La batalla por la democracia: empoderar a los ciudadanos y a las ciudades

_

David Koranyi

Jul-Dic, 2023
-Actualizado en mayo 2024-

MUSIC:

A medida que avanza el siglo XXI, la batalla por preservar y fortalecer la gobernanza democrática se ha convertido en la lucha definitoria de nuestro tiempo. Las fuerzas autoritarias están en auge, erosionando los principios democráticos y consolidando su poder en todo el mundo. Esta amenaza omnipresente para la democracia exige una respuesta global amplia y unificada. Promoviendo la colaboración entre ciudadanos, aprovechando potentes herramientas digitales para impulsar la participación ciudadana y apoyando a las ciudades como crisoles de la innovación democrática, podemos liberar un inmenso potencial para transformar las instituciones que conforman nuestra vida cotidiana y cultivar una sociedad comprometida y responsable con la construcción de un futuro sostenible.

En el centro de este esfuerzo se encuentra la urgente necesidad de empoderar a los individuos como participantes activos en el proceso democrático. Los modelos tradicionales de gobernanza, que a menudo relegan a los ciudadanos a observadores pasivos, deben dar paso a marcos más inclusivos y participativos.


El imperativo de la solidaridad mundial: potenciar la colaboración entre ciudadanos

En su obra fundamental La civilización empática, Jeremy Rifkin sostiene que la historia de la humanidad se ha caracterizado hasta ahora por un círculo de empatía en constante expansión. Desde las primeras filiaciones tribales hasta el surgimiento de los Estados-nación, nuestra capacidad de empatía y cooperación no ha dejado de crecer. En el siglo XXI, ahora que nos enfrentamos a desafíos globales sin precedentes, es imperativo que llevemos esta expansión de la empatía al siguiente nivel: un movimiento de solidaridad global que trascienda las fronteras y permita a los individuos apoyarse mutuamente en su lucha por los derechos y libertades democráticas.

Foto_ Marco Giumelli_ CC BY 2.0

El poder de la colaboración entre ciudadanos reside en su capacidad de saltarse las barreras tradicionales y crear canales directos de solidaridad y apoyo. En un mundo cada vez más interconectado, las luchas por la democracia y los derechos humanos en un país ya no son hechos aislados, sino que forman parte de un relato global que nos afecta a todos. Fomentando las conexiones directas entre individuos y organizaciones de la sociedad civil de todo el mundo, podemos crear una poderosa red de apoyo y defensa mutuos.

Imaginemos, por ejemplo, una situación en la que una organización de la sociedad civil de Polonia, que lucha contra la erosión de las instituciones democráticas, pueda recibir apoyo directo de personas de Brasil que han experimentado en carne propia los retos de salvaguardarlas. Este apoyo puede adoptar muchas formas: compartir conocimientos y estrategias, proporcionar recursos financieros o incluso participar en campañas conjuntas de incidencia política y sensibilización. Estas colaboraciones no sólo refuerzan los esfuerzos individuales, sino que también envían un poderoso mensaje de solidaridad mundial.

No nos faltan ejemplos inspiradores de este tipo de cooperación transnacional. El Movimiento de los Paraguas de Hong Kong, que luchó por las reformas democráticas en 2014, recibió un importante apoyo de personas y organizaciones de todo el mundo. A través de campañas en las redes sociales, recaudación de fondos y manifestaciones públicas, personas de diversos países mostraron su solidaridad con los manifestantes de Hong Kong, amplificando su mensaje y presionando a autoridades relevantes.

La batalla por preservar y fortalecer la gobernanza democrática se ha convertido en la lucha definitoria de nuestro tiempo.

Del mismo modo, las recientes protestas en Bielorrusia contra el régimen autoritario de Alexander Lukashenko se han visto reforzadas por el apoyo de particulares y organizaciones de la sociedad civil de otros países. Activistas de Polonia, Lituania y otros países vecinos han prestado asistencia práctica a sus colegas bielorrusos, por ejemplo ayudándoles a conseguir vías de comunicación seguras y proporcionando refugio a quienes huían de la persecución. Estos actos de solidaridad han sido cruciales para mantener el impulso de la oposición democrática en Bielorrusia.

Para aprovechar plenamente el potencial de la colaboración global entre ciudadanos, es imperativo que creemos más plataformas y mecanismos para facilitar estas conexiones. Esto podría incluir foros y encuentros online en los que compartir experiencias y estrategias, plataformas de financiación entre iguales que permitan el apoyo económico directo a los movimientos democráticos, y redes mundiales de defensa que coordinen la presión internacional sobre los gobiernos que violan los principios democráticos.

Además, necesitamos fomentar una cultura de la empatía y la solidaridad que trascienda fronteras, en la que los individuos se vean a sí mismos no sólo como ciudadanos de sus propios países, sino como parte de una comunidad global comprometida con la defensa de la democracia y los derechos humanos. Esto requiere iniciativas formativas capaces de poner de relieve nuestra humanidad común y la interconexión de nuestras luchas, así como narrativas mediáticas que se centren en el potencial positivo de la cooperación mundial.

En este contexto, el auge del activismo digital ofrece una poderosa herramienta para movilizar la sociedad. Las plataformas de redes sociales, las aplicaciones de mensajería cifrada y otras tecnologías digitales nos permiten conectarnos a través de las fronteras, compartir información y coordinar acciones en tiempo real. Aprovechando estas herramientas, tenemos a nuestro alcance una red mundial de diplomacia ciudadana que aune esfuerzos para apoyar a los movimientos democráticos y contrarrestar el avance del autoritarismo.

Sin embargo, también es crucial reconocer los retos y los posibles escollos de este enfoque. Los esfuerzos de solidaridad transnacional deben ser sensibles a los contextos locales y evitar la imposición de agendas externas. Deben aspirar a empoderar a los actores y movimientos locales en lugar de eclipsarlos. Además, debemos estar alerta ante el uso indebido de las plataformas digitales por parte de fuerzas antidemocráticas, que pueden tratar de manipular o desbaratar estas redes de solidaridad.

Foto_ J Stimp_ CC BY 2.0

A pesar de estos posibles obstáculos, nunca ha estado tan claro el imperativo de la colaboración mundial entre ciudadanos. A medida que aumenta el autoritarismo y las instituciones democráticas se ven sometidas a presión en muchas partes del mundo, necesitamos cada vez más un movimiento mundial de individuos comprometidos con la defensa de los valores de la libertad, la justicia y la dignidad humana. Construyendo puentes de empatía y solidaridad a través de las fronteras, podemos crear una fuerza poderosa para la resistencia y la renovación democráticas.

Foto_ J Stimp_ CC BY 2.0

No se trata sólo de altruismo o idealismo; es el reconocimiento de nuestro destino común como habitantes de un mundo cada vez más interconectado. Las luchas por la democracia en Varsovia, Hong Kong o Minsk no son acontecimientos lejanos; forman parte de una batalla global que nos afecta a todos. Al solidarizarnos con quienes están en primera línea de esta contienda, no sólo apoyamos sus esfuerzos, sino que también contribuimos a la construcción de un mundo más justo y democrático para nosotros y para las generaciones futuras.

El poder de la colaboración entre ciudadanos reside en su capacidad de saltarse las barreras tradicionales y crear canales directos de solidaridad y apoyo.

Como nos recuerda Rifkin, la expansión de la empatía ha sido el motor del progreso humano a lo largo de la historia. En el siglo XXI, tenemos la oportunidad de llevar esta expansión a un nuevo nivel, creando un círculo global de empatía que abarque a toda la humanidad.


Transformar las instituciones para una participación activa

El mundo moderno presenta numerosos desafíos a los marcos tradicionales de la democracia, lo que exige una reevaluación del papel del ciudadano dentro de estas estructuras. En su obra fundamental, Ciudadanos (2022), Jon Alexander aboga por un cambio fundamental de perspectiva: pasar de considerar a las personas como consumidores pasivos de la democracia a reconocerlas como participantes activos. Alexander sostiene que este cambio no sólo es beneficioso, sino esencial para afrontar desafíos contemporáneos como la polarización política, la inseguridad económica y las crisis ecológicas. Al transformar nuestras instituciones para tratar a los individuos como participantes activos, fomentamos una sociedad comprometida, responsable y capaz de imaginar y construir un futuro sostenible. [1][1] Alexander, J. (2022). Citizens [Ciudadanos]. Londres, Canbury Press..

La defensa que hace Alexander de la transformación de las instituciones para la participación directa es un llamamiento a replantear el funcionamiento mismo de la democracia en la era moderna. Su visión supone pasar de un modelo en el que los ciudadanos son meros súbditos de un sistema a otro en que son soberanos y sujetos activos, algo que exige una transformación significativa.

En primer lugar, debe haber un cambio hacia una mayor transparencia en los procesos deliberativos y de toma de decisiones. Esto podría facilitarse mediante la aplicación de políticas de transparencia, en las que la información y los datos con los que operan las instituciones estén a disposición del público en formatos comprensibles y fiscalizables. Esta apertura no sólo permite a los ciudadanos estar más informados sobre el funcionamiento de su gobierno, sino que también obliga a los funcionarios públicos a rendir cuentas.

En segundo lugar, es esencial aumentar el carácter participativo de los procesos gubernamentales en sí mismos. Esto puede lograrse implementando sistemas como el de los presupuestos participativos, en el que los ciudadanos pueden opinar directamente sobre cómo invertir una parte del presupuesto público. Ciudades como Porto Alegre, en Brasil, Budapest, en Hungría, y Nueva York, en Estados Unidos, ya han implantado con éxito sistemas de este tipo, logrando una distribución más equitativa del gasto público y una mayor satisfacción de los ciudadanos con los procesos gubernamentales.

Además, este replanteamiento debe incluir mecanismos para realizar consultas públicas periódicas y significativas sobre nuevas leyes, políticas y reglamentos administrativos. Los gobiernos tienen a su alcance muchas plataformas digitales para realizar este tipo de consultas, facilitando la incorporación de puntos de vista y experiencias de la ciudadanía. Estas plataformas pueden tender un puente entre el gobierno y las distintas partes interesadas, garantizando una mayor diversidad de aportaciones y fomentando un sentimiento de apropiación de las decisiones gubernamentales por parte de los ciudadanos.

Foto_ Leon Fishman_ CC BY 2.0
En última instancia, estos cambios pretenden crear una relación más dinámica entre los ciudadanos y sus gobiernos, una que se caracterice por el diálogo permanente y la responsabilidad mutua. Al capacitar a los individuos para que se apropien de los asuntos públicos, estas instituciones renovadas podrían sentar las bases para una ciudadanía más comprometida e informada, y a su vez, reforzar los cimientos de la democracia.

La eficacia de las asambleas de ciudadanos en el fomento de la democracia participativa ha quedado demostrada a través de diversos ejemplos de todo el mundo. Estas asambleas involucran directamente a los ciudadanos en el proceso de toma de decisiones, lo que a menudo tiene importantes repercusiones políticas y aumenta la confianza pública en los procesos gubernamentales. La Convención Ciudadana sobre el Clima en Francia es un ejemplo destacado en el que 150 ciudadanos fueron seleccionados mediante un proceso aleatorio pero demográficamente representativo. A lo largo de varios meses, deliberaron sobre cuestiones climáticas y propusieron legislación que influyó de forma directa en la política nacional francesa de reducción de emisiones de carbono. Sus recomendaciones incluían medidas como reducir el límite de velocidad en las autopistas para disminuir las emisiones y promover estilos de vida con menor demanda energética. Del mismo modo, la Asamblea Ciudadana Irlandesa sobre el aborto desempeñó un papel fundamental en uno de los cambios sociales más significativos que Irlanda ha experimentado en los últimos años. [2][2] Democracy Matters Project. (2015). Democracy Matters: Lessons from the 2015 Citizens’ Assemblies on English Devolution [La democracia importa: lecciones de las asambleas ciudadanas de 2015 sobre la devolución de competencias en Inglaterra]. Las recomendaciones de la asamblea dieron paso a un referéndum que acabaría por anular las estrictas leyes anti-aborto del país. Este proceso demostró cómo la participación ciudadana puede conducir a profundas transformaciones normativas y sociales, reflejando la evolución de los valores y la ética de la sociedad. En Canadá, la Asamblea de Ciudadanos de Columbia Británica sobre la Reforma Electoral propuso cambios en el sistema electoral provincial y aunque los cambios inmediatos sugeridos por la asamblea no se aplicaron tras el referéndum público, el proceso en sí fue elogiado por su carácter inclusivo e imparcial. Involucró a los ciudadanos de a pié en una cuestión tan compleja como la reforma electoral, demostrando el potencial de este tipo de asambleas para instruir a la ciudadanía y generar debates informados sobre cuestiones políticas.

Estos estudios de caso ilustran, en fin, el potencial de la democracia participativa para empoderar a los ciudadanos e influir en la política. Demuestran que, cuando los ciudadanos de a pie disponen de recursos y oportunidades, pueden contribuir eficazmente a abordar cuestiones complejas y polémicas. Tales iniciativas no sólo enriquecen el proceso democrático, sino que también aumentan la legitimidad y la capacidad de respuesta de los sistemas políticos.


Fomentando la resiliencia democrática mediante herramientas digitales

Como señala Stephen Coleman, Internet promueve el desarrollo de una ciudadanía más comprometida y de una participación más amplia en los procesos democráticos al facilitar formas de representación directas y deliberativas. [3][3] Coleman, S. (2004). Can the Internet Strengthen Democracy? [¿Puede Internet fortalecer la democracia?] Polity Press. Este refuerzo tiene su correlato también para con el activismo cívico, ya que ofrece nuevas plataformas de organización, expresión y acción. Y es que las modalidades digitales de comunicación posibilitan un modo de interacción más horizontal que contrasta notablemente con los modelos tradicionales de gobernanza, verticales por naturaleza. Las redes sociales, los foros y los instrumentos de participación digital ofrecen a los ciudadanos la oportunidad de expresar sus opiniones, movilizarse para la acción colectiva e interactuar con sus representantes con más eficacia que nunca. Sumados a las tecnologías de encriptación y a la conectividad móvil, también han permitido coordinar movimientos activistas a gran escala, incluso en contextos de represión política, transformando la difusión rápida de información en factor clave para manifestaciones y campañas internacionales de solidaridad.

Sin embargo, el panorama digital no está exento de desafíos. Aunque la tecnología posee un tremendo potencial para la mejora de la participación democrática, también plantea serios riesgos. La desinformación, las brechas digitales y la censura en la red pueden socavar el potencial de Internet para apoyar la democracia. De hecho, son cada vez más los regímenes autoritarios que recurren a herramientas digitales para controlar, reprimir y manipular la opinión pública. El carácter omnipresente de la tecnología digital puede conducir a un mayor control de la esfera pública en el que actores estatales desplieguen sistemas de vigilancia avanzados para monitorizar y reprimir la disidencia. [4][4] Anderson, J., & Rainie, L. (2020). Concerns about democracy in the digital age [Preocupación por la democracia en la era digital]. Pew Research Center. Para hacer frente a estos desafíos se requieren esfuerzos coordinados por parte de entidades gubernamentales y no gubernamentales que fomenten la alfabetización digital, garanticen el acceso a información fiable y protejan la libertad de expresión en internet.

Los esfuerzos de solidaridad transnacional deben ser sensibles a los contextos locales y evitar la imposición de agendas externas. Empoderar a los actores y movimientos locales en lugar de eclipsarlos.

Action Civics pone en práctica esta filosofía al implicar activamente a sus alumnos en la resolución de problemas reales relacionados con cuestiones ciudadanas. Al participar en Action Civics, no sólo aprenden sobre su gobierno y sus funciones, sino también a influir en él a través de la movilización y la participación bien informada. Este enfoque participativo les equipa con las habilidades necesarias para convertirse en actores ciudadanos eficaces, cumpliendo así la promesa de que la educación práctica y amena fomenta una ciudadanía activa. [5][5] Mainsah, H., Brandtzaeg, P. B., y Følstad, A. (2016). Bridging the Generational Culture Gap in Youth Civic Engagement through Social Media: Lessons Learnt from Young Designers in Three Civic Organisations [Superar la brecha cultural generacional en el compromiso cívico de los jóvenes a través de las redes sociales: lecciones aprendidas de jóvenes diseñadores en tres organizaciones cívicas]. The Journal of Media Innovations. Mediante la utilización de entornos de aprendizaje digitales y «gamificados», los educadores pueden captar la atención de los jóvenes e instruirlos en cuestiones cívicas de forma interactiva y estimulante.

La integración de herramientas digitales en las innovaciones democráticas, como las asambleas ciudadanas, no sólo amplía su alcance, sino que aumenta su eficacia. Las plataformas digitales, por ejemplo, desempeñaron un papel crucial a la hora de facilitar una participación más amplia durante la Convención Ciudadana Francesa sobre el Clima, permitiendo recabar y divulgar opiniones variadas y mejorando la transparencia del proceso deliberativo. Esta integración tecnológica impulsa el impacto de las prácticas democráticas, haciéndolas más accesibles y cercanas a la opinión publica.

Incorporando ideas de El ciudadano lúdico: compromiso cívico en una cultura mediatizada [6][6] Glas, R., Lammes, S., de Lange, M., Raessens, J., y de Vries, I. (Eds.). (2019). The Playful Citizen: Civic Engagement in a Mediatized Culture [El ciudadano lúdico: el compromiso cívico en una cultura mediatizada]. Amsterdam University Press., observamos cómo estos enfoques mediatizados y gamificados pueden transformar el aprendizaje pasivo en un proceso de descubrimiento activo. Estos métodos no sólo hacen que el aprendizaje de la responsabilidad cívica sea más atractivo, sino también más eficaz, fomentando una generación mejor preparada para participar en la gobernanza democrática.

Las plataformas digitales están redefiniendo el compromiso ciudadano mediante formatos innovadores como los llamados newsgames, o «juegos de noticias». En sus investigaciones, Bogost et al. (2010) y Gómez-García y De la Hera (2023) [7][7] Gómez-García, H., y De la Hera, T. (2023). Games as Political Actors in Digital Journalism [Los juegos como actores políticos en el periodismo digital]. Media and Communication, 11(2), 278-290. exploran cómo el periodismo digital y los juegos interactivos se han convertido en auténticas plataformas para el compromiso político, permitiendo nuevas formas de interacción en torno a este tipo de contenido. Como su nombre indica, los newsgames son un híbrido de noticias y videojuegos, y ofrecen un medio único a través del cual explorar cuestiones políticas y sociales complejas de forma accesible y cautivadora. Los distintos escenarios de estos juegos simulan procesos y dilemas del mundo real, fomentando una comprensión más profunda de los mismos pero también promoviendo una conciencia más crítica con la información.

Foto_ aNdrzej-cH._ CC BY 2.0

Este formato permite a sus usuarios, por ejemplo, enfrentarse a los retos de la formulación de políticas sobre el cambio climático, sopesar distintos intereses y tomar decisiones que podrían tener diferentes consecuencias medioambientales. Esta forma de participación no sólo instruye a los jugadores acerca de la complejidad y los matices en la gestión de crisis y la elaboración de políticas públicas, sino que también puede empoderarles, ilustrando el impacto de las decisiones individuales y colectivas.


Las ciudades como crisoles de innovación democrática

A medida que los núcleos urbanos se expanden, su papel en la economía y la política mundiales se va haciendo cada vez más crítico, lo que exige marcos de gobernanza adaptables e innovadores. Las ciudades suelen estar a la vanguardia de la resiliencia democrática, sirviendo de banco de pruebas para nuevas formas de gobernanza y compromiso cívico. El concepto de «Ciudades de los Derechos Humanos» dentro de la Unión Europea ilustra cómo las áreas urbanas pueden liderar la defensa de marcos normativos internacionales, fomentando entornos en los que los derechos no sólo se protegen, sino que se promueven de forma activa. [8][8] Agencia de los Derechos Fundamentales de la Unión Europea. (2021). Ciudades de derechos humanos en la UE – un marco para reforzar los derechos a nivel local: informe.

De hecho, ciudades como Ámsterdam y Barcelona se han convertido ya en referentes mundiales en materia de gobernanza mediante la creación de portales de transparencia y robustos marcos anticorrupción. Estas herramientas son fundamentales para preservar la integridad jurídica y garantizar una gobernanza abierta, que haga más accesibles los procesos gubernamentales al público, mejorando la rendición de cuentas. Las iniciativas de transparencia digital de Ámsterdam, por ejemplo, brindan a la ciudadanía un acceso sin precedentes a los procesos deliberativos municipales, haciendo posible un nivel de fiscalización y participación públicas excepcional.

Foto_ Cluster Munition Coalition_ CC BY 2.0

En Barcelona, el uso de la tecnología para facilitar la participación ciudadana en los procesos de planificación y desarrollo urbanísticos ha posibilitado un enfoque integrador de la gobernanza de la ciudad. A estos esfuerzos hay que sumarles políticas de protección de los derechos de las comunidades marginales, que garantizan que el desarrollo urbano no se haga a costa de la equidad social.

Cabe recordar, además, que las ciudades no actúan de forma aislada; forman parte de extensas redes capaces de transformar los planteamientos clásicos de la diplomacia y la cooperación global. El Pacto de Ciudades Libres, impulsado por Budapest junto a Praga, Bratislava y Varsovia y que ahora engloba a más de 40 ciudades de todo el mundo, es un claro ejemplo de cómo los núcleos sociales urbanos pueden sumar esfuerzos en una plataforma de valores democráticos compartidos. No en vano, esta alianza es una respuesta directa a las presiones nacional-populistas que amenazan a las instituciones de sus respectivos países. Y más allá de la resistencia simbólica al autoritarismo, el Pacto de Ciudades Libres facilita una colaboración tangible para fortalecer la gobernanza democrática. Estas ciudades intercambian conocimientos, apoyan iniciativas de la sociedad civil y abogan por políticas que refuercen el Estado de Derecho y protejan los derechos humanos.

Cuando los ciudadanos de a pie disponen de recursos y oportunidades, pueden contribuir eficazmente a abordar cuestiones complejas y polémicas.

Esta alianza pone de manifiesto el potencial de las redes urbanas para influir en la política mundial. Al unirse, las ciudades pueden amplificar sus voces en los foros internacionales, abogando por políticas que aborden desafíos mundiales como el cambio climático, la inmigración y la desigualdad.


Conclusiones

En el corazón de la consolidación de la democracia está el imperativo de transformar a los ciudadanos de observadores pasivos en participantes activos. Esto puede alcanzarse apostando por prácticas de gobernanza transparentes y por la creación de nuevas oportunidades de acción ciudadana en los procesos de toma de decisiones, como los presupuestos participativos y los ayuntamientos digitales. Los legisladores deben dar prioridad al desarrollo de programas formativos centrados en la educación cívica y en la importancia de la participación activa. Estos programas deben tener como objetivo fomentar una cultura de compromiso en la que cada ciudadano se sienta tan responsable como capaz de influir en su entorno político.

En una era en la que las plataformas digitales amplifican drásticamente ciertas voces, es fundamental aprovechar estas herramientas en defensa de la democracia. Los gobiernos deben apoyar la creación y el mantenimiento de espacios digitales seguros que faciliten diálogos constructivos y el florecimiento de nuevos movimientos sociales. Además, deben desarrollarse marcos políticos globales destinados a proteger estos espacios y evitar que se conviertan en canales de desinformación o represión. Invertir en programas de alfabetización digital puede capacitar a los ciudadanos para navegar por los medios digitales de forma responsable y abordar distintos problemas de forma crítica y eficaz.

Las instituciones democráticas deben blindarse para resistir las presiones de los gobiernos autoritarios que amenazan las convenciones democráticas en todo el mundo. Esto supone no sólo reforzar el Estado de derecho y la independencia judicial, sino también garantizar que todos los procesos democráticos —desde las elecciones hasta los procedimientos legislativos— sean transparentes, justos y responsables. Los organismos internacionales y países democráticos por igual, deben prestar apoyo y solidaridad a esas naciones que hoy enfrentan regresiones democráticas, ofreciéndoles ayuda material y diplomática para apuntalar sus instituciones.

Las ciudades suelen estar a la vanguardia de las innovaciones democráticas y la protección de los derechos humanos. Es por esto que deben apostar por profundizar sus vínculos, facilitando el intercambio de ideas y prácticas de gobernanza democrática. Alianzas internacionales como el Pacto de Ciudades Libres, pueden ser decisivas a la hora de defender los valores democráticos y responder colectivamente a los retos globales. Un apoyo más firme de las instituciones internacionales a iniciativas locales, a fin de compartir recursos y conocimientos, podría mejorar significativamente su capacidad para aplicar prácticas de gobernanza eficaces e integradoras.

Por último, la batalla por la democracia debe reconocerse como una lucha global que requiere una respuesta común. La creación de movimientos globales por la democracia donde ciudadanos y organizaciones de la sociedad civil puedan unirse para compartir estrategias, prestarse apoyo mutuo y movilizar recursos internacionales puede proporcionar el impulso necesario para hacer avanzar los ideales democráticos y contrarrestar la creciente ola autoritaria.

Abordar estos retos de forma eficaz requiere una comprensión profunda de los contextos locales, estrategias adaptadas que respeten la complejidad cultural y política, y el compromiso y apoyo a largo plazo de todas las partes implicadas.

·

COMPARTIR: