La generación que nació vieja

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Tesh Sidi
Abr, 2025
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Cuando era pequeña, solía decir: «yo nací mayor». Era una frase que me llenaba de orgullo e independencia emocional, una idea que me hacía sentir bien. Conforme fui creciendo, intenté descifrar el origen de esa afirmación: a quién se la había escuchado, por qué me sentía tan identificada con ella. Y llegué a la conclusión de que «nací mayor» porque en el lugar donde vine al mundo solo crecen flores del desierto en forma de piedras. En el Sáhara se madura antes y pocas veces se expresan las emociones. No porque no exista el amor, sino porque se intenta ser honesto con la infancia desde muy temprano.

Mi madre, por ejemplo, intentaba acelerar nuestra infancia y nuestra adolescencia. Quería que nos comportáramos como personas adultas funcionales, y nos trataba como tales. Ese sentimiento de responsabilidad temprana era su forma de protegernos: quería que entendiéramos que, a diferencia de millones de niños y niñas en el mundo, mi hermano y yo habíamos nacido con la necesidad —y la carga— de sostener sus anhelos y los de un país entero, despojado de todos sus derechos. Por eso, quienes somos saharauis nacemos mayores.

Lo que más me sorprendió, con los años, fue descubrir que ese mecanismo no era solo cosa de mi madre. Conforme me acercaba a la mayoría de edad, compartía camino con otras personas jóvenes que sentían lo mismo: habían nacido viejos/as. La famosa frase «juventud, divino tesoro» nos parecía una metáfora oxidada, de otro siglo, a quienes nos sentíamos ya agotados y ansiosos, pues vivíamos en la incertidumbre crónica.

Donde yo nací, los derechos civiles son aún un horizonte: la prioridad allí son los derechos materiales —lo que ahora se llama «las cosas del comer». Muchas de las personas jóvenes con las que crecí se fueron del país nada más terminar la universidad. Poco a poco, el municipio donde me crié se fue vaciando de juventud.

Foto_ Mark Bonica_ CC BY 2.0

Con este texto pretendo que mi experiencia personal pueda resonar con otras realidades, y ayudar a comprender que la juventud es un concepto amplio, que varía profundamente según el lugar y las condiciones en que se nace. Nacer bajo ocupación, como refugiada, como hija de migrantes, o simplemente en un barrio u otro, condiciona radicalmente lo que significa «ser joven». De hecho, mi juventud no fue ni tan siquiera igual a la de mi hermano mellizo, a pesar de haber nacido el mismo día, en el mismo entorno cultural y político; por el simple hecho de que él es varón y yo mujer.


Un grifo en el desierto: Las nuevas formas de socialización digital

Como en la película de Benjamin Button, pareciera que mi generación nació vieja: con la deuda ecológica ya encima, con trabajos precarios como única certeza, con ansiedad instalada antes de cumplir los veinte años… Nos dijeron que la juventud era para soñar, pero lo cierto es que tuvimos que aprender a sobrevivir.

En los campos de refugiados saharauis, en el año 2002, cuando comenzaba a viajar a España en régimen de acogida, muchos niños y niñas veníamos solo con el fin de pasar un verano lejos del calor extremo. Íbamos con la ilusión de probar nuevos sabores, de comer cosas diferentes y de llevar souvenirs de vuelta a nuestra familia. Tuve la suerte de que me acogiera una familia con un gran poder adquisitivo, en un municipio de Alicante, lleno de fábricas y emprendimiento. Aunque por aquel entonces para mí cualquier persona española «era rica», tenía la sensación de que todo el pueblo —aunque no vivieran en esa casa enorme en la que yo residía temporalmente— gozaba, al menos, de los mismos placeres. Las amigas de mi madre tenían un día establecido para jugar al tenis, para desayunar y para ir al cine.

Nacer bajo ocupación, como refugiada, como hija de migrantes, o simplemente en un barrio u otro, condiciona radicalmente lo que significa «ser joven».

Cualquier día de verano, aquella casa se llenaba de parejas, amigos y amigas de mis padres de acogida, que venían a compartir alguna comida. Al día siguiente, más de 20 jóvenes amigos/as de mis hermanas repetían el mismo ritual, y así hasta que se cerraba el verano. Con la llegada de agosto, nos íbamos en familia a hacer rondas de visitas a aquellas amistades que tenían algún apartamento en la playa o alguna casita en algún lugar remoto de España. Podíamos reunirnos hasta cinco familias con sus hijos e hijas de diferentes edades en la misma casa.

Mis deseos de niña contrastaban bastante con ese contexto: «Quiero un grifo para mi madre», fue lo primero que pedí. Nunca olvidaré el día que me llevaron a comprar un grifo para llevarlo al Sáhara, ni de la gran desilusión cuando me di cuenta de que el agua no salía de manera infinita. Comprendí la importancia de todo el sistema y la red necesaria para tener agua en casa.

Como no había conseguido ese objetivo, me lancé a por el siguiente: «Quiero una vaca para mi madre». Nunca había visto una en mi vida, pero solía oír a mi madre decir que era su sueño, pues eran animales nobles que daban mucha leche. Cuando vi por primera vez ese animal enorme, me di cuenta de que transportarlo hasta los campos de refugiados era prácticamente imposible, y lo que más me preocupaba era qué iba a comer esa vaca si, en mi lugar de origen, no crecen árboles.

Al final, me decidí por un objetivo aún más ambicioso: «Quiero un millón de euros». Mi madre de acogida y sus amigas se reían, pero en mi cabeza todas las personas españolas seguían siendo ricas. Para enseñarnos, a mi hermano mellizo y a mí, el concepto del dinero y el ahorro, nuestra madre de acogida nos regaló una hucha de cerámica. La teníamos a la entrada de casa y, siempre que venía alguien, nos echaba una moneda. Para mí, cada euro era como un millón de euros. Al final del verano habíamos recaudado 300€, que le venían muy bien a mi madre para cuidarnos durante los duros inviernos de la Hamada, el desierto argelino.

En 2007 tuve la oportunidad de quedarme en régimen de acogida durante todo el invierno, para poder seguir estudiando. La experiencia que, hasta entonces, se limitaba a dos meses de verano, se convirtió en un desafío mayor: asistir a un colegio con niñas y niños que no conocía, con quienes apenas podía comunicarme y con quienes, en apariencia, no compartía casi nada. Pasaba horas leyendo enciclopedias para poder hacer los ejercicios escolares. En casa tenían enciclopedias más grandes que yo, que albergaban todo el saber del mundo, con ilustraciones y cartografías que parecían hechas a mano. Tener internet en los municipios todavía era casi un mito.

Facebook marcó el paso hacia una nueva forma de socialización digital que cambiaría para siempre la relación de la juventud con la intimidad, la identidad y la comunidad.

En ese contexto, la mayor aspiración de los adolescentes no era aún ser influencer, sino tener un perfil en Tuenti, la red social española por excelencia para las personas adolescentes y veinteañeras entre 2007 y 2011, que se convirtió en todo un fenómeno cultural. Era nuestro Instagram antes de Instagram: subíamos fotos pixeladas, dejábamos comentarios en los muros, cotilleábamos amistades e iniciábamos nuestras primeras conversaciones románticas digitalizadas.

Facebook, fundado en 2004 en Estados Unidos, empezó a ganar terreno en España hacia 2008-2009, especialmente entre las personas universitarias y jóvenes adultas. Su diseño más sobrio y su alcance global hicieron que pronto desplazara a Tuenti, marcando el paso hacia una nueva forma de socialización digital que cambiaría para siempre la relación de la juventud con la intimidad, la identidad y la comunidad.


La crisis y el efecto mariposa

Aquellos inviernos me permitían, cada vez más, conocer a la sociedad española y comprender poco a poco que las familias de clase trabajadora de España no solo tenían cubiertas muchas de sus necesidades materiales, sino que también podían permitirse algún que otro capricho de vez en cuando: vacaciones en la playa o escapadas a esquiar por Navidad.

En la televisión se hablaba mucho de avances en derechos civiles. En aquel entonces, con José Luis Rodríguez Zapatero al frente del Gobierno, España vivió importantes transformaciones sociales: el matrimonio igualitario, la Ley de Memoria Histórica, la Ley de Igualdad… Pero también fue un gobierno marcado por el estallido de la crisis financiera.

Las palabras que más se repetían en todos los canales de televisión —mi principal fuente de aprendizaje del castellano— eran «crisis», «crisis económica» y «recesión». Las pocas veces que podía llamar a mi familia a los campos de refugiados, intentaba traducir esa palabra a mi lengua materna. Mi madre, asustada, rezaba e intentaba tranquilizarme. Ninguna de las dos entendíamos entonces que una crisis económica en España podía tener un impacto directo en la cooperación internacional. Aquellos 300 € que lograba ahorrar cada año comenzaban a no ser suficientes. Las crisis, comprendí más tarde, funcionan como el efecto mariposa: un aleteo financiero en Europa puede significar un invierno más duro en el desierto.

Durante los años de la crisis se fue haciendo común que los/las jóvenes españoles/as de mi generación se fueran a trabajar a Inglaterra, dejaran sus estudios universitarios por no poder seguir pagándolos o compaginaran la universidad con trabajos precarios de fin de semana. El mensaje colectivo empezaba, poco a poco, a normalizar la desaparición de la clase media en España, e incluso a romantizar ciertas formas de precariedad. Pero, al mismo tiempo, muchas de las amistades de mis padres de acogida aún no habían asumido que, incluso ellos/as, podrían perder su empleo, y que quizá sus hijos/as no podrían contar con su apoyo económico para ir a la universidad o para dar la entrada de un piso.

La anestesia colectiva de la juventud de nuestro tiempo consiste en hacer scroll en la pantalla y olvidarse por unos minutos de su propia precariedad.

A todas nos cuesta asumir que no pertenecemos a la tan idealizada clase media pero, en mi caso, «la vergüenza de ser pobre» es un sentimiento que conozco particularmente bien. Durante muchos veranos, cuando volvía a los campos de refugiados, solía ayudar a mi madre a vender pan y caramelos en su pequeña tienda. Aunque apenas tenía diez años, yo era su contable y su vendedora, y muchos fines de semana me tocaba acompañarla al mercado grande en Tinduf. Allí, no pocas veces se veía obligada a vender los juguetes que traíamos desde España mi hermano y yo. Y, aunque para nosotros era doloroso perder esos juguetes, nos convencíamos de que ya éramos «demasiado mayores» para jugar con Barbies. Era nuestra forma de aceptar que renunciábamos a ellos por un bien mayor.

Ese recuerdo marcó profundamente mi adolescencia y mi juventud. De alguna manera, me dolía —y me avergonzaba— ser pobre. Quizás por eso pude empatizar con esa anestesia colectiva que empezaba a sentirse en España cuando muchas personas, de un día para otro, dejaron de tener vacaciones, de poder ahorrar, de acceder a la universidad, de encontrar trabajo fácilmente o de cobrar un salario digno. Pasaron de una realidad relativamente estable a vivir penurias, intentando simplemente llegar a fin de mes.

Las derechas más austeras y liberales comenzaron a gobernar en España poco después, con Mariano Rajoy al frente. Su liderazgo estuvo marcado por recortes y políticas de austeridad. Conseguir un trabajo indefinido se convirtió en un mito: la aspiración de las personas más jóvenes era encontrar un trabajo precario fuera de España, sobre todo en Inglaterra. Al regresar, se quejaban del racismo que las personas inglesas ejercían contra ellas.

¿Qué podía contarles yo si, muchas veces, quienes se quejaban de xenofobia hacían lo mismo conmigo? Al menos ellos/as podían circular libremente por Europa, eran libres de viajar al país que quisieran. Pero, a pesar de todo, teníamos más en común de lo que yo entonces creía.

Foto_ YouthQuake Live_ CC BY 2.0

La generación «Ni-ni»: Meritocracia, redes sociales y furia callejera

Muchos de mis compañeros y compañeras de universidad tuvieron que asumir el pago de las letras de aquellas hipotecas abusivas, al ver cómo sus padres perdían su trabajo a los 50 años y no conseguían otro. Otros/as fueron testigos de cómo su casa entraba en concurso y terminaba en manos de un banco cualquiera. Fue en ese preciso instante cuando los hijos e hijas de la crisis económica española pasaron a ser padres. Empezaron a preocuparse por las condiciones materiales de la generación de sus progenitores, y a intentar conseguir títulos y doctorados para acceder a aquellas convocatorias de oposiciones que ofrecían 50 plazas de empleo público, pero a las que se presentaban 50.000 candidatos/as. Se crearon las condiciones perfectas para que las mayorías identificaran como adversarios a sus iguales, a los hijo/as de las personas trabajadoras, en vez de a las élites económicas.

A esa generación tampoco la supo proteger un Estado fuerte. Los medios de comunicación los llamaban «Ni-nis: ni estudian ni trabajan», instaurando el concepto más neoliberal y divisorio de las luchas de clase: la meritocracia —«tengo esto porque me lo merezco, porque lo he trabajado». Como si los demás no se hubieran esforzado igual que tú.

Mientras los recortes avanzaban, la irrupción de Twitter —ahora X—, Facebook e Instagram daba lugar a una sociedad digital cada vez más interconectada. Internet se volvió mucho más económico, y aquellas llamadas a mi madre, que antes resultaban prohibitivas, pasaron a ser gratuitas pues podía hacerlas simplemente utilizando WhatsApp. El ritmo vertiginoso de la transformación digital podía verse en algo tan sencillo como las fotos de las vacaciones de mi madre de acogida: al principio eran muy pocas, escaneadas y grabadas en un disquete, luego le enseñé a grabarlas en un CD y las posibilidades de almacenamiento se multiplicaron; después apareció el pendrive y, de pronto, llegó «la nube». Ella, como tantas otras personas, jamás tuvo tiempo de ponerse al día con tanto cambio. Hubiera hecho falta formación digital constante para alcanzar el mismo ritmo al que avanzaba y se actualizaba la tecnología.

Quizá por esto, por la velocidad deslumbrante del progreso tecnológico, decidí estudiar ingeniería informática. Con la aparición del Plan Bolonia, las estudiantes pobres como yo teníamos pocas posibilidades de compatibilizar estudios y trabajo, debido a la gran presencialidad que requería. Como muchas de mis compañeras, dejaba asignaturas para septiembre para poder pagarme los estudios. Y a la hora de buscar trabajo, me encontraba siempre con las mismas preguntas y respuestas: «No tienes experiencia», «¿tienes papeles?», «el trabajo, primero para los españoles». Llegué a cobrar 3 € por hora en fábricas donde, antes de la crisis, me pagaban 10 €.

La compra de X por parte de Musk demostró que las grandes plataformas tecnológicas pueden convertirse en juguetes de élites multimillonarias.

Paralelamente, en las redes sociales emergían las primeras formas de comunicación política y se articulaban movilizaciones sociales de gran impacto. En regiones como Alicante, los movimientos estudiantiles y la movilización en redes sociales eran mucho menores que en grandes capitales como Madrid o Barcelona. Veíamos en televisión grandes acampadas y protestas, y surgieron nuevos liderazgos progresistas: España abandonaba por fin el bipartidismo.

El poder se volvió más fragmentado, pero se avanzaba hacia una democracia más real. Unidas Podemos, junto al Partido Socialista Obrero Español, formó el primer gobierno de coalición de la historia democrática de España. Los anhelos y la furia de la calle llegaron a las instituciones, y se apostó por retomar los avances en derechos sociales iniciados por Zapatero, así como por dignificar el trabajo. La reforma laboral impulsada por Yolanda Díaz logró reducir drásticamente la temporalidad y convertir el contrato indefinido en norma, mientras que la subida progresiva del Salario Mínimo Interprofesional —que alcanzó los 1.134 euros en 2024— mejoró la vida de miles de personas. Esta nueva generación de líderes políticos —muchos/as de ellos/as provenientes de los movimientos sociales—, no solucionó todos los problemas estructurales, pero marcó un avance tangible para las generaciones más jóvenes y precarias.

Si bien suele decirse que el gobierno desgasta, lo hace aún más la persecución mediática y judicial que muchos diputados y diputadas, jóvenes líderes de las formaciones progresistas que habían entrado en las instituciones, sufrieron durante esos años de gobierno. Y para colmo, de la noche a la mañana, toda la ciudadanía se encontró confinada.


«¡Déjennos soñar!». El ágora digital y la rabia colectiva

Tras la crisis financiera de 2008, el confinamiento sería el segundo hecho de la historia reciente que marcaría a la juventud a nivel global. Una juventud que ya había normalizado la idea de que debía hacerse cargo de sí misma y también de sus padres durante la peor crisis económica de los últimos tiempos, se encontró de repente con la guerra, la inflación y una pandemia mundial.

Antes del estallido de la guerra en Ucrania y de la pandemia de Covid-19, muchas personas jóvenes ya usaban las redes sociales para algo más que mantenerse en contacto con amistades o familiares, flirtear o publicar fotos. Empezaban a debatir y a opinar en el ágora digital. Se trata de una generación que ya había sido testigo de cómo los movimientos sociales y la rabia colectiva se auto-organizaron en el 15-M a través de Twitter, y que asistía ahora al surgimiento de nuevas plataformas: TikTok, BeReal… Los y las jóvenes comenzaban a liderar espacios de opinión pública, comentando noticias o construyendo sus propios podcasts.

Las grandes tecnológicas llevaban años experimentando con la gamificación del contenido y estudiando patrones de conducta para crear más adicción a sus redes sociales. Ser influencer estaba ya normalizado como un nuevo empleo: Incluso algunas universidades privadas publicitaban su máster con el eslogan: «Sé influencer». Se vendía una ilusión que, sin embargo, estaba al alcance de muy pocas personas.

Los jóvenes de este cuarto de siglo hemos caminado la vida en dirección contraria: con la vejez emocional en la mochila y el deseo de volver a lo esencial.

Las redes se llenaban de vídeos con contenido de marca promocionado por jóvenes comunes: productos de cosmética a precios desorbitados, inalcanzables para esa clase media aspiracional a la que los creadores de contenido parecen querer anestesiar. Y es que la anestesia colectiva de la juventud de nuestro tiempo consiste, precisamente, en hacer scroll en la pantalla y olvidarse por unos minutos de su propia precariedad.

En una realidad paralela, las personas jóvenes de origen saharaui lidiábamos con el estallido de la guerra en nuestro país. Los y las jóvenes de mi continente natal se enfrentaban a la realidad de tener que dejarlo todo y bajar al frente de guerra. En el caso de otras muchas personas y en el mío propio, sentimos que teníamos la responsabilidad de combatir el silencio mediático, exponiéndonos en las redes sociales. Estas no solo nos acercaban a nuestras familias, sino que también eran nuestra ventana al mundo, a través de la cual podíamos hablar de lo que estaba sucediendo en nuestro país.

A diferencia de las personas jóvenes de origen palestino, las de origen saharaui eran nuevas en las ágoras digitales. Tenían poca experiencia y muy pocos seguidores. Esto se debía, en parte, a que muchas de ellas ya tenían bastante con lidiar con un proceso migratorio en España. Pero, ¿qué pasa cuando un gobierno progresista se alinea con la potencia que ocupa tu tierra y normaliza la vulneración de los derechos humanos? Esa rabia —la de miles de saharauis en España y también en los campos de refugiados— movilizó protestas en todo el Estado español. Pero estos y estas jóvenes, a diferencia de sus padres, no sabían que una guerra no se libra en cinco días. Pasaron los meses y la euforia se fue apagando.

Muchas personas dejaron de militar en las calles para militar exclusivamente en las redes sociales. Sin embargo, no creaban pensamiento, ni podcasts estables en el tiempo, ni accedían fácilmente a los grandes medios de comunicación —que siempre preferían darle el micrófono a un opinólogo español. Se quedaron reducidos a ser hooligans de Twitter. Sin embargo, no les culpo: es difícil vivir un proceso migratorio, estudiar, trabajar y, además, hacerse cargo de un conflicto heredado. Pero su desazón refleja la realidad de una juventud a nivel global: desconfianza en las instituciones, ausencia de liderazgos políticos y condiciones de vida cada vez más precarias. La juventud de este cuarto de siglo no consigue imaginar un futuro posible; está envejecida y agotada, sin un liderazgo que le sirva de faro.

Muchos/as jóvenes han encontrado refugio en las redes sociales: no solo para crear contenido, sino también para convertirse en referentes —tanto para sí mismos/as como para sus comunidades. Han sabido aprovechar el potencial de la tecnología para construir espacios digitales de pensamiento. Sin embargo, lo que muchas personas aún desconocen es que la tecnología, lejos de ser neutra, siempre tiene detrás a quienes la diseñan, la controlan y la manipulan.


Conclusiones

En octubre de 2022, Elon Musk, el multimillonario CEO de Tesla y SpaceX, completó la compra de Twitter por 44.000 millones de dólares. Esta adquisición fue uno de los episodios más comentados de la historia reciente de las plataformas digitales, tanto por la figura polémica de Musk como por las implicaciones políticas, sociales y tecnológicas del cambio de propiedad.

Desde el inicio, Musk aseguró que su interés por Twitter no era económico, sino ideológico: defendía la «libertad de expresión» como principio fundamental y afirmaba que Twitter se había convertido en una plataforma censora. Sin embargo, tras la compra, sus decisiones generaron controversia: despidió a miles de empleados, desmanteló equipos de moderación de contenidos, restableció cuentas previamente suspendidas por discursos de odio —como la de Donald Trump—, y cambió políticas clave de verificación y alcance.

Un lugar donde ser joven no signifique sobrevivir al algoritmo ni competir por la atención de un sistema que nos quiere aisladas. Donde no haga falta nacer adulta para ser escuchada.

El resultado fue una plataforma más caótica, con menos control sobre la desinformación, un aumento de los discursos de odio y un éxodo tanto de usuarios/as como de anunciantes. Para muchos analistas, Musk convirtió Twitter —rebautizada posteriormente como X— en un experimento personal donde se cruzaban la ideología libertaria, el culto a la personalidad tecnológica y una visión profundamente individualista del espacio público digital. Su compra reflejó cómo las grandes plataformas tecnológicas pueden convertirse en juguetes de élites multimillonarias, poniendo en duda la neutralidad de estos espacios que, en teoría, deberían funcionar como ágoras democráticas de debate y participación.

Como en El curioso caso de Benjamin Button, pareciera que muchas personas jóvenes de hoy nacimos al revés: empezamos la vida con la madurez que nos impusieron las circunstancias, con el peso de responsabilidades heredadas y la conciencia de que el mundo no nos esperaba con los brazos abiertos —sino con facturas por pagar, guerras por denunciar y derechos aún por conquistar. Nacimos viejas y viejos, no porque quisiéramos, sino porque no había otra opción.

Porque cuando naces bajo ocupación, como refugiada, en barrios precarizados o en hogares donde el amor convive con la escasez, la infancia se vive deprisa y la juventud se convierte en una trinchera. Los jóvenes de este cuarto de siglo hemos caminado la vida en dirección contraria: con la vejez emocional en la mochila y el deseo de volver a lo esencial —al juego, a la comunidad, a la ternura— como destino posible. Sin embargo, a diferencia del protagonista de la película, no podemos permitirnos desaprender el mundo: Tenemos que construir otro.

Un lugar donde ser joven no signifique sobrevivir al algoritmo ni competir por la atención de un sistema que nos quiere aisladas, fragmentadas, adictas al scroll y alejadas de toda organización colectiva. Uno donde no haga falta nacer adulta para ser escuchada. Donde la infancia y la juventud sean protegidas, y no sacrificadas en el altar del capital o la geopolítica.

Y, para llegar a ese futuro, no basta con soñar: hay que organizarse. Abandonar la nostalgia del tiempo perdido y construir, en común, nuevos tiempos posibles. Porque a pesar del cansancio, de la precariedad y del exilio emocional, la juventud global aún guarda la semilla de un mundo nuevo. Y quizá aún estemos a tiempo de recomenzar y revertir esta historia: no envejeciendo, sino rejuveneciendo nuestros deseos colectivos.

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