, el autor demostraba cómo, en la década de 1940, el Fondo Nacional Judío financió un proyecto secreto para cartografiar el territorio de Palestina, aún bajo mandato británico. El estudio incluía los nombres y la ubicación de los pueblos, la calidad de la producción agrícola, el número de huertos, el número de árboles de cada huerto e incluso la fruta de cada árbol, las fuentes de agua, los coches y carros, la población masculina adulta, los nombres de todos los presuntos combatientes del movimiento de resistencia rural, los nombres de los líderes y una descripción del interior de las casas de los mujtars (líderes/alcaldes), indicando que los espías sionistas fueron recibidos con la típica hospitalidad árabe en el interior de sus hogares [10][10] PAPPÉ, Illan (2006). La limpieza étnica de Palestina. Barcelona: Crítica..

El objetivo de Israel era tanto acabar con la resistencia palestina como crear un hecho consumado que ni la ONU, ni Estados Unidos, ni los países árabes pudieran revertir.
Los llamados «archivos de los pueblos», construidos de forma totalmente clandestina a lo largo de la década de 1940, registraron datos extremadamente detallados, y cada vez más relativos a las capacidades militares y de resistencia de los residentes árabes. Según Ilan Pappé, esta información se utilizó, en primer lugar, para saber qué tierras serían las más codiciadas para la formación del Estado judío llegado el momento; y en segundo lugar, qué tipo de fuerza de resistencia podía encontrarse en cada región y cada pueblo.

Los «archivos de las aldeas» proporcionaron la base de datos necesaria para elaborar el Plan D (Dalet). Esto es, el plan de guerra del ejército israelí diseñado en 1948 que estableció, en opinión de Pappé, la estrategia para la limpieza étnica de Palestina.

Los ataques para expulsar a los palestinos fueron llevados a cabo inicialmente por las milicias sionistas Haganá, Irgún y Lehi, esta última también conocida como «la banda Stern», y comenzaron en cuanto se aprobó la partición de Palestina en 1947. La Haganá aterrorizó a los 75 mil habitantes árabes de Wadi Rushmiyya, un barrio árabe de Haifa, incitándolos a huir y volando sus casas por los aires para que no tuvieran adónde regresar. Esta acción de diciembre de 1947 fue considerada el punto de partida de la limpieza étnica de Palestina.

Según Ilan Pappé, la primera fase de la limpieza étnica tuvo lugar de diciembre de 1947 a marzo de 1948, un periodo marcado por ataques todavía esporádicos de las milicias sionistas y episodios de resistencia, emboscadas y contraofensivas palestinas. Pero en marzo de aquel año se ultimó el Plan Dalet, que cambió las características del conflicto.

Este plan, como ya se ha mencionado, se elaboró a partir de los datos recogidos en los «archivos de las aldeas» y esbozaba las regiones que el movimiento sionista debía intentar conquistar más allá de las fronteras designadas por la ONU. También determinaba los métodos a emplear: rodear y bombardear aldeas y núcleos de población, incendiar casas, propiedades y bienes, expulsar a los residentes, demoler sus casas y, por último, plantar minas en los escombros para impedir su regreso. Cada paramilitar recibió una lista específica de pueblos y barrios que debía atacar.

El Plan Dalet era la cuarta y última versión de otros planes anteriores que sólo habían descrito vagamente la forma en que los dirigentes sionistas pretendían hacer frente a la presencia de tantos palestinos en la tierra que reclamaba el movimiento nacional judío. Sin embargo, en palabras de Pappé, «el cuarto y último esbozo decía clara e inequívocamente: los palestinos deben irse» [11][11] PAPPÉ, Illan (2006). The 1948 Ethnic Cleansing of Palestine [La limpieza étnica de Palestina de 1948], Journal of Palestine Studies, núm. 141. Disponible aquí: https://ciaotest.cc.columbia.edu/olj/jps/vol36-141/vol36-141_b.pdf.

Para Walid Khalidi, el objetivo del plan era tanto acabar con la resistencia palestina como crear un hecho consumado que ni la ONU, ni Estados Unidos, ni los países árabes pudieran revertir. Esto explica, según Khalidi, la rapidez y virulencia de los ataques contra los centros de población árabes. A medida que se llevaba a cabo el plan militar, decenas de miles de palestinos se vieron obligados a huir, llevándose sólo sus ropas, formando ríos de refugiados que inundaron los países árabes fronterizos con la esperanza de regresar pronto.


La guerra como medio

Así estalló la guerra en la que moriría uno de los principales y más carismáticos líderes de la resistencia palestina, Abd al-Qadir al-Husseini, en la batalla de Al-Qastal, en abril de 1948. El segundo líder, Hassan Salameh, que dirigía la resistencia campesina Al-jihad Al-muqaddas, cayó también en la batalla de Ras Al-Ayn, en junio de 1948. La derrota palestina estaba sellada, independientemente de la posterior entrada en la guerra de los países árabes, que votaron en contra de la resolución 181 de la ONU, que determinaba la partición de Palestina.

En cuanto se declaró la fundación del Estado de Israel, el 14 de mayo de 1948, los países árabes se unieron a la guerra. Estos países nunca estuvieron de acuerdo con el establecimiento del Mandato Británico —la administración civil extranjera que funcionó de 1920 a 1948— y, al igual que los propios palestinos, no aceptaron que una parte de los territorios árabes fuera entregada al movimiento sionista. Sin embargo, en la práctica gran parte de las tropas que enviaron eran irregulares, voluntarios mal armados y escasamente entrenados que acudían al llamado de sus hermanos palestinos pero que difícilmente podrían cumplir el objetivo de impedir la creación del Estado sionista. A excepción de Jordania, que disponía del mayor ejército árabe de la época y ambiciones de anexionar las fértiles tierras de la orilla occidental del río Jordán.

Israel ocupó el 78% del territorio de la Palestina histórica, no el 56% designado por la ONU. En esta porción mayoritaria del territorio de Palestina, sólo quedaban unos 150 mil palestinos. La Franja de Gaza acogió a 200 mil refugiados, cuyos descendientes constituyen el 70% de la población actual. Otros 550 mil palestinos huyeron principalmente a Cisjordania, Jordania, Siria y Líbano.

Salman Abu Sitta, expulsado de Beer Sheva a los diez años, se refugió con su familia en Gaza y luego huyó a Londres, donde se doctoró en ingeniería civil. Él trazó un mapa de las 530 aldeas palestinas vaciadas, destruidas y eliminadas por las invasiones de las milicias sionistas y las Fuerzas de Defensa de Israel, desde finales de 1947 hasta los armisticios de 1949, y demostró que es falso el argumento de que no hay lugar para el regreso de los refugiados palestinos a sus tierras y ciudades de origen [12][12] ABU SITTA, Salman (2004). El derecho al retorno: el problema de los refugiados palestinos. Ediciones del Oriente y del Mediterráneo, Madrid: Encuentro..

Sin embargo, como ya se ha mencionado, los historiadores palestinos han sido ignorados en gran medida, por lo que no fue hasta la publicación de La limpieza étnica de Palestina de Ilan Pappé que se comenzó a formar una nueva comprensión de la Nakba. Tras las investigaciones de Pappé, ya no se diría que la expulsión de los palestinos no existió sino como resultado de la guerra, ni que fue un objetivo perseguido sistemáticamente sólo durante la guerra; sino que la guerra comenzó el día después de que la ONU aprobara la partición de Palestina, con el fin de llevar a cabo un plan que preveía la creación de un Estado étnico y mayoritariamente judío.

La guerra se libró porque fue el medio que se encontró, en un contexto ya de por sí extremadamente tenso y volátil, para llevar a cabo la limpieza étnica. No al revés.

Cuando Ilan Pappé demostró, basándose en documentos históricos contenidos en colecciones militares y civiles israelíes, que la expulsión de unos 750 mil palestinos en 1948 fue el resultado de una planificación, comenzó a entenderse la Nakba como una especie de «rito de paso» ilegítimo e imprudente, podría decirse, hacia la dominación judía en Palestina; en vez de como una consecuencia colateral del conflicto armado. Es decir, cambió la narrativa de la Nakba, de una huida o expulsión involuntaria, a una expulsión concebida ex profeso para la creación de un Estado étnico judío. El llamado «paradigma de la guerra» —la expulsión como resultado lamentable e inevitable de la guerra de 1948—, que había sido hegemónico hasta entonces entre la mayoría de autores para explicar la Nakba, fue sustituido por el «paradigma de la limpieza étnica», defendido por Pappé. Esto es, que la guerra se libró porque fue el medio que se encontró, en un contexto ya de por sí extremadamente tenso y volátil, para llevar a cabo la limpieza étnica. No al revés.


De la limpieza étnica al apartheid y el genocidio

Pero, ¿hasta qué punto es importante diferenciar entre una expulsión planificada y una expulsión involuntaria resultante de una guerra? ¿No sería el resultado el mismo, con los mismos 15 mil palestinos muertos en 1948 y, hoy, los mismos nueve millones de refugiados palestinos dispersos por el mundo —con sus propiedades confiscadas y distribuidas a inmigrantes judíos, sus tierras robadas e incorporadas a las tierras del nuevo Estado—? ¿Escribió Ilan Pappé su tesis para demonizar al movimiento sionista? En absoluto. Analizar con precisión los momentos más críticos de la historia palestina es lo que nos permite comprender la naturaleza del proceso y las direcciones que puede tomar.

Mientras que acuerdos como el de Oslo generaron la perspectiva de una transición hacia la autonomía territorial palestina, Israel ganó tiempo para expandir los asentamientos sobre territorios que jamás pretendían devolver. La partición, la colonización, la limpieza étnica y el apartheid fueron formas dirigidas de ingeniería demográfica para garantizar el supremacismo racial judío entre el Mediterráneo y el Jordán. Es decir, que la Nakba y la limpieza étnica fueron también «ritos de paso» hacia la conquista que implantaría definitivamente Israel.

Un régimen de apartheid en toda regla, tal y como se desprende de los numerosos informes de reputadas organizaciones internacionales de derechos civiles —Amnistía Internacional, Human Rights Watch o incluso la israelíe B’Tselem—, que se organiza de acuerdo a un único principio: avanzar y cimentar la supremacía de los judíos sobre los palestinos, tanto en Israel como en los Territorios Ocupados [13][13] Human Rights Watch (2021). A Threshold Crossed. Israeli Authorities and the Crimes of Apartheid and Persecution [Un umbral traspasado: Las autoridades israelíes y los crímenes del apartheid y la persecución], abril de 2021. Disponible aquí: https://www.hrw.org/sites/default/files/media_2021/04/israel_palestine0421_web_0.pdf. Con este fin, el régimen israelí y sus instituciones —incluidas las fuerzas de ocupación, la administración civil y la Autoridad Palestina, una entidad de facto subordinada— aplican leyes, prácticas y violencia estatal dirigidas.

Uno de los aspectos más brutales de este sistema es cómo el espacio geográfico y social se diseña de forma diferente para cada grupo, lo que a su vez ha instituido un régimen de movilidad [14][14] Véase WEIZMAN, Eyal (2007). Hollow Land. Israel’s architecture of occupation [Tierra hueca. La arquitectura de la ocupación israelí]. Londres: Verso.. Los ciudadanos judíos viven como si toda esta tierra fuera un único espacio —salvo quizá la Franja de Gaza, también antes del 7 de octubre. Tienen los mismos derechos y estatus a ambos lados de la Línea Verde y pueden moverse libremente. Esto incluye viajar al extranjero y a los más de 280 asentamientos ilegales protegidos militarmente y conectados por carreteras de circunvalación exclusivas para judíos [15][15] Véase el concepto de «matriz de control» desarrollado por HALPER, Jeff. The Key to Peace: dismantling the Matrix of Control [La clave de la paz: desmantelar la matriz de control]. Disponible aquí: https://icahd.org/get-the-facts/matrix-control/. Por el contrario, los derechos concedidos a los palestinos están ligados al espacio en el que habitan. El régimen israelí ha dividido la tierra en un mosaico de unidades dispersas y superpobladas que define y gobierna de forma diferente. Una división que sólo afecta a los palestinos.

Los 1,6 millones de palestinos que viven en Israel —el 17% de su población, a veces denominados «árabes israelíes»— son considerados ciudadanos, pero no gozan de los mismos derechos que sus homólogos judíos. Los aproximadamente 350 mil palestinos de Jerusalén Este, denominados «residentes permanentes», pueden vivir y trabajar sin necesidad de permiso y votar representantes locales; sin embargo, sus derechos pueden ser revocados en cualquier momento a discreción del gobierno. 2,6 millones de palestinos viven bajo el yugo militar en decenas de enclaves desconectados de Cisjordania sin poder ejercer derechos políticos. Otros 2,2 millones vivían prisioneros bajo el bloqueo israelí de la Franja de Gaza, ya antes de su actual destrucción, carentes de derechos y en condiciones de vida inhumanas, especialmente en lo que respecta al acceso a agua potable.

Foto_ Matt Hrkac_ CC BY 2.0

La Franja de Gaza representa el culmen de la agresión de Israel en pro de sus objetivos políticos, pero también señala la dirección que ha establecido para su política en Cisjordánia [16][16] Tareq Baconi (2021). Gaza and the one-state reality [Gaza y la realidad de un solo estado]. Journal of Palestine Studies, V. 50, n.1. Disponible aquí: https://www.palestine-studies.org/en/node/1650949. El actual gobierno israelí, formado en enero de 2023, está compuesto por extremistas, fascistas y fundamentalistas religiosos que ya habían incitado a su población, especialmente a los colonos, a tomar las armas contra los palestinos en Cisjordania y Jerusalén Este. Las invasiones violentas de aldeas por grupos de colonos armados recuerdan los tristemente célebres pogromos —término que significa «masacre» en ruso— antisemitas del siglo XIX. No faltan declaraciones oficiales que indican el objetivo de anexionar Cisjordania y deshacerse de cualquier palestino que intente oponerse. Tampoco faltan pruebas de la intención genocida en la preparación de la invasión y los ataques que se están llevando a cabo en la Franja de Gaza. Como dijo Haider Eid, amigo y profesor en Gaza, «lo que estamos viviendo es una combinación de limpieza étnica y genocidio» [17][17] EID, Haidar (2023). On the Gaza ‘shoah’ and the ‘banality of evil’ [Sobre la «shoah» de Gaza y la «banalidad del mal], Al Jazeera, 30/122023. Disponible aquí: https://www.aljazeera.com/opinions/2023/12/30/on-the-gaza-shoah-and-the-banality-of.


Una resistencia de sentido global

El pueblo palestino lleva un siglo resistiendo a su deshumanización, desarraigo y expropiación. A diferencia de Europa, cuya larga historia de persecución de los judíos culminó con el Holocausto, los palestinos han convivido en paz con el pueblo judío a lo largo de los siglos. Sin embargo, se ven obligados a recordarlo desde hace cien años, y a repetir constantemente la diferencia básica entre esa convivencia y el rechazo a la implantación del colonialismo en sus tierras.

El caso de Europa es bien distinto, pues no se puede ignorar fácilmente el hecho de que la aviación de los países aliados en la Segunda Guerra Mundial no tuviera como objetivo los ferrocarriles que conducían a Bergen-Belsen o Auschwitz. Tampoco se puede olvidar que el mundo se convirtió en un territorio cerrado y sin visados para los refugiados judíos del régimen nazi a finales de la década de 1930. La creación del Estado de Israel fue, innegablemente, una forma de expiar la culpa europea por el crimen contra la humanidad que supuso la muerte de seis millones de judíos en campos de concentración y exterminio.

Una vez consumado el genocidio judío, Palestina fue dividida por decisión de la ONU —sin consultar a los palestinos ni darles voz— y se convirtió en 1947 en el escenario de una nueva limpieza étnica y de una masacre ininterrumpida. Hoy, ninguna otra causa despierta tanta indignación y polarización en el escenario internacional, atravesado por las redes emergentes de la extrema derecha global, como el conflicto palestino-israelí.

En términos geopolíticos, Israel disfruta del apoyo de una parte importante del status quo occidental, además de no sufrir reprimendas por parte de Rusia. Esto se debe a que, además de las buenas relaciones comerciales en medio de las sanciones impuestas por Europa y Estados Unidos, y del hecho de que Rusia sea el país de origen de muchos israelíes, a Rusia le interesa que esta crisis se perpetúe para manejar con más ventaja su invasión sobre Ucrania.

No se puede ignorar fácilmente el hecho de que la aviación de los países aliados en la Segunda Guerra Mundial no tuviera como objetivo los ferrocarriles que conducían a Bergen-Belsen o Auschwitz.

En términos generales, la comunidad internacional ha tolerado durante demasiado tiempo la anexión y expansión de Israel sobre los territórios palestinos. Ese régimen de abuso y control absoluto, la negación sistemática del derecho del pueblo palestino a la existencia y a la soberanía en su propia tierra, así como todas las leyes y políticas que han institucionalizado un sistema de gobierno discriminatorio y segregador contra los palestinos; han actuado de alguna manera como «ritos de paso» hacia el genocidio al que asistimos en la actualidad. Acostumbrada a las atrocidades diarias, la comunidad internacional ha tardado vergonzosamente en reaccionar ante la violencia sin parangón a la que está siendo sometida la población civil palestina desde el pasado 7 de octubre.

Sin embargo, hay algunas señales de esperanza. La mayoría del Sur Global reconoce que lo que está ocurriendo en Gaza es un claro caso de genocidio, y muchos gobiernos de América Latina —entre otras regiones—, están tomando medidas para aislar a Israel. Si bien sigue faltando presión por un alto el fuego, y aunque la mayoría de los gobiernos sigue creyendo que defender la solución de dos Estados es la mejor manera de indicar que están a favor de una salida negociada y pacífica para la región; se ha logrado a nivel global el reconocimiento de que el apartheid es una realidad que vulnera el Derecho Internacional en la Palestina histórica. También se ha canalizado un importante apoyo gubernamental a través de foros multilaterales —principalmente la ONU—, donde la mayor parte de los países del Sur Global han votado y argumentado a favor de la aplicación del derecho internacional humanitario.

Aunque no son muchos los países que han roto completamente sus lazos diplomáticos con Israel o que han renunciado a sus inversiones y relaciones comerciales con el país, pocas veces habíamos visto tanta presión sobre Israel como la que observamos en la actualidad. Las órdenes de detención emitidas por la Corte Penal Internacional de La Haya, contra tres líderes de Hamás por el ataque del 7 de octubre de 2023 y contra el Primer Ministro israelí Benjamin Netanyahu —junto a su Ministro de Defensa, Yoav Gallant— por exterminio intencionado y crímenes contra la humanidad; demuestran que la comunidad internacional tiene por fin la intención de exigir responsabilidades. Ojalá estas reacciones, aunque tardías e insuficientes, marquen también el paso hacia una conciencia global que ponga fin al sufrimiento de un pueblo que lleva más de un siglo resistiendo.

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