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Julia Grosinger
Situación
Al viajar desde Barcelona hacia el interior de Cataluña por la autopista C16, es imposible no fijarse en un elemento paisajístico absolutamente surrealista que aparece por la ventanilla izquierda. Una montaña gigantesca, de un blanco resplandeciente, se eleva de repente por encima de una vista por lo demás coherente, de cultivos rojizos, aparentemente abandonados, cubiertos de matorrales y bosques mediterráneos, salpicados de rodales de pinos más o menos antiguos. Este elemento sorprendente, de un blanco cegador, no parece una formación natural sino más bien una impresionante obra de land art que hubiera sido creada por un joven aspirante a artista que contara con un presupuesto absurdamente generoso.
Cuando lo vi por primera vez, aún no sospechaba cómo esta extraña intrusión de color claro condensa tantas de las tensiones que atraviesan el campo catalán: el legado de la industria extractiva, la contaminación del agua y el suelo, y los vínculos con la destrucción —cada vez más acelerada—, de entornos habitables en Oriente Medio. Con el tiempo, llegué a ver este artefacto humano como una manifestación biofísica de lo que expresa el propio concepto de «policrisis»: no una única crisis que se desarrolla de forma aislada, sino múltiples crisis que convergen, interactúan y se amplifican entre sí a lo largo de territorios aparentemente dispares.
La extracción minera conecta los suelos, subsuelos, aguas e infraestructuras rurales con demandas industriales lejanas, lo que hace que incluso los paisajes aparentemente periféricos formen parte de los circuitos globales de producción y consumo.
Este sistema es tan omnipresente como invisible, ya que difícilmente puede describirse como un espacio; pero se manifiesta en los paisajes rurales a través del llamado urbanismo de «crecimiento verde», la expansión agroindustrial, el acaparamiento de tierras, el turismo y la extracción minera. Estos procesos conectan entornos aparentemente locales con esquemas de producción y consumo lejanos. Los sistemas agroindustriales, por ejemplo, vinculan los suelos y el agua con la producción ganadera internacional y las cadenas de suministro de piensos, integrando relaciones ecológicas complejas en sistemas de producción globales cada vez más estandarizados. Del mismo modo, el turismo conecta los paisajes rurales con poblaciones externas, el capital y el deseo de un campo «auténtico», reconfigurando los mercados inmobiliarios, la vivienda, las infraestructuras y las expectativas sobre el lugar. Por su parte, la extracción de minerales y metales conecta los suelos, subsuelos, aguas e infraestructuras rurales con demandas industriales lejanas, lo que hace que incluso los paisajes aparentemente periféricos formen parte integral de los circuitos globales de extracción, producción y consumo.
La montaña blanca de Sallent no es, por tanto, simplemente un problema medioambiental local, ni siquiera un monumento al daño ecológico, a las viviendas corroídas, a las aguas subterráneas y los ríos salinizados. En toda su blancura, pone también de manifiesto desafíos sociales y políticos más amplios: es un paisaje creado a través de relaciones que van mucho más allá del propio Sallent. Lo que en un principio interpreté como una cicatriz medioambiental aislada, estaba sin embargo conectada con una geografía política mucho más vasta y arraigada más allá del legado de la industria extractiva: incluyendo, como ya he dicho, la contaminación mundial del agua y el suelo; pero también la destrucción concreta, continua y meticulosa de la vida en Oriente Medio. Una región, por cierto, cuya fragilidad suele observarse con sorpresa desde Occidente. Como si resultara asombroso que la paz siga siendo esquiva en un lugar sometido repetidamente a bombardeos, desplazamientos y destrucción de infraestructuras.
Relación
Los paisajes rurales no son en absoluto contenedores herméticos. Son porosos y relacionales, conectados, como ya he dicho, con lugares lejanos a través de flujos de capital, materiales, personas, recursos y decisiones. Tal y como nos recuerda la geógrafa humana Doreen Massey, estos lugares deben entenderse como una constelación abierta y en continua evolución de relaciones sociales, económicas, políticas y materiales; y no como vestigios estáticos. Los paisajes se conforman a través de conexiones con otros lugares, al tiempo que configuran lo que ocurre en ellos [5].[5] Massey, D. (2013). Space, place and gender [Espacio, lugar y género]. John Wiley & Sons. Lo que parece un paisaje local puede, por lo tanto, interpretarse como una expresión espacial y visual concreta de las relaciones que operan a múltiples escalas. Lo local no es lo opuesto a lo global, sino una de sus dimensiones constitutivas —y, por lo tanto, uno de los espacios donde lo global puede renegociarse. El paisaje se convierte, en este sentido, en un espacio de acción situado: un lugar desde el que pueden hacerse visibles las relaciones lejanas, experimentarse sus consecuencias y, potencialmente, cuestionarse y reorganizarse su estructura.
En tiempos de crisis múltiples, esta concepción relacional del paisaje cobra especial relevancia. El cambio climático, la pérdida de biodiversidad, el agotamiento de los recursos, las desigualdades sociales y los conflictos bélicos no se desarrollan como crisis aisladas en lugares separados: se entrecruzan a través de las mismas relaciones materiales, económicas y políticas que conectan los lugares a través de las distintas escalas. Un paisaje puede manifestar las consecuencias de decisiones tomadas en otros lugares, al tiempo que contribuye a procesos cuyos efectos se dejan sentir mucho más allá de sus límites. Lo que está en juego no es solo cómo gestionar las consecuencias de esta multiplicidad de crisis, sino cómo reorganizar las relaciones a través de las cuales se (re)producen. Los paisajes revelan una geografía peculiar del crecimiento: un lugar puede absorber las consecuencias materiales y ecológicas de relaciones y ramificaciones cuyos motores se encuentran en otros lugares. Sallent hace que esta geografía sea casi imposible de ignorar. Abordar verdaderamente estos impactos exige, por tanto, revisar nuestras propias nociones de crecimiento y progreso.
Lo local no es lo opuesto a lo global, sino una de sus dimensiones constitutivas —y, por lo tanto, uno de los espacios donde lo global puede renegociarse.
Aquí es donde el paisaje adquiere relevancia política: dado que los paisajes materializan las relaciones entre personas, instituciones, infraestructuras, recursos y territorios lejanos, nos permiten ver realmente lo que, de otro modo, seguiría siendo abstracto. La montaña de sal de Sallent no es solo una prueba de un proceso material concreto —en este caso, la extracción de potasa: es el resultado visible de un régimen productivista hegemónico mucho más amplio, cuyos costes sociales, políticos y ecológicos se distribuyen de forma desigual entre los territorios. Por lo tanto, cambiar ese paisaje no puede significar simplemente encontrar una forma menos perjudicial de producir la misma mercancía: requiere cuestionar las relaciones que hicieron posible la misma montaña.
Intervención
El capital se mueve rápido, pero la resistencia puede detenerlo.
En abril de 2026, algo cambió en la montaña de sal. Durante tres días, del 17 al 19 de abril, el movimiento social disruptivo Revoltes de la Terra, junto con Boicot ICL, movimientos ecologistas locales, agricultores, sindicalistas y otras organizaciones de solidaridad con Palestina, se movilizaron en torno a las minas de Sallent y Súria. La campaña de boicot contra ICL, que forma parte del movimiento internacional de Boicot, Desinversión y Sanciones (BDS), vinculó explícitamente los impactos medioambientales y territoriales de las actividades de ICL en el Bages con las relaciones económicas y políticas más amplias de la empresa en Israel, trasladando esas relaciones al propio paisaje.
No se trataba de reducir dos formas muy diferentes de violencia —la local y la medioambiental, la internacional y la militar— a un único problema, sino de rechazar la idea de que pertenecieran a esferas políticas separadas. La campaña siguió las relaciones entre ellas: la propiedad corporativa, la extracción, las infraestructuras, el capital y la circulación de materiales a través de los territorios. Lo que los mapas convencionales tienden a separar, volvió a percibirse como conectado con esta acción. Las operaciones de ICL en Cataluña aparecieron así no solo como una actividad industrial local, sino como parte de una red corporativa más amplia, profundamente vinculada con el complejo sociomilitar de Israel.
Hay algo casi al estilo de La montaña mágica en la forma en que los paisajes rurales se imaginan como lugares remotos: elevados, distantes, más lentos, de algún modo alejados de las contradicciones del mundo que hay más abajo. En la obra de Thomas Mann, sin embargo, la montaña nunca está verdaderamente al margen de la historia. Sallent ofrece un tipo de montaña muy diferente, pero con un cambio de perspectiva similar: su enorme montículo blanco de sal puede parecer aislado del mundo, pero es el rastro material acumulado de unas relaciones que se extienden mucho más allá de la propia montaña. Esta montaña característica no separa a Sallent del mundo; al contrario, revela hasta qué punto el lugar ya está entrelazado con él. Los paisajes rurales son el lugar donde se extraen los recursos, se construyen las infraestructuras, se apropia el agua, se depositan los residuos; y también son, por tanto, el lugar donde se graban en el suelo, los ríos y los cuerpos las consecuencias de decisiones lejanas. El capitalismo tardío ha acumulado no solo riqueza, sino también terrenos baldíos.
Esta movilización ofrece una forma concreta de pensar sobre cómo vivir en una aldea global desde una perspectiva poscrecimiento. No rechaza la conexión ni la interdependencia; sino que se pregunta qué tipos de conexiones se están produciendo, quién se beneficia de ellas y quién asume sus costes. Su reivindicación no es simplemente sustituir una mina por otra, por una industria más limpia, ni hacer que la extracción sea más eficiente. La montaña de sal se convierte así en un lugar desde el que contemplar el horizonte, interpretando un paisaje mucho más amplio —uno en el que la extracción local y la desaparición de lugares como Palestina están materialmente conectadas, a pesar de la distancia geográfica que las separa. Y precisamente porque estas relaciones se hacen visibles en el paisaje, este también se convierte en un lugar desde el que cuestionarlas.
Partiendo de que los paisajes son relacionales, la cuestión no es si están conectados con el mundo, sino si podemos aprender a ver por dónde discurren esas conexiones —y dónde pueden interrumpirse. Estamos conectados por los materiales, las infraestructuras, el capital y el trabajo, pero divididos por las fronteras y las distancias que dificultan ver estas relaciones. La tarea de actuar a través del paisaje consiste, en última instancia, en hacer que la vida merezca la pena.
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