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Tristán Torrejón |
Paula Medina
Hace 25 años, a las puertas del cambio de siglo, el mundo se congratulaba con la promesa del progreso lineal y la (post)modernidad. El relato hegemónico de los años 90 se forjaría en un crisol particular: con la desintegración de la Unión Soviética (URRS), el orden liberal de posguerra declaraba una victoria sin paliativos, flirteando hasta con la posibilidad de dar la Historia por terminada [1][1] Fukuyama, Francis (1992). The End of History and the Last Man [El fin de la Historia y el último hombre]. New York, Toronto, Singapore, Sidney: The Free Press & Maxwell Macmillan.. El auge de la globalización neoliberal, la expansión de los mercados, la «compresión espacio-temporal» como condición de la posmodernidad [2][2] Harvey, David (1990). The Condition of Postmodernity. An Enquiry into the Origins of Cultural Change [La condición de la posmodernidad. Una indagación sobre los orígenes del cambio cultural]. Cambridge, Oxford: Blackwell. y la consolidación de las democracias representativas quedaron enmarcados en el optimismo tecnológico, la revolución digital y la sensación de que el mundo establecía al fin un destino unitario. Después de un siglo de neurosis colectiva, de concatenación de guerras y crisis, muchos, sobre todo en el Norte Global, explotaron en una euforia casi teológica, atreviéndose a mirar al progreso económico, político y tecnológico como inevitabilidades —si acaso como las mejores apuestas para enfrentar turbulencias futuras.
Mirando de perfil a Bosnia, Tajikistán, Kosovo y el Golfo Pérsico, o incluso ante la crónica de barbarie anunciada en Srebrenica, el orden mundial se afanaba por proteger y alimentar el relato de su triunfalismo. El mundo sólo requeriría de algo de tiempo y ciertos ajustes. El Consenso de Washington consolidaría una nueva cooperación y una nueva ortodoxia del desarrollo: industrialización, liberalización, privatización, libre competencia y apertura comercial. La crítica al modelo colonial sería desplazada por un paternalismo asistencialista, mientras la riqueza pasaría a entenderse como una oportunidad universal que sólo exige disciplina fiscal, altura de miras y hacer bien los deberes. No será sólo la edad de oro de las ONGs solidarias, sino también del conservacionismo naif: las nuevas generaciones de entonces crecen imbuidas de un optimismo concienciado y reformista, seguras de que gestos simples como evitar CFCs o separar los plásticos de la basura orgánica es todo lo que se necesita para proteger la naturaleza.
Del corazón a los márgenes del Norte Global, así como en no pocos rincones del Sur, la juventud del cambio de siglo descubrió el mundo desde expectativas —o promesas— de certeza, abundancia y paz: seguros, libres de los miedos y prejuicios de generaciones anteriores y, sobre todo, abonando sueños y esperanzas; con la creencia de que el acceso a la información y los recursos derivados de tal progreso estaban al alcance. El mantra de los derechos universales proclamaba que todos los seres humanos tenían garantizados sus derechos, independientemente de la raza, el sexo o la religión [3][3] «Toda persona tiene todos los derechos y libertades proclamados en esta Declaración, sin distinción alguna de raza, color, sexo, idioma, religión, opinión política o de cualquier otra índole, origen nacional o social, posición económica, nacimiento o cualquier otra condición». Declaración Universal de los Derechos Humanos, adoptada por la Asamblea General de las Naciones Unidas en su resolución 217 A (III), de 10 de diciembre de 1948.. Las economías crecían pese a algún que otro bache. Y todo el que se esforzase lo suficiente podía dar por hecho que viviría igual o mejor que sus padres.
Es probable que el lector/a no se sorprenda al saber que este era poco más que el clímax de un espejismo civilizatorio. Irónicamente, uno de los mayores fenómenos culturales globales de este zeitgeist, la película Matrix (1999), planteaba una premisa disonante: mientras la humanidad celebraba el apogeo tecnológico y el triunfo de la sociedad de consumo, su protagonista debía enfrentar que la realidad era una mera ilusión, una distracción permanente cuidadosamente construida para enmascarar un sistema de dominación que consumía vidas humanas como si fueran recursos. Convertida en obra de culto, imprescindible en el imaginario juvenil millenial, esta producción sería leída más como una alegoría filosófica que como una advertencia real sobre la distracción de masas y los riesgos de una huída tecnológica hacia adelante.
Tras crecer con la promesa de que su inversión en formación sería correspondida con seguridad material y relevancia profesional, la juventud del Norte Global asistió a su sacrificio ante el altar de la ortodoxia económica.
Y es que la ensoñación sería tan corta como cabía esperar, y trajo consigo un lento pero constante despertar. Presentándose como una defensa de las libertades, la «Guerra contra el terror» del nuevo milenio se convirtió muy pronto en un proyecto global de excepción permanente, deslocalizando el conflicto a regiones como Oriente Medio y África Occidental; defendiendo con cinismo un modelo hegemónico que, en realidad, llevaba décadas beneficiando a los centros económicos mientras externalizaba conflictos armados, experimentos sociales, riesgos y daños ambientales a las periferias. Esta andadura sentó las bases para invasiones militares «preventivas», centros de detención ilegales, vigilancia de masas, criminalización de la disidencia y suspensión de derechos constitucionales, encontrando en la crisis financiera del 2008 la horma de su zapato. El elemento que faltaba para completar una tormenta perfecta del desencanto social.
Tras crecer con la promesa de que su inversión en formación sería correspondida con seguridad material, meritocracia, relevancia profesional y participación democrática, la juventud de la prosperidad prometida del Norte Global asistió en vivo y en directo a su sacrificio ante el altar de la ortodoxia económica. En buena parte del Sur, la desesperanza y el inconformismo hacia la prisión estructural haría saltar las costuras de los pactos sociales. Así, en 2010 la confusión y la indignación generacional de las juventudes del mundo se encontraron en espacios digitales incipientes, inspirándose mutuamente a la movilización pacífica. Desde las primaveras árabes hasta el enorme abanico de movimientos Occupy, el desengaño se revestiría una última vez con esa esperanza tan particular de las infancias millenial, buscando alegría y baile tanto como revolución. Y fracasaría: la inercia pospolítica [4][4] Swyngedouw, Erik (2010). Apocalypse Forever? Post-political Populism and the Spectre of Climate Change [¿Apocalipsis para siempre? El populismo pospolítico y el espectro del cambio climático]. Theory, Culture & Society, 27(2-3), p. 225. También: Wilson, Japhy & Swyngedouw, Erik (2014). The Post-Political and Its Discontents Spaces of Depoliticisation, Spectres of Radical Politics [Lo pospolítico y sus descontentos Espacios de despolitización, espectros de la política radical]. Edinburgh: University Press. de las democracias asimiló este impulso reformista hasta neutralizarlo, ahogándolo en procedimentalismo y debates técnicos, y apuntalando la resignación social. Mientras se disparaba la concentración de riqueza, una clase media desplomada se repetía que había vivido por encima de sus posibilidades. Los sistemas políticos representativos hicieron todo lo posible para desgastar a líderes sociales, valiéndose de los relatos, tecnologías y artimañas judiciales que instauraron en la etapa anterior para criminalizar y reprimir la protesta. Los modelos autoritarios, por su parte, sofocaron las revoluciones juveniles hasta la sumisión y la asfixia, enzarzándose en masacres, democracias fallidas y no pocas guerras civiles.
La realidad contemporánea nos ofrece una perspectiva agónicamente irónica de este tiempo. La generación que asistió en directo a este derrumbe abandona hoy la juventud con la angustia de no cumplir con los mínimos imprescindibles del paradigma de la vida adulta. Es decir, el éxito. Las que le siguen, por su parte, tuvieron la suerte o la desgracia de crecer con menos expectativas. La crisis del coste de la vida, la falta de vivienda, la precariedad laboral endémica, la crisis demográfica del Norte Global y las epidemias de ansiedad y depresión son correlatos interrelacionados de un mundo que ha cristalizado la desigualdad. La misma tecnología que vimos como una carta de salvación, que catalizó la democracia y la protesta, hoy consume y monetiza nuestra atención, colonizándola con un imparable fervor extractivo. La innovación y la prosperidad están al servicio del consumo y en manos de oligopolios cada vez más concentrados y poderosos. Los estragos de la polarización social, que aqueja en particular a los jóvenes, han pasado de ser un accidente a constituirse como un servicio ideológico; con conquistas como la igualdad, el feminismo o los derechos laborales y de asilo en la diana de proyectos de ingeniería biopolítica [5][5] Foucault. Michel (2006). Seguridad, territorio, población. Curso en el Collège de France (1977-1978), Fondo de Cultura Económica, 2006., obsesionados con la demografía y el control de los cuerpos casi tanto como con el del pensamiento. En realidad, historias personales como la de Elon Musk, Peter Thiel o la del propio Donald Trump vienen a ilustrar cómo el mito neoliberal del empresario de éxito hoy se convierte sin rodeos en el del capitán de la oligarquía reaccionaria.
Desde las primaveras árabes hasta los movimientos Occupy, el desengaño y la indignación se revestirían de nuevo con esa esperanza tan particular de las infancias millenial, buscando alegría, baile y revolución.
Y aunque entre el imperio del negacionismo y las noticias falsas, la verdad científica —cuando no la verdad misma— parezca en entredicho, debemos resistir la tentación de creer que este escenario es realmente nuevo. Y es que el mundo nunca fue como nos dijeron, pero tampoco como nos decíamos. El espejismo de los derechos humanos no se vivió en Irak, Darfur o los campos de refugiados saharauis, y el genocidio del pueblo palestino al que el mundo asiste hoy se lo debemos a quienes creyeron, triunfales, que la aplicación del Tratado de Oslo era cosa de tiempo y ajustes. El origen antropogénico de una crisis climática que hoy desestabiliza ecosistemas y naciones es algo de lo que la comunidad científica venía advirtiendo ya desde el año 65: un clamor acallado a propósito por los grandes intereses extractivos, cuyas consecuencias son hoy ensordecedoras. El precio de la performatividad política no solo queda al descubierto en el continuo fracaso de las cumbres por el clima, sino también en un cornucopianismo [6][6] L. Simon, Julian (1981) The Ultimate Resource [El recurso definitivo]. Princeton University Press. Esta idea fue popularizada posteriormente por Paul Ehrlich y otros ecologistas, para designar esa fe ilimitada en el crecimiento y la innovación tecnológica frente a los límites biofísicos del planeta. que excusa haber colocado el consumo en el corazón de su modelo productivo. Nuestra fervorosa fe en la demanda, la innovación y el mercado como salvadores necesarios, sólo ha sido respondida con las falsas promesas del capitalismo verde, la financiarización y el control tecnológico.
Al calor de esta odisea generacional, y apostando por perspectivas diversas y globales, el presente volumen explora la resignación, pero también el inconformismo de la juventud actual: dos generaciones atrapadas en una carrera de obstáculos a contrarreloj, esquivando el impacto de una serie interminable de «eventos históricos».
El analista y experto en migraciones Sani Ladan inaugura este volumen con el artículo Juventud en África Occidental: Entre la movilización democrática y el respaldo a cambios de régimen, explorando la forma en la que el apoyo de las generaciones jóvenes está impulsando la reconfiguración del poder político en África Occidental. Desde el supuesto fin del período colonial y especialmente durante los últimos 25 años, dinámicas como el intervencionismo y la desestabilización de la Guerra contra el Terror, la presión extractiva en la carrera por los recursos estratégicos o la imposición de crisis cíclicas de deuda han lastrado al Sur Global, en especial al continente africano. Ya sea en cuanto a su apoyo a transiciones democráticas o a golpes militares, la movilización juvenil se ha tornado un elemento decisivo: está avivando no sólo la reflexión colectiva sobre la injerencia neocolonial —y de las migraciones como fenómeno juvenil, resultado de los daños de este intervencionismo—, sino también sobre los obstáculos que instituciones supuestamente democráticas pueden plantear para procesos emancipadores.
Por su parte, en Solidaridad digital y activismo contra la violencia de género y el feminicidio en Sudáfrica la investigadora Jody Metcalfe pone la mirada en las iniciativas de solidaridad que aún proliferan en espacios digitales cada vez más transaccionales. En concreto, su investigación gira en torno al trabajo de nuevos activismos digitales para destapar la epidemia de la violencia sexual y sus vínculos con los legados coloniales. Ante el auge de ideologías fascistas que se suman a culturas del silencio en su amenaza global a los derechos de mujeres, niños, jóvenes y personas LGBTQIA+, la autora apuesta por destacar el potencial de las estrategias de resistencia de colectivos vulnerables; pero también advierte sobre los riesgos de demonización que corren, y la capacidad de las redes sociales para alimentar narrativas hegemónicas como la cultura de la violación.
El mundo nunca fue como nos dijeron, pero tampoco como nos decíamos. El espejismo de los derechos humanos no llegó a Irak, Darfur o los campos de refugiados saharauis.
Tomando el testigo de las cuestiones anteriores —a saber: vertiginosos riesgos digitales, brechas hegemónicas, y la escala transnacional del neocolonialismo—, la diputada y activista Tesh Sidi construye una crónica personal y generacional del precio de crecer demasiado rápido. La generación que nació vieja es un relato sobre contrastes existenciales: una infancia marcada por la responsabilidad, dividida entre la vida en un campo de refugiados y la alteridad de la acogida en una familia acomodada; la experiencia de una juventud española asolada por el estigma neoliberal de la meritocracia y ña de una juventud saharaui, heredera de las miserias de un conflicto y del peso de un sueño de país. Este testimonio íntimo condensa los sinsabores del espejismo aspiracional y de un horizonte de acción política que se desdibuja. Pero, al igual que el artículo anterior, reivindica también una impugnación de la nostalgia; llamando a una organización activa, capaz de alumbrar un tiempo nuevo y de rejuvenecer los deseos colectivos.
Ya sea en protestas pro-palestinas o climáticas, la juventud está viéndose forzada a transformar emergencias morales y existenciales en un compromiso ético con el derecho a la disidencia.
Por último, mirando también a la creciente deshumanización de los sistemas represivos estatales, en La juventud que llega sola. Narrativas y deshumanización de los menores migrantes en las Islas Canarias, la abogada y activista Loueila Sid Ahmed pone el acento en los relatos del poder contra otra de las grandes cohortes jóvenes: las personas migrantes, y en particular las que transitan de África a Europa. Este artículo explora la convivencia —y la conveniencia— entre el discurso mediático y político en España como caso de estudio para un fenómeno que va mucho más allá de sus fronteras: desde los dobles raseros en la acogida hasta las falacias numéricas y los dispositivos narrativos, estudia cómo se criminaliza la migración en sí, de manera selectiva; y cómo se señala a determinadas poblaciones migrantes, excusando a la vez la inacción estatal y el encubrimiento de no pocas ilegalidades. Mediante un crudo retrato de la llamada «ruta atlántica» —entre la costa occidental africana y el archipiélago canario—, la autora nos interpela a rehumanizar el relato, considerando no las cifras, sino las vidas que estas esconden. Las condiciones que empujan a estos y estas jóvenes a enfrentar condiciones extremas y peligros mortales, hasta el punto de intentarlo varias veces.
En un amplio abanico que abarca dilemas tecnológicos, desencanto estructural, nostalgia y llamamientos a la resistencia, este volumen explora la lucha de la juventud desde su faceta más crítica. El planeta no deja de mandarnos señales sobre los límites del neoliberalismo, el extractivismo y el colonialismo. La juventud parece ser no sólo la única que está escuchándolas, sino haciendo una lectura franca y en tiempo real de retos que ameritan actuar. Donde otras generaciones, con su píldora azul, veían espejismos de abundancia, las juventudes de hoy ven las grietas del sistema sin necesidad de tomar la píldora roja.
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