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Maria Olympia Conceição
Jul-Dic, 2023
-Actualizado en septiembre 2024-
Hace aproximadamente cuarenta años, en Carolina del Norte, se publicó el estudio que conceptualizó lo que hoy se conoce como racismo ambiental. ‘Toxic Wastes and Race in United States’ [1][1] United Church of Christ. Commission for Racial Justice. (1987). Toxic wastes and race in the United States: A national report on the racial and socio-economic characteristics of communities with hazardous waste sites [Residuos tóxicos y raza en Estados Unidos: Un informe nacional sobre las características raciales y socioeconómicas de las comunidades con vertederos de residuos peligrosos]. Nueva York: United Church of Christ., fue un informe realizado por el Dr. Benjamín F. Chavis Jr., quien protestó ante las autoridades por el hecho de que las instalaciones de residuos tóxicos de las ciudades estuvieran estratégicamente situadas en barrios pobres y racializados. Los resultados presentados llevaron a la conclusión de que los ciudadanos afrodescendientes y latinoamericanos estaban desproporcionadamente más expuestos a los residuos químicos y a los problemas de salud. La denuncia no solo ponía de manifiesto la injusticia medioambiental, sino que también instaba a las comunidades afectadas a organizarse para participar activamente en la construcción de soluciones.
Por desafortunado que resulte, el futuro sigue repitiendo el pasado y no estamos experimentando nada diferente. De hecho, las injusticias medioambientales basadas en la raza se han intensificado en los últimos años. Actualmente el racismo ambiental también se hace patente a través de los efectos de las catástrofes ecológicas derivadas del Antropoceno. Y son comunidades específicas las que sufren injustamente los efectos lacerantes.
Paradójicamente, en el caso de Brasil, esas mismas comunidades no solo son las más vulnerables a las catástrofes ecológicas, sino que también son las que más sufren la falta de políticas públicas destinadas a garantizar el mantenimiento y la preservación de sus formas de vida. Además, la vulnerabilidad de estas comunidades se ve agravada por su constante exclusión de los espacios de participación ciudadana, que podrían contribuir a garantizar sus derechos y ayudar a afrontar los desafíos asociados al cambio climático.
Las comunidades Yanomamis se encuentran en una situación similar. Se trata de un pueblo indígena que ha mantenido una relación de cooperación con la naturaleza. Por ejemplo, en cuanto a su sistema de plantación —que, tras uno o dos años de producción, entra en un proceso de restauración del bosque. La agricultura coivara yanomami implica la explotación de un suelo determinado seguida de su abandono, pero no produce ningún tipo de degradación ecológica del hábitat forestal [3][3] Albert, B. (1992). URIHI: Terra, economia e saúde Yanomami [URIHI: Tierra, economía y salud de los yanomami]. Brasilia: Universidad de Brasilia..
La agricultura coivara yanomami implica la explotación de un suelo determinado seguida de su abandono, pero no produce ningún tipo de degradación ecológica del hábitat forestal.
Convergencias y Controversias
Podemos afirmar que el punto de interseccionalidad entre los pueblos indígenas y las comunidades quilombolas no es solo su diversidad y su extraordinaria capacidad para preservar sus ecosistemas, sino sobre todo la forma en que padecen el racismo ambiental. Este se manifiesta en la dificultad de acceso a las políticas públicas y privadas, que dificulta el mantenimiento de su modo de vida; en la creación de parques y reservas ambientales, que muchas veces fuerza su desplazamiento; en la instalación de infraestructura urbana y carreteras, que propaga enfermedades; y en la explotación minera, que vuelve más vulnerables a las comunidades en términos de libertad física y sexual [4][4] Bedinelli, T. (2022). ‘¿Por qué los garimpeiros comen las vaginas de las mujeres Yanomami?’. Sumaúma. Disponible aquí: https://sumauma.com/es/por-que-os-garimpeiros-comem-as-vaginas-das-mulheres-yanomami/. Y, sobre todo, en la dificultad de demarcar las tierras habitadas por estos grupos de personas, así como la constante contaminación de los ríos y la falta de acceso al agua.
Gran parte de estas actividades están motivadas por lo que David Kopenawa, chamán y portavoz de las comunidades Yanomami, denomina «pasión por la mercancía» [5][5] Kopenawa, D., & Albert, B. (2013). La caída del cielo: Palabras de un chamán yanomami. Madrid: Capitán Swing.. Lo que, según los conceptos occidentales, equivaldría al conocido Antropoceno: «Los hombres blancos, no satisfechos con el daño que han hecho a su propia tierra, donde ya no queda casi nada de bosque y ya no pueden beber el agua de sus ríos, ahora quieren hacer lo mismo con nuestra tierra» [6][6] Ídem, pág. 408.. La profundidad de este discurso confirma argumentos esgrimidos anteriormente por algunos autores sobre el hecho de que, en realidad, el Antropoceno y el racismo son fenómenos interconectados con hondas raíces en el colonialismo [7][7] Pulido, L. (2018). Racism and the Anthropocene [Racismo y Antropoceno]. En G. Mitman, M. Armiero & R. Emmett (Ed.), Future Remains: A Cabinet of Curiosities for the Anthropocene [Restos del futuro: Una gaveta de curiosidades para el Antropoceno]. Chicago: University of Chicago Press..
Nos encontramos en una era de colapso originado por las recientes actividades humanas, que han llevado al planeta al borde de una crisis climática de la que no hay retorno [8][8] Heiber, R. La geopolítica y los limites generativos de lo ingobernable. Metapolis V3, N2. Disponible aquí: https://metapolis.net/es/project/la-geopolitica-y-los-limites-generativos-de-lo-ingobernable/. En la búsqueda del principio del fin, algunos investigadores e investigadoras han entendido que el Antropoceno, este camino de una solo vía en el que vivimos, tiene su origen hace aproximadamente quinientos años. Casualmente, este viaje en el tiempo nos lleva a la época correspondiente a las actividades del colonialismo, que se sustentaron en el genocidio de las comunidades originarias, la expropiación de sus tierras y la trata internacional de la población africana. Es decir, el mismo periodo histórico en que se consolidó el racismo.
El sometimiento, la expropiación y la explotación territorial, basados en la consideración de un «Otro» étnico y confirmado por corrientes filosóficas morales como las kantianas, proporcionaron la justificación necesaria para el emprendimiento del colonialismo. En este sentido, como bien señala el filósofo indígena A. Krenak [9][9] Krenak, A. (2019). Ideias para adiar o fim do mundo [Ideas para aplazar el fin del mundo]. São Paulo: Companhia das Letras., fue la idea de que los blancos podían salir a colonizar el resto del mundo —basada en la premisa de que existía una humanidad ilustrada que necesitaba aportar una «luz increíble» a una humanidad oscurecida—, la que orientó estrategias que, como estamos observando, no son en absoluto sostenibles para la vida en la Tierra. Posteriormente, la articulación entre racismo y capitalismo ha intensificado los problemas medioambientales, ya que procesos como la industrialización y la urbanización, a menudo racializados, han contribuido a la continuación de la degradación medioambiental.
Las soluciones institucionales a menudo ignoran el conocimiento ancestral de los pueblos que tienen una relación orgánica con la tierra.
Se trata de un error de enfoque equiparable a la generalización de la responsabilidad por el cambio climático que, basada en la imposición de una idea de humanidad homogénea, niega la pluralidad de formas de vida, existencia y hábitos [11][11] Ibidem.. Muchos discursos hegemónicos reproducen la noción de que reparar el daño ambiental es una responsabilidad universal, ignorando las desigualdades históricas y las disparidades de poder global. Es por ello por lo que estamos asistiendo a un esfuerzo progresivo por incluir a personas racializadas en foros internacionales como la Conferencia de las Naciones Unidas sobre el Cambio Climático (COP) aunque, en casos como el de Brasil, este avance aún no haya encontrado suficiente eco en los debates nacionales.
A este respecto, la creación de acuerdos de trabajo mutuo o de directrices presupuestarias participativas se ve a menudo obstaculizada por la falta de información sobre las personas que participan. Por ejemplo, el último informe del Gobierno brasileño sobre el Plan Plurianual Participativo de 2023 [12][12] Brasil, Informe del Plan Plurianual Participativo, 2023. no ofrece detalles sobre los perfiles étnicos ni otra información sobre quién participó en la iniciativa. Otro ejemplo es el de las audiencias organizadas por la Corte Suprema para definir la demarcación temporal de los territorios indígenas: la ausencia de representación indígena en la última audiencia de conciliación provocó, según el acta emitida por el propio organismo, que ni siquiera se pudiera alcanzar un acuerdo sobre las fechas de las reuniones de trabajo.
Traducir la deliberación en acción
Dadas las controversias que impregnan el debate sobre este modelo de democracia ambiental, podemos ver que el patrón está marcado por la exclusión. Por ello, es necesario considerar los dispositivos deliberativos, propugnados por la actual teoría de la democracia deliberativa, como una posible forma de ampliar la participación ciudadana. Si descolonizamos —y nos inspiramos— en los principios de la reciente Bauhaus Global, que pretende abordar problemas complejos de forma colaborativa y contextualizada, podríamos considerar la deliberación como una alternativa para resolver estas controversias.
Los discursos hegemónicos reproducen la noción de que reparar el daño ambiental es una responsabilidad universal, ignorando las desigualdades históricas y las disparidades de poder global.
El núcleo de este debate reside en lo que Banerjee [13][13] Banerjee, S.B. (2022). ‘Decolonizing Deliberative Democracy: Perspectives from Below’ [Descolonizar la democracia deliberativa: Perspectivas desde abajo]. J Bus Ethics. define como «posibilitar e imaginar alternativas contrahegemónicas para una democratización de la democracia desde abajo». En este sentido, la cultura deliberativa de las comunidades que han sido marginadas ya está construyendo esta democratización. La cultura deliberativa indígena y las prácticas orales quilombolas, por ejemplo, ya están redistribuyendo recursos y discutiendo mejores condiciones de vida en sus territorios y son las mujeres las principales protagonistas de esta esfera pública no restringida.
Las mujeres Yanomamis deliberan sobre sus planes de gestión territorial en reuniones anuales desde 2008. Al mismo tiempo, las mujeres quilombolas utilizan tradiciones orales ancestrales para proteger sus territorios y mantener vivas sus costumbres desde el momento en que los primeros núcleos empezaron a ser creados. Ambas prácticas revelan un compromiso colectivo para encontrar soluciones a los problemas que afectan a estas comunidades y demuestran cómo el aparato institucional a menudo no permite nuevas formas de invención, creación, existencia y libertad [14][14] Krenak, A. (2019). Ideias para adiar o fim do mundo [Ideas para aplazar el fin del mundo]. São Paulo: Companhia das Letras..
Sin embargo, cuando analizamos cómo llegan las demandas de estas comunidades al poder Ejecutivo, identificamos la dificultad de acceso a diálogos efectivos y la constante invalidación de sus discursos, así como la falta de reconocimiento de sus conocimientos. Tanto las Yanomamis como las quilombolas utilizaron cartas [15][15] Poderes Pretos. (2023). ‘Em tom de socorro, mãe e filha denunciam em carta a Lula violação de direitos no Quilombo Rio dos Macacos’ [En una petición de ayuda, madre e hija denuncian la violación de derechos en el Quilombo Rio dos Macacos en una carta a Lula]. Midia Ninja. Disponible aquí: https://midianinja.org/em-tom-de-socorro-mae-e-filha-denunciam-em-carta-a-lula-violacoes-de-direitos-no-quilombo-rio-dos-macacos/[16][16] Araújo, F. (2023). ‘XIV Encontro de Mulheres Yanomami discute crise na saúde: «grávidas bebem água com doença»’ [El XIV Encuentro de Mujeres Yanomami aborda la crisis sanitaria: «las embarazadas beben agua con enfermedades»]. Instituto Socioambiental. Disponible aquí: https://www.socioambiental.org/noticias-socioambientais/xiv-encontro-de-mulheres-yanomami-discute-crise-na-saude-gravidas-bebem para ser escuchadas, lo que demuestra la falta de interés por establecer puentes de comunicación desde el Gobierno. Esto ilustra también «la ausencia» que caracteriza a nuestra época, según Krenak. Una ausencia del sentido de vivir en sociedad y del sentido de la propia experiencia de la vida que conduce constantemente a la intolerancia, y que segrega políticamente a quienes aún son capaces de experimentar el placer de estar en sintonía con la Tierra [17][17] Krenak, A. (2019). Ideias para adiar o fim do mundo [Ideas para aplazar el fin del mundo]. São Paulo: Companhia das Letras..
Como consecuencia de esta exclusión, la implementación de políticas públicas adecuadas orientadas a estos colectivos, así como los enfoques de reparación ecológica, son insuficientes para prevenir el daño y el persistente racismo ambiental. Esto se debe a que muchas de estas medidas no se han construido auténticamente sobre el conocimiento y con la participación de estas comunidades. Esto no significa en ningún caso proyectar una posición neocolonialista que explote los recursos y conocimientos indígenas, ni que sean las comunidades quilombolas, que día a día cultivan sus valores, las que definan una solución a todo este ciclo de problemas causados por un ideal de humanidad que no coincide con sus principios. Se trata de defender, muy por el contrario, la necesidad de formas alternativas de vincular las decisiones locales, por medio de acuerdos mutuos ideados por las propias comunidades.
La forma deliberativa que adoptan estos colectivos, al combinar cultura, alteridad y prácticas políticas, puede no solo dinamizar la escena pública, sino hacerla verdaderamente democrática.
El autogobierno ya está siendo aplicado en estas comunidades, a través de la deliberación interna basada en ideas de igualdad, inclusión y, sobre todo, cooperación; principios esenciales no solo para construir políticas participativas, sino también para desafiar el marco antropocéntrico que constantemente trata de imponer una cultura única invalidando el conocimiento alternativo. No se trata de apropiarse de los conocimientos de estas comunidades y marginar a sus creadores, sino de dar a estas personas la oportunidad de ser protagonistas de sus propias políticas y de que sus conocimientos sean reconocidos y valorados en la esfera pública. Es hora de discutir el carácter vinculante de las decisiones que se toman en estos espacios.
Diversos estudios han demostrado que los mecanismos institucionales de participación ciudadana existentes a menudo reproducen las desigualdades sociales. No todas las comunidades y grupos cuentan con los recursos financieros y el tiempo necesarios para participar activamente en procesos deliberativos que tienen lugar en la esfera pública según un parámetro rawlsiano: situado en el Estado y sus organizaciones, así como en la esfera jurídica y las instituciones legales [18][18] Benhabib, S. (2006). Las reivindicaciones de la cultura: Igualdad y diversidad en la era global. Buenos Aires: Katz Editores., con cánones occidentales de interpretación.
Por lo tanto, es pertinente considerar que las innovaciones democráticas resignificadas —cuando no originadas— por las comunidades indígenas y quilombolas, aunque muchas veces silenciadas, representan una forma de hacer política que puede contribuir significativamente a los debates sobre la construcción de políticas públicas y al abordaje de las causas de las emergencias ambientales. Como ya se ha mencionado, no se trata de hacer frente a las consecuencias, sino de remediar las causas a través de la capacidad que las cosmovisiones de estos grupos humanos pueden aportar para transformar lo que entendemos por desarrollo.
Si la deliberación actúa como un proceso de formación de opinión [19][19] Ibidem., la forma deliberativa que adoptan estos colectivos, al combinar cultura, alteridad y prácticas políticas, puede no solo dinamizar la escena pública, sino hacerla verdaderamente democrática. Siendo Brasil un país culturalmente diverso, no tiene sentido que nuestro debate público siga modelos del Norte Global sobre lo que significa hacer política. Los espacios políticamente abiertos y las nuevas formas de participación pueden enfatizar y enseñarnos a ser lo que Krenak denomina «personas colectivas» [20][20] Krenak, A. (2019). Ideias para adiar o fim do mundo [Ideas para aplazar el fin del mundo]. São Paulo: Companhia das Letras.. Según el filósofo, las personas pueden ser células que transmitan a través del tiempo sus visiones del mundo.
Nuevas narrativas democráticas
Sanear la democracia significa crear democracias que funcionen [21][21] Shetty, S., & Waraich, O. (2023). Por qué las democracias deben cumplir. Metapolis V4, N1. Disponible aquí: https://metapolis.net/es/project/por-que-las-democracias-deben-cumplir/. Y antes de que los escépticos critiquen como utópicos los argumentos sostenidos, y consideren que hablar de democracia deliberativa basada en principios indígenas o quilombolas es algo que escapa a la realidad, deberían tener en cuenta el ejemplo de los gram sabhas indios [22][22] Rao, V., & Sanyal, P. (2010). Dignity through Discourse: Poverty and the Culture of Deliberation in Indian Village Democracies [La dignidad a través del discurso: La pobreza y la cultura de la deliberación en las democracias ruralesindias]. ANNALS of the American Academy of Political and Social Science.. Estas iniciativas son asambleas deliberativas garantizadas constitucionalmente que ofrecen a las comunidades locales un espacio dentro de sus propias aldeas para ejercer su voz y su agencia.
Mientras no narremos y construyamos la democracia latinoamericana sobre la base de la diversidad étnica y cultural, no saldremos del círculo vicioso.
Se trata de órganos que funcionan como asambleas legislativas comunitarias, pero también desempeñan un papel restaurador, democratizador y facilitador de la rendición de cuentas. Uno de los resultados observados en investigaciones anteriores es que la creación de esta cultura de participación cívica entre estos grupos económica y socialmente desfavorecidos, ha hecho que las personas implicadas estén más informadas sobre la acción del Gobierno. De esta forma, el debate sobre los consejos locales para la participación efectiva, o la vinculación de prácticas deliberativas indígenas y/o quilombolas, podría reconstruir la esfera pública brasileña de forma colaborativa, reparando años de segregación. La deliberación, como proceso de resolución colectiva de problemas, solo puede tener legitimidad y validez a partir de la pluralidad de voces y de la confrontación de diferentes perspectivas. Por lo que resulta absolutamente imprescindible la participación de diferentes grupos.
Vincular y reforzar la práctica deliberativa de estas comunidades de manera que puedan expresar sus opiniones y experiencias en primera persona y hacer visibles sus diferentes perspectivas raciales, ecológicas y políticas; proporcionará respuestas más realistas y eficaces a los problemas medioambientales que son también sociales. Si las comunidades indígenas y quilombolas llevan siglos adoptando sus propios mecanismos deliberativos y buscando sus propias soluciones, es precisamente porque sufren de manera directa los efectos de las decisiones tomadas por otros. Mientras no narremos y construyamos la democracia latinoamericana sobre la base de la diversidad étnica y cultural, no saldremos del círculo vicioso de propuestas poco prácticas para problemas que en realidad desconocemos.
La pregunta que queda abierta es: ¿quién teme que los pueblos indígenas y quilombolas de Brasil puedan tomar sus propias decisiones? ¿Quién teme la soberanía de estas comunidades?
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