Juventudes movilizadas: disputas del presente y horizontes de futuro

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David Veloso Larraz

Oct, 2025
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Cuando recibí la invitación para reflexionar en este volumen, La generación sin horizonte, pensé en escribir sobre distintos temas que cuestionan precisamente ese futuro sombrío que suele atribuirse a la llamada «Generación Z». Desde mi experiencia personal y profesional, he comprobado que la resignación, la apatía o la indiferencia no han sido las actitudes predominantes entre las personas jóvenes. Existen numerosos ejemplos, como el Movimiento Sin Tierra o Juventud Sin Futuro, donde etiquetas aparentemente negativas o de carácter apocalíptico no solo han sido creadas para revertir la situación de partida, activando la indignación ante una realidad percibida como injusta, sino que también funcionan como un marco de identificación colectiva desde el que disputar el presente.

La percepción generalizada de que las personas jóvenes no tienen interés por la política no se sostiene a la luz de los datos y de los estudios existentes. De hecho, la literatura científica demuestra lo contrario: de hecho, existe una vitalidad significativa en la implicación política de la juventud [1].[1] Bacalso, C., Bárta, O. & Moxon, D. (2025). Youth political participation: Literature and policy review 1980–2023. European Commission / Youth Partnership between the European Commission and the Council of Europela. Sin embargo, los discursos mediáticos tienden a difundir una imagen negativa de las personas jóvenes, que simplifica la enorme complejidad y la diversidad de los nuevos estilos de vida, o, en el peor de los casos, las convierte en el chivo expiatorio de los males de la sociedad. La categoría «juventud» forma parte del sentido común y es una de las más extendidas y reconocidas socialmente. Esto implica que, aunque se conciba como una etapa definida por la edad, su significado ha variado a lo largo de épocas y sociedades. La juventud está atravesada por otras variables —género, clase social, etnia, etc.— que tienen gran peso a la hora de explicar sus trayectorias vitales y las desigualdades sociales que enfrentan. Es por esto que la edad no es siempre la variable más determinante cuando se busca comprender la situación de las personas jóvenes. Esta cuestión atraviesa en buena medida las reivindicaciones de los colectivos juveniles que exigen que las políticas públicas integren un enfoque de juventud. Uno que permita combatir tanto las generalizaciones como los estigmas y prejuicios asociados.

Foto_ J Stimp_ CC BY 2.0

En las últimas décadas, las grandes transformaciones socioeconómicas han tenido efectos profundos sobre la juventud. Paradójicamente, aunque las oportunidades vitales han mejorado de manera sustancial, las personas jóvenes se han convertido en uno de los colectivos más vulnerables. De ahí que, ante esta dinámica global, se hable de un futuro sin horizonte. En España, por ejemplo, el rostro de la pobreza ha cambiado. Ya no se concentra en la vejez, como ocurría en el siglo pasado, sino que ahora lo encarnan la infancia y la juventud. Esto tiene implicaciones prácticas y discursivas: se justifica que el ejercicio efectivo de los derechos de ciudadanía de las personas jóvenes quede suspendido hasta alcanzar una estabilidad —asociada a una edad en la que supuestamente se deja atrás tal situación. En sociedades en las que la precariedad total se extiende a todas las generaciones, sin embargo, los límites cada vez son más difusos. Por ello, las estrategias discursivas que defienden el statu quo tratan de despolitizar y estigmatizar el malestar de las personas jóvenes, trasladando la mirada de las causas estructurales hacia una supuesta fragilidad emocional. La representación simbólica que condensa este relato se ha expandido globalmente a través de la etiqueta «generación de cristal». Frente a estos ataques, por otro lado, se sucede una reacción de denuncias públicas sociales que buscan situar el problema social de la salud mental en el centro de la agenda política y las políticas públicas, especialmente tras el impacto que tuvo la pandemia en las vidas de este colectivo. Y es que, a pesar del aumento de trastornos mentales como la ansiedad, la depresión y las conductas suicidas entre la población juvenil en los años previos a la pandemia, estos problemas habían permanecido en gran medida invisibilizados, entendiéndose como cuestiones individuales.


Participación y movimientos contra el desencanto

En contra de lo que no pocos creen, a resignación, la apatía o la indiferencia no son las actitudes predominantes entre las personas jóvenes.

Cuando a las personas jóvenes se les pregunta por la desafección, temas como la falta de respuesta de los sistemas políticos y la marginación de sus demandas sociales suelen aparecer en los discursos. Esta respuesta está estrechamente relacionada con la crisis que atraviesan los partidos políticos en todo el mundo y su incidencia en las democracias liberales. Por ello, desde una perspectiva crítica, la disminución en la militancia juvenil no puede entenderse como una renuncia explícita a la política. De hecho, a partir de estas nuevas preferencias, no pocos partidos han intentado renovar sus estructuras organizativas, incorporando las principales demandas en sus programas electorales y abriéndose a otras formas de participación. No obstante, las nuevas subjetividades políticas, caracterizadas por priorizar un compromiso más flexible o un activismo sin estructuras, generan algunas tensiones a la hora de articular estas prácticas incluso en los nuevos partidos-movimientos.

La política no se acaba en el parlamento ni la participación el día de las elecciones en el voto. El estallido chileno de 2019, desencadenado por las subidas de precios del transporte público y que rápidamente se consolidó como una crítica más profunda al modelo que había imperado en el país durante las últimas tres décadas, representa un caso paradigmático de cómo las personas jóvenes han logrado transformar la política. Hasta entonces, la estabilidad de la democracia chilena era celebrada en la región por su solidez formal, mientras se ignoraba su dimensión sustantiva, progresivamente vaciada por unas élites económicas y políticas que, encerradas en la burbuja de las mejores cuadras de Santiago, mostraban una profunda indiferencia ante el incremento de las desigualdades sociales. Pero en apenas unos meses, el movimiento estudiantil fue capaz no solo de deslegitimar los consensos que apuntalaban este orden político, sino también de construir una alternativa que llevó a sus líderes al gobierno.

Sin embargo, en el otro lado de la Cordillera de los Andes, también se observa una tendencia global que está ocupando muchas portadas: «el giro conservador de la juventud». La radicalización política de una parte significativa de los jóvenes varones resultó un factor determinante en el ascenso de la ultraderecha al poder en Argentina. Este éxito se inscribe en un momento populista que polarizó la disputa política entre quienes proponían una solución disruptiva y quienes no habían renovado sus fórmulas para afrontar una crisis económica prolongada —marcada en el último año electoral por una inflación anual cercana al 200%. Pero aunque los datos y estudios destacan el aumento del apoyo a la derecha radical de la juventud, su ideario ni siquiera es compartido por la mayoría de los varones [2].[2] Milosav, Ð., Dickson, Z., Hobolt, SB, Klüver, H., Kuhn, T. y Rodon, T. (2025). La brecha de género juvenil en el apoyo a la extrema derecha. Journal of European Public Policy, 1–25. Disponible en: https://doi.org/10.1080/13501763.2025.2481181

La edad no siempre es la variable más determinante para comprender la situación de las personas jóvenes, sus trayectorias vitales y las desigualdades sociales que enfrentan.

En cambio, en el caso de los Estados Unidos, desde la primera victoria de Trump, el giro progresista de las mujeres jóvenes ha sido muy pronunciado y tiene una mayor profundidad ideológica. A primera vista, podría pensarse que esto viene dado por el comportamiento paralelo de sus coetáneos, pero el conservadurismo entre los jóvenes varones ha experimentado un incremento poco dramático. Este desplazamiento ideológico de las mujeres parece responder en gran parte a la expansión del feminismo y a la escalada de violencias que están sufriendo las mujeres, como la embestida constitucional que ha acabado con el derecho universal al aborto [3].[3] https://www.nytimes.com/es/2024/09/17/espanol/estados-unidos/mujeres-jovenes-mas-liberales.html Este giro conservador, que ya se establece incluso como histórico, está, en gran medida, enmarcado en ciclos electorales que polarizan el malestar contra el oficialismo de turno, y no tanto en un proceso ideológico adscrito a la radicalización que propone la ultraderecha. La reciente victoria del socialista Zohran Mamdani, de 34 años —el alcalde de Nueva York más joven desde 1892, que ha logrado el 62% de los votos de los jóvenes menores de 30 años— que a través de ideas contrahegemónicas ha conseguido alzarse con un amplio apoyo de la juventud, exhibe las fisuras de este proceso cultural que promueve el desencanto y alimenta enemigos entre las clases sociales subalternas.

En las movilizaciones que se han dado desde el segundo semestre de 2025 en países como Perú, Paraguay, Nepal, Madagascar o Marruecos, las personas jóvenes se han consolidado como uno de los principales actores desafiantes del inmovilismo político. Estos estallidos no solo han canalizado demandas políticas, sino que también han cuestionado la legitimidad de las élites y de sus mecanismos de representación política. Fue ya en 2012, con el renacer cívico que acabaríamos por bautizar como Primavera Árabe, cuando las incipientes redes sociales empezaron a utilizarse para coordinar protestas. Esta forma de hacer política marcó entonces un punto de inflexión en el que la potencia digital pasó a ser una dimensión constitutiva de las identidades y prácticas de los movimientos sociales. Desde una mirada eurocéntrica, aquella ola de movilización fue inicialmente recibida con escepticismo y desconfianza, negándose la posibilidad de que algo similar pudiera barrer los cimientos de las democracias liberales del Norte global. Si bien es cierto que este nuevo ciclo mundial de protestas ya ha contribuido a la caída de varios gobiernos, todavía es pronto para valorar su recorrido transformador. Especialmente porque, en varios casos, han concluido con la eterna pregunta de qué hacer después de que todo vuelve a la normalidad. Lo que ya es un hecho es que la Generación Z está en el mapa y que se le reconoce un enorme potencial transformador.

El movimiento GenZ 212 (denominado así por el prefijo telefónico internacional de Marruecos) no se estructuró en torno a liderazgos visibles ni a organizaciones formales, sino que, imitando a sus antecesoras, utilizó una plataforma de gamers como espacio de coordinación para las marchas y la definición de sus demandas. Esta estrategia, orientada tanto a eludir los mecanismos de control de las redes sociales mainstream como a fomentar formas alternativas de comunidad, encuentra correlatos también en otras experiencias recientes, como la de Nepal, donde el uso de Discord ha permitido a los jóvenes articular reivindicaciones colectivas, conectar luchas locales con causas globales y trasladar la acción política desde el espacio físico hacia entornos digitales colaborativos.

El utopismo ha ido dando paso a un pragmatismo que mira a «un futuro vivible», apelando al medio ambiente, la salud mental y la calidad de vida.

En contra de lo que a veces pueda parecer, los asuntos internacionales siempre han influido en los movimientos sociales, ya sea en sus estrategias, en su contenido ideológico o en la formación intelectual de sus activistas. La diferencia es que, en la actualidad, la articulación entre lo local y lo global se construye desde lo cotidiano. La Generación Z ha tomado el genocidio en Gaza como una causa central en la defensa de los derechos humanos, construyendo nuevas formas de solidaridad transnacional y de articulación con otros colectivos de la sociedad civil organizada.

Esta orientación responde a la interdependencia entre escalas, a la vulnerabilidad compartida de los territorios y a la voluntad de transformar los modos de vida mediante una cultura del cuidado extendida y cooperativa con otras poblaciones.


Hacia una nueva cultura política: los cuidados y un futuro vivible

A medida que el último ciclo de movilizaciones se fue apagando, las conquistas alcanzadas, las cosas por hacer y las derrotas que quedaron grabadas en la memoria empezaron a pesar en las mochilas de las nuevas generaciones, generando nuevas expectativas de cambio. En el actual contexto de crisis interconectadas que multiplican su impacto en la humanidad, la emergencia de una nueva ética de los cuidados está desbordando muchas categorías ancladas en el siglo pasado. Las personas jóvenes no se han desentendido de la política. Lo que ocurre es que siguen sin reconocerse del todo en las formas clásicas y formales en que se ha organizado el conflicto social moderno. En este sentido, siguen también la estela de los activistas de principios del siglo XXI, que trataron de repensar una alternativa al nuevo capitalismo, revirtiendo el desencanto ante la crisis de los grandes relatos.

Con el paso de los años, el utopismo del «otro mundo es posible» ha ido dando paso a un pragmatismo que se modela en la necesidad de construir «un futuro vivible», apelando al medio ambiente, la salud mental y la calidad de vida. El movimiento ecologista ilustra esta transición política y generacional [4].[4] Benedicto Millán, Jorge Alberto, Betancor Nez, Gomer (2025). Conference Proceedings International Conference Youth Activisms, 24-25 Octubre, 2024. UNED. Madrid La nueva ola de activismo juvenil —con Greta Thunberg como rostro más visible— se caracteriza por haber pasado de la sostenibilidad y las prácticas individuales al discurso centrado en la temporalidad de la emergencia y en la resignificación del concepto de justicia climática. El propio Fridays for Future, por ejemplo, ha construido su autoridad moral sobre la legitimidad que les otorga su condición generacional: las personas jóvenes y las generaciones venideras son quienes sufrirán las consecuencias más graves del cambio climático. Aquí la ciencia juega un papel central, tanto en los diagnósticos de los problemas como en las soluciones, pero las prácticas colectivas no solo se apoyan en este conocimiento técnico, sino que integran la interseccionalidad del impacto climático para las poblaciones del Norte y del Sur global.

Foto_ Dying Regime_ CC BY 2.0
Por su parte, la nueva ola del movimiento feminista ha puesto los cuidados en el centro para renovar las demandas en torno al modelo de bienestar y las políticas sociales. Los cuidados también forman parte de una nueva concepción del compromiso militante, constituyéndose como base para la participación, el refuerzo de los vínculos y la sororidad ante las violencias machistas. Desde el Sur global, las feministas han impulsado la interseccionalidad como eje de las acciones globales del movimiento, entendiendo que las luchas por la igualdad de género no pueden separarse de las cuestiones territoriales, poscoloniales y de la condición migrante. En 2016, en Argentina se convocó una huelga feminista por el movimiento «Ni Una Menos» como respuesta a la última ola de femicidios que asoló el país. Esta acción tuvo una gran repercusión e inspiró la coordinación del Paro Internacional de Mujeres el 8 de marzo del año siguiente (2017), que a la postre se convertiría en la primera huelga mundial contra la violencia de género. Esta experiencia transnacional contribuyó a que la interseccionalidad adquiriese un mayor peso dentro del movimiento feminista, reconociendo la diversidad de violencias y desigualdades que enfrentan distintos colectivos en el mundo, ampliando las luchas y reivindicaciones para construir una nueva generación de políticas públicas.

Por último, aunque algunos discursos políticos y mediáticos han tratado de construir conflicto mediante una suerte de «populismo intergeneracional», enfrentando a las personas jóvenes con las mayores —sugiriendo que los culpables de sus dificultades económicas son el resultado de la acumulación de riqueza por parte de las generaciones anteriores— esta narrativa no ha calado en la mayoría de los colectivos juveniles. Lejos de asumir esta lógica política, las personas jóvenes han mostrado una desconfianza general hacia este tipo de polarización, optando por reivindicar sus derechos desde una perspectiva que interpela más a la cooperación. Así, cuestiones como la precariedad laboral o los problemas de acceso a la vivienda se interpretan como el resultado estructural de una transformación económica que afecta al conjunto de la sociedad. La lucha por el acceso a la vivienda ha permitido crear nuevas formas de organización, como los sindicatos de inquilinos, que definen la responsabilidad en las dinámicas del mercado y en la falta de regulación pública, y no en la tenencia de propiedades por parte de sus progenitores. En este sentido, la acción colectiva juvenil se orienta más a la construcción de alianzas con otros colectivos para repensar la solidaridad intergeneracional y un modelo de bienestar que atienda los problemas sociales que enfrentan las juventudes en el siglo XXI.

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