(Parte II)
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Paula Medina |
Tristán Torrejón
Kindness among the ruins. Era la reivindicación que acompañaba al vídeo de un chico gazatí, que alimentaba a su gatito en un escenario en el que lo único visible al ojo humano eran escombros —reflejo ya no sólo de la destrucción del pueblo palestino, sino también de las fracturas y la ruina moral de una sociedad internacional que ha decidido apartar la mirada ante un genocidio. Un «genocidio retransmitido en tiempo real». Esta frase lapidaria, reproducida hasta la saciedad y casi convertida en eslogan de la barbarie, nos ha acompañado desde hace más de dos años, sin una respuesta contundente, siquiera como correlato, por parte de ningún actor internacional. Pareciera que la euforia cornucopianista [1],[1] L. Simon, Julian (1981) The Ultimate Resource [El recurso definitivo]. Princeton University Press. Esta idea fue popularizada posteriormente por Paul Ehrlich y otros ecologistas, para designar esa fe ilimitada en el crecimiento y la innovación tecnológica frente a los límites biofísicos del planeta. el optimismo tecnológico y la promesa del progreso lineal de los que ya habláramos en La generación sin horizonte: reclamos, relatos y anhelos de la juventud global no nos han hecho estar ni más presentes ni ser más conscientes de la historia del tiempo presente [2]:[2]https://historiadelpresente.com/ una realidad que nos zarandea e interpela en términos de humanidad. La historia vivida que pretendemos entender es la de la normalización de la retórica de la guerra, la muerte y el dolor de la otredad ante espectadores pasivos —que, en cierto sentido, parecen seguir, día a día, en su propia Matrix.
Y no es que esta sociedad internacional que se retrata abúlica e impávida no haya mostrado previamente claros signos de inercia. El auge de partidos de ultraderecha, la fascistización de la política y el giro iliberal en todo el mundo, sumados al ascenso de líderes y personalidades megalómanas que se comportan como cuasireyes, absolutos e intocables; no se explicarían, de hecho, sin atender a la normalización social del desmantelamiento de los consensos democráticos posteriores a la II Guerra Mundial. Parte y todo, este escenario está inscribiendo cada vez más en la matriz la lógica del laissez-faire, asumiendo como ineludible e incontestable el carácter predador del capitalismo tardío —y su intrínseca necesidad de devorar recursos, lugares y vidas a través de lo que autores como David Harvey han denominado la «acumulación por desposesión» [3].[3] David Harvey (2005). El «nuevo» imperialismo: acumulación por desposesión. Buenos Aires: CLACSO. Así lo estamos vi(vi)endo con el aumento de la pobreza y la desigualdad, la precarización del trabajo, la crisis estructural global de la vivienda, la privatización de servicios públicos como la educación y la sanidad, la financiarización de la economía, la digitalización masiva o el salto al vacío con la Inteligencia Artificial —auspiciada por poderosas Big Tech que también hacen parte de la «smartificación» de la industria bélica. A todo ello se suma una crisis ecológica, a menudo tildada de «irreversible», que lleva años denunciándose —y, paradójicamente, eludiéndose— en términos de acción política, cambio social y responsabilidad intergeneracional. En el último año se ha constatado que, de los nueve límites planetarios identificados para que la vida en la Tierra pueda continuar dentro de unos márgenes de seguridad, estabilidad y resiliencia, siete ya han sido rebasados [4].[4] c.f. «Planetary boundaries» (Disponible en: https://www.stockholmresilience.org/research/planetary-boundaries.html) y «Seven of nine planetary boundaries now breached – ocean acidification joins the danger zone» (Disponible en: https://www.pik-potsdam.de/en/news/latest-news/seven-of-nine-planetary-boundaries-now-breached-2013-ocean-acidification-joins-the-danger-zone)
Esta podría ser la lectura fatalista con la que cerráramos este volumen editorial, y no nos faltarían razones ni motivos para llegar a esa conclusión. No obstante, sin ánimo de caer en un arrebato de optimismo disociado o delirante, este volumen hace justicia a los horizontes de lo posible. Con él entonamos un canto a la esperanza que, aunque un tanto disfónico, se niega a abandonar el potencial de acción transformadora que las juventudes custodian como agentes del cambio—una condición o capacidad en tanto agencia que veremos, no obstante, contestada en este número. Esto es, no queremos dar por supuesto, ni por perdido, el mundo en el que vivimos, especialmente al calor de algunos de los acontecimientos de la historia del presente que siguen apilándose con el paso de los meses.
«Como queremos ser humanos, buscamos pruebas de que lo somos» [5][5] A partir de Ursula K. Le Guin (2024 [1986]). La teoría de la bolsa de la ficción. Rara Avis Editorial, pp. 33.
En la teoría de la bolsa de ficción, Ursula K. Le Guin, referente universal de la ciencia ficción feminista y del pensamiento utópico, buscaba, con urgencia, «la naturaleza, el sujeto, las palabras del otro relato, la historia no contada, la historia de la vida» [6].[6] Ibídem, pp. 36. Este es el mismo ejercicio que pretendemos explorar aquí, mirando a las múltiples identidades, posiciones y repertorios de acción de las nuevas generaciones, aferrándonos a cada pequeño acto revolucionario —de consciencia, afecto, amabilidad, irreverencia o denuncia— que hace que la esperanza se mantenga viva y que la idea de un sino inevitable —el peso de un relato único de terror, colapso y catástrofe [7][7] c.f. Emmanuel Rodríguez (2025). El fin de nuestro mundo. «La lenta irrupción de la catástrofe». Madrid: Traficantes de Sueños.—, no acabe por envolverlo todo. Abrazar, como decía Le Guin, «el realismo extraño», partiendo del reconocimiento de una multiplicidad de actores y procesos, de la convivencia simultánea de fuerzas eminentemente opuestas, así como de fuerzas resonantes entre sí. Podría decirse que, en una política aparentemente desbordada por la polarización, creemos que sigue habiendo espacio no sólo para el conflicto, sino también para la solidaridad. Este volumen es una llamada, por tanto, a poner de relieve toda una plétora de manifestaciones sinérgicas de resistencia. Fuerzas que desborden el relato único y desafíen el sinsentido de la violencia por la violencia.
«Cuando los gobiernos callan, la gente se levanta» [8][8]https://globalsumudflotilla.org/
La Global Sumud Flotilla, la coalición internacional formada durante el verano de 2025 por personas de a pie [9],[9] Trad. «coalition of everyday people», in «About» The Global Sumud Flotilla. Disponible en: https://globalsumudflotilla.org/ buscaba romper el bloqueo internacional con el que Israel todavía estrangula a la Franja de Gaza, pero consiguió mucho más que eso. La flotilla constituyó un acto de genuino desborde. Esta coalición, que todavía hoy se posiciona abiertamente en la defensa activa y en el poder de la acción colectiva no violenta, la resistencia y la solidaridad internacional, ha demostrado ser un agente revulsivo, con capacidad para generar resonancias a escala global. Antes, durante y después, en la órbita de dicha iniciativa, se catalizaron centenares de movimientos y movilizaciones por todo el mundo clamando por el fin del genocidio del pueblo palestino: protestas y manifestaciones multitudinarias, acciones de denuncia, giros de guión político a nivel institucional, entre otros.
La frase «genocidio retransmitido en tiempo real» se ha reproducido hasta la saciedad y se ha convertido casi en eslogan de la barbarie (…) sin una respuesta contundente por parte de ningún actor internacional.
De forma coral, también hemos asistido a otra oleada de protestas globales, en diferentes latitudes, que se dicen encabezadas por la «Generación Z» [10].[10] c.f. ElSalto (2025). La bandera pirata de «One Piece» se convierte en icono de las protestas globales de la Generación Z. Disponible en: https://www.elsaltodiario.com/comic/bandera-pirata-serie-manga-anime-one-piece-simbolo-protestas-generacion-z-peru-nepal-marruecos, and Amnesty International (2025). The Gen-Z Movement: This is why we’re risking our lives to protest. Disponible en: https://www.amnesty.org/en/latest/campaigns/2025/10/the-gen-z-movement-this-is-why-were-risking-our-lives-to-protest/ Aunque aunarlas bajo la misma etiqueta a veces parezca un intento de negar la transversalidad de los problemas estructurales contra los que se han alzado, la juventud y las particularidades de su posición, desde África hasta Asia y América Latina, son sus protagonistas indiscutibles. El contagio del descontento a las calles de Nepal, Indonesia, Perú, Marruecos o Madagascar ha generado una nueva narrativa de la revolución en la que las juventudes asiáticas, africanas, latinoamericanas, cansadas de autoritarismos, promesas vacías y asimetrías globales de poder, dibujan nuevos horizontes de acción —sus horizontes de acción— sin importar los modelos hegemónicos de vetustos centros coloniales que siguen creyéndose en posición de dar lecciones. Es cuanto menos curioso que esa misma letra que ha servido para alimentar el imaginario apocalíptico —«apocalipsis Z» que lo llama Emmanuel Rodríguez [11][11] Emmanuel Rodríguez (2025), pp. 78.—, sea también la letra que identifica, por mera secuencia alfabética, a los diferentes movimientos de jóvenes que, de manera diseminada y descoordinada, cada uno en —o con— su contexto histórico, geográfico, económico, político y cultural, han convergido temporalmente en su particular oda a la revolución. Pareciera que no todas las juventudes están zombificadas y que no todo es ficción especulativa en este ejercicio intergeneracional de (re)pensar el futuro de nuestro mundo.
Y si hablamos de la multiplicidad y la diseminación espaciotemporales de las acciones, en las que podemos encontrar vislumbres liminales de una revolución que no siempre ha de darse a gran escala ni de manera monumental, tenemos que aterrizar el análisis y llevar la imaginación a la escala cotidiana. En un tiempo en el que la sociedad está cada vez más atomizada y la pérdida de vínculos y redes sociales se ha vuelto un auténtico problema social en términos de relacionalidad y colectividad —fenómenos como la soledad no deseada, el deterioro de la salud mental o el suicidio están empezando a ser cuestión de agenda—, quizás haya que empezar a pensar en las diferentes escalas en las que la revolución ha de tomar cuerpo y lugar. Cuando las costuras del tejido social saltan, también hay que coserlas desde lo local, lo barrial y lo comunitario, reconociendo el poder de la cotidianidad y la potencia afectiva, poniendo atención en las estrategias de supervivencia y los pequeños actos transformadores de la gente del común, la gente de a pie.
En este segundo número del volumen, en «Los niños no están bien: por qué la juventud no logrará enfriar el planeta», el geógrafo Matthew T. Huber reflexiona sobre la potentia, el poder en tanto capacidad o agencia [12],[12] Lukes, Steven (2005 [1974]). Power: A Radical View. Ebbw Vale: Palgrave Macmillan. de la(s) juventud(es) en tanto movimiento, sujeto político y agente de cambio. Para ello, traza una genealogía del movimiento ambientalista contemporáneo, encabezado principalmente por la juventud europea. No demerita ni su organización, ni sus alianzas políticas, ni sus logros, ni sus repertorios de acción —con esa resignificación global de la huelga como práctica insurgente—, pero sí cuestiona el alcance y la proyección espacio-temporal de estos movimientos desde el punto de vista de la teoría del cambio y de la relación entre lo moral, lo simbólico y lo material. En su lectura crítica e intento de dar respuesta a «qué salió mal», Huber nos propone un análisis, de corte marxista, del horizonte de acción que se nos dibuja en un momento crítico en el que se necesita, a gran escala, ya no sólo «poder cambiar el mundo» […], sino también salvar el planeta».
Pareciera que no todas las juventudes están zombificadas y que no todo es ficción especulativa en este ejercicio intergeneracional de (re)pensar el futuro de nuestro mundo.
En Lo que se fue con Jesús Santos: semblanza de un liderazgo de lo cercano, escrito por la periodista, escritora y activista antirracista Lucía Asué Mbomio, la escala de análisis desciende, sin hacerse, no obstante, pequeña. En un tono narrativo que transita entre la oda, la elegía y el epitafio, la autora deja constancia de una memoria política comunitaria viva y reivindica el valor de lo común y el poder de movilización política de la gente de a pie. Jesús Santos es parte y todo en este relato. Su muerte y el vacío dejado en el barrio, en la política local, en los jóvenes y generaciones a las que inspiró, es el catalizador para subrayar el potencial del llamado giro afectivo, de la política de la cotidianidad y de las geografías ordinarias de la barrialidad —esa escala local que se dibuja como «experiencia de vida, referencia y encuentro», pero también como espacio de organización política desde periferias urbanas tensionadas. El barrio se erige así como unidad de análisis central: un lugar para cultivar la esperanza y construir una fuerza motriz intergeneracional capaz de oponer resistencia a la crisis de la vivienda, a la injusticia social o a la pérdida de sentido de pertenencia.
Desde la insurgente propuesta de una dupla que parece casi oximorónica, la socióloga Fefa Vila Núñez, experta en estudios culturales y de género, reflexiona sobre la «política del fracaso» o, lo que es lo mismo, la potentia de la derrota, la fragilidad, el aburrimiento y la lentitud —que no de la rendición—, en contraposición a los imperativos neo/postneo/tecno/liberales del éxito y la productividad. Sin embargo, esta potencia política y creativa del fracaso no se plantea en el vacío, sino en lo queer/cuir, en tanto movimiento que, pese a haber surgido desde «los márgenes del éxito», ha imaginado los horizontes de lo posible desde la resistencia a la narrativa única, a la biopolítica y al binarismo del sistema sexo-género occidental. Es en la disidencia y la desobediencia —en la acción iterada de reivindicación del derecho a ser, estar, pensar y crear; la torsión del lenguaje; y la apropiación de los espacios negados a sus cuerpos abyectos—, donde la autora identifica, en última instancia, ese locus político de esperanza, con potencial para generar un «espacio [de lo] común»: relacional, interseccional e intergeneracional.
En el ejercicio de responder a los interrogantes centrales de este volumen, el sociólogo y antropólogo David Veloso reflexiona, en Juventudes movilizadas: disputas del presente y horizontes de futuro, sobre la movilización de las juventudes y la «Generación Z» en tanto sujeto político. En clara resonancia con esa noción de política del fracaso que introduce en el volumen la autora Fefa Vila Núñez, el autor encuentra las fisuras en el relato sombrío, resignado, apático y apocalíptico que suele cernirse sobre los movimientos y repertorios de acción de la juventud. La lectura interseccional, situada y contingente que hace de este agente político —yendo más allá de la edad, Veloso contempla otras variables como el género, la clase social, la etnia, etc.— sirve también para disputar, en diferido, la unidimensionalidad que autores como Huber parecen atribuirle a la juventud en tanto agente de cambio. Para Veloso, las crisis sistémicas, la desafección y el desencanto —coletazos del fracaso del modelo capitalista neoliberal— son, de alguna manera, los lugares de enunciación de un sujeto político no unívoco —con desplazamientos ideológicos que los sitúan tanto en el progresismo como en el ultraderechismo. Un sujeto cuya capacidad para ejercer sus derechos de ciudadanía, transformar la política y construir «un futuro vivible» se inscribe no sólo en espacios institucionales y movimientos sociales, sino también en el desborde que atribuye a la solidaridad y los cuidados como fuerzas de cambio.
La revolución no siempre ha de darse de manera monumental: tenemos que aterrizar el análisis y llevar la imaginación a la escala cotidiana.
Dando respuesta a una de las cuestiones que atraviesan buena parte de los artículos de este volumen, en Generación inquilina: desigualdad y conflicto de clases en el capitalismo rentista, el investigador en economía política y activista por la vivienda, Javier Gil, aborda la crisis de la vivienda desde una perspectiva intergeneracional y de clase. En este artículo, el autor ubica en las últimas décadas, pero dentro de un proceso histórico que se remonta a finales del siglo XX, el desplazamiento paulatino de la vivienda —de bien y derecho social, a activo financiero y engranaje central en la «arquitectura económica del capitalismo contemporáneo»— y la consolidación de lo que denomina como «capitalismo rentista». Es en la materialidad de la traducción predatoria de este capitalismo rentista —en la que los propietarios hacen caja a base de desoír las necesidades y demandas sociales en torno al derecho a la vivienda y el derecho a habitar la ciudad— donde el autor sitúa también el nacimiento y potencial transformador de la «generación inquilina» o «inquilinato»: un sujeto político joven y/o joven adulto que parte de la precariedad y el expolio habitacional para reivindicar, mediante un sindicalismo de nuevo cuño, la re-politización y desmercantilización de la vivienda y el acceso igualitario —sin distinciones por edad, clase, nacionalidad, raza, género, etc.—, a la misma.
Por último, con La juventud esposada: un relato sobre la criminalización de jóvenes en las villas, la abogada penalista y candidata a la Defensoría del Pueblo de la Nación, Tatiana Delgado, retrata las realidades y las paradojas estructurales que asfixian a la juventud argentina. En las «villas», la vulnerabilidad habitacional y económica se retroalimenta con un punitivismo policial arbitrario que agrava la inseguridad, tanto por omisión como por abuso. Esta problemática tiene un impacto particular en la población joven, desprotegida y expuesta al abandono escolar, al consumo de sustancias y a la comisión de crímenes menores como fuente de ingresos. Ante las políticas extremadamente punitivistas de las que hace gala la actual Administración, Tatiana clama por medidas de justicia y de cumplimiento de derechos, que rehumanicen a la juventud de las villas y hagan de antídoto contra una inseguridad que, con las políticas de «mano dura», no ha hecho más que crecer. Al igual que el sufrimiento de la gente. Pese a la sombría realidad que arrojan los datos, la autora nos recuerda cómo la verdadera seguridad sobrevive en redes vecinales —a pesar de la desconfianza hacia la acción policial. También, a través del relato de un joven expresidiario reconvertido en poeta, reivindica que la esperanza de prosperidad sigue siendo el motor de la transformación.
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