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Irene López
Este séptimo volumen de Metapolis llega en una coyuntura que, incluso para los estándares acelerados de los últimos años, resulta particularmente histórica. La vieja arquitectura del orden liberal de posguerra —ya resquebrajada por la crisis financiera de 2008, aun más maltrecha por la pandemia y devastada por el regreso de la guerra abierta al continente europeo— se está descomponiendo ahora en tiempo real. Estados Unidos (EE. UU.), que en su día se autoproclamó garante de un sistema internacional basado en normas, ha anunciado oficialmente el fin de ese papel: tal y como lo expresó claramente la evaluación de riesgos para 2026 del Centro Stimson, la propia Estrategia de Seguridad Nacional de Washington declara actualmente que «los días en que Estados Unidos sostenía todo el orden mundial, como Atlas, han terminado». Aún no está claro qué sustituirá a ese orden. Lo que sí está claro es que el vacío que deja se está llenando con la fuerza bruta, la explotación, el miedo y, en algunos rincones del mundo, con notables actos de valentía colectiva.
Geografía y doctrina de la atrocidad
Esa maquinaria tiene una geografía. Sus rutas migratorias atraviesan el Darién, el Sáhara y las aguas entre Libia y Lampedusa. Sus centros de detención se están abarrotando en Lesbos y en la frontera sur de Estados Unidos. En este último, el Servicio de Inmigración y Control de Aduanas (ICE, por sus siglas en inglés) ha más que duplicado su plantilla, llevando a cabo lo que la administración Trump describe abiertamente como la mayor operación de deportación interna de la historia del país —una operación que ya se ha cobrado víctimas mortales, entre ellas Renee Good, una ciudadana estadounidense abatida a tiros por un agente del ICE en Minneapolis en enero de 2026. Las tácticas empleadas en estas operaciones —las redadas puerta a puerta, el terror ante la mera presencia policial, la criminalización del asilo— no son nuevas para quienes han vivido bajo operativos similares en las favelas de Río de Janeiro o en las banlieues de las ciudades francesas. No son nuevas, pero se están importando, perfeccionando y ampliando.
Como ejemplos desgarradores de este perfeccionamiento de la barbarie destacan las miles de personas que están siendo carbonizadas en Gaza a manos de armas de calor extremo. Se les ha dado en llamar los «evaporados», pues desaparecen sin dejar rastro [1].[1] Al Jazeera. (10 de febrero de 2026). Israel utilizó en Gaza armas que hicieron que miles de palestinos se evaporaran. Disponible aquí: https://www.aljazeera.com/features/2026/2/10/israel-used-weapons-in-gaza-that-made-thousands-of-palestinians-evaporate Las municiones térmicas y las armas termobáricas que está empleando el ejército israelí son capaces de alcanzar temperaturas de hasta 3 mil 500 grados centígrados, reduciendo la materia orgánica a cenizas o fragmentos mínimos. Es la sofisticación de la barbarie, un perfeccionamiento de los métodos de muerte orientado no solo a matar en masa —a matar más y mejor—, sino a infligir todo el dolor posible. Al no dejar ni siquiera un cadáver que identificar, estas armas de última generación no solo maximizan el sufrimiento, sino que también destruyen las pruebas: el cuerpo del delito también desaparece. En aquellos casos en los que sí hay un cadáver del que despedirse, el tormento también puede continuar de otras formas: recientemente hemos visto cómo un grupo de colonos israelíes obligó a una familia palestina a exhumar un cadáver del cementerio y enterrarlo en otro lugar [2].[2] Al Jazeera. (9 de mayo de 2026). Unos colonos israelíes obligan a una familia palestina a exhumar y volver a enterrar a su padre. Disponible aquí: https://www.aljazeera.com/news/2026/5/9/israeli-settlers-force-palestinian-family-to-exhume-and-rebury-their-father El apartheid continúa post-mortem; la crueldad no tiene fin.
Mientras tanto, la lucha por los recursos sigue reorganizando el mapa mundial. Los minerales de Groenlandia, el petróleo y el litio de Venezuela, el coltán de la República Democrática del Congo… No son meras circunstancias de fondo de las crisis políticas descritas en este volumen: son su motor. Las descaradas insinuaciones de la Administración Trump hacia Groenlandia y su agresión militar contra Venezuela en enero de 2026 no son aberraciones de una tradición de política exterior. Son, como argumentan extensamente varios de los colaboradores de este volumen, una continuación directa de doctrinas —Monroe, el destino manifiesto, la diplomacia de los cañones— que nunca desaparecieron realmente. Simplemente adoptaron formas diferentes durante las décadas en las que la arquitectura multilateral las consideró poco diplomáticas.
Cartografía de un mundo en resistencia
Lo que llama la atención de este momento concreto —y lo que los editores de este volumen consideran a la vez urgente y esperanzador— es que la arrogancia que impulsa estas acciones se está enfrentando a una resistencia clara, sin precedentes tanto por su alcance como por su carácter internacionalista. Desde los campus universitarios de Estados Unidos hasta las asambleas de barrio en América Latina, desde las comunidades de la diáspora que se organizan en ciudades europeas hasta los movimientos indígenas que defienden territorios en todo el Sur Global, una generación está conectando sus luchas locales con un análisis global compartido. La Global Sumud Flotilla, en la primavera de 2026, movilizó más de un centenar de embarcaciones y cientos de camiones por tierra para romper el asedio a Gaza —no como un gesto simbólico o amateur, sino como una presencia civil seria, sostenida y profesional. Así es la resistencia cuando se niega a dejarse encasillar para hacerse legible.
Del mismo modo que el «orden internacional basado en normas» autorizó invasiones militares, la memoria del Holocausto también ha amparado el genocidio.
Con este espíritu se han reunido los seis artículos que componen este volumen. Abordan el tema desde diferentes geografías y disciplinas, pero comparten el compromiso de reflexionar sobre las condiciones estructurales que generan los frentes de lucha, en lugar de limitarse a describir las propias trincheras. Juntos, conforman una cartografía del mundo en llamas—y de las fuerzas que, en su interior, intentan encontrar otro camino.
Ana María Larrea abre el volumen con una radiografía del capitalismo y de algunos de sus efectos: la necropolítica, el gobierno de los millonarios, la reprimarización de las economías latinoamericanas, la extracción y la violencia. En Un pueblo que se convirtió en río: La disputa por los bienes comunes en Ecuador la exviceministra narra algunos hitos históricos que vivió en primera persona y cuya relevancia hizo que trascendieran mucho más allá del pequeño país andino: tanto el reconocimiento constitucional de los Derechos de la Naturaleza como el planteamiento de la corresponsabilidad internacional para la protección y no explotación de la selva del Amazonas, fueron iniciativas pioneras en la salvaguarda de los espacios naturales y el medio ambiente. Sin embargo, lo que deja muy claro la autora es que todos estos caminos fueron abiertos desde abajo y en colectivo: quien está defendiendo en primera línea el patrimonio natural de nuestro planeta es la sociedad civil organizada. Los pueblos indígenas, los defensores y defensoras de los ecosistemas, los vecinos y vecinas que se movilizan en Azuay, formando ríos humanos y reclamando su derecho al agua. En ese sentido, resulta elocuente que a los activistas que se oponen a los proyectos mineros en esta región del austro ecuatoriano se les llame «comuneros». El término en realidad hace referencia a las comunas, una forma tradicional de organización comunitaria e indígena protegida constitucionalmente en el Estado descentralizado de Ecuador; pero resulta simbólico porque bien podrían ser comuneros de «bienes comunes». Pues si algo demuestra el artículo de Larrea es que son ellos y ellas, a la cabeza de las luchas ecologistas, y aun enfrentando persecución y criminalización, quienes, por todo el mundo, están protegiendo los bienes comunes de toda la humanidad.
Jaume Asens continúa el volumen con una contribución tan rigurosa desde el punto de vista filosófico como urgente desde el político. En Alemania y el Holocausto: la memoria como dogma y como arma, Asens —filósofo, político y actual miembro del Parlamento Europeo— traza la larga genealogía mediante la cual la memoria del Holocausto, nacida como un imperativo ético de no repetir jamás, se convirtió gradualmente en un instrumento político: una fuente de lo que él denomina «capital moral» que otorgó a Israel una exención de los criterios aplicados a todos los demás Estados, y que transformó el deber de recordar en un mecanismo de impunidad. Basándose en la obra de Norman Finkelstein, Hannah Arendt y Enzo Traverso, entre otros, Asens muestra cómo la particular forma en que Alemania ha asumido su pasado —que durante décadas pareció representar un modelo de responsabilidad histórica— codificó, de facto, un filosemitismo funcional que veneraba al Estado israelí militarizado, al tiempo que fracasaba por completo a la hora de extender los imperativos éticos de la memoria del Holocausto a otros pueblos deshumanizados. El resultado, sostiene, es un país que construyó museos enteros para enseñar a sus hijos a no repetir la barbarie, al tiempo que se alía con un Estado que aplica los mecanismos del castigo colectivo y la violencia racializada al pueblo palestino. Fundamentalmente, Asens relaciona esto con el pasado colonial no asumido de Alemania —el genocidio de los pueblos herero y nama en Namibia, donde se testaron prácticas que más tarde reaparecerían en Europa— y sostiene que la incapacidad de afrontar esa genealogía anterior ha dejado un vacío moral que hoy resurge con violencia. Se trata de un artículo necesario e incómodo. Nos invita a todos a examinar qué memoria protegemos, quién soporta el coste de la redención de quién, y qué ocurre cuando la memoria deja de cuestionar el presente y, en cambio, comienza a blindarlo.
John Ralston Saul aporta al volumen una perspectiva que es a la vez de gran profundidad histórica y de un presente muy acuciante. En Compasión tenaz: Una nueva independencia canadiense, el filósofo y escritor canadiense sostiene que la actual confrontación existencial de Canadá con la presión imperialista de EE.UU. no es ni sorprendente ni, en última instancia, insuperable —siempre que los canadienses estén dispuestos a ser honestos sobre cómo han llegado hasta aquí. Con su rigor e ingenio característicos, Saul traza una línea que va desde la compasión fundacional de LaFontaine y el Gran Ministerio de Baldwin de 1848, pasando por los repetidos fracasos de la soberanía económica canadiense —el presupuesto de Gordon de 1963, la capitulación en las elecciones de 1988 sobre el libre comercio— hasta el momento actual, en el que 40 años de profunda integración en la economía estadounidense han dejado a Canadá estructuralmente expuesta a un vecino que, sencillamente, ha cambiado de opinión sobre lo que esa relación significa para él. El argumento de Saul no es nostálgico; es exigente. Insiste en que la complejidad multilingüe de Canadá, su diversidad y su continuidad democrática no son sentimentalismos, sino activos estratégicos —activos que requieren, ahora, el valor para ser puestos en práctica. Su análisis de cómo funcionan los imperios —normalizando lo antes impensable mediante la repetición, invocando antes de actuar— resuena mucho más allá de las fronteras de Canadá, y su referencia al recordatorio de Voltaire de que el ridículo es el arma más eficaz de la democracia contra el autoritarismo resulta tan oportuna como necesaria. La historia de Groenlandia —donde una pequeña población desarmada dejó en ridículo al segundo hombre más poderoso del mundo— es, según sugiere, un modelo a seguir: pueblos pequeños, desarmados, que se mantienen firmes y obligan a la retirada. Este es un texto sobre la compasión como práctica política, no como sentimiento. Merece ser leído como tal.
Sí, la horca ha vuelto, pero eso no es todo: también han vuelto los espectáculos imperiales de violencia.
Lorena Fréitez Mendoza escribe desde el interior de la crisis venezolana con la precisión de quien lleva años reflexionando sobre su estructura. En Reconstruir el dique-nación frente al imperialismo radicalizado: desafíos desde Venezuela, la exministra plantea una tesis a la vez clásica y urgentemente contemporánea: el imperialismo solo puede avanzar verdaderamente sobre una nación que ya se ha desmoronado como comunidad política. Basándose en Gramsci, Turchin y la historia venezolana desde Bolívar hasta Chávez y más allá, Fréitez Mendoza sostiene que el ataque militar estadounidense del 3 de enero de 2026 —un acontecimiento sin precedentes en la historia republicana venezolana— no fue simplemente el producto de la ambición imperial estadounidense, sino la consecuencia estructural de una década de disolución nacional: la hemorragia de la diáspora, la fragmentación de la base social chavista, la transformación de un proyecto revolucionario en una exigencia de lealtad en lugar de un espacio de participación. Su análisis rechaza los consuelos fáciles que ofrecen ambos bandos de la división política venezolana e insiste, en cambio, en las condiciones necesarias para una auténtica reconstrucción nacional: deliberación, participación y la paciente reconstrucción de una comunidad política capaz de gobernarse a sí misma. En un mundo en el que se acelera la recolonización del Sur Global, su argumento de que la nación —entendida como un esfuerzo colectivo, no como un proyecto étnico o autoritario— sigue siendo el principal instrumento de resistencia contra el despojo tiene un peso que va mucho más allá de Venezuela.
Zeidon Alkinani contribuye al volumen con un análisis estructural de la geopolítica árabe que, por su ambición y claridad diagnóstica, constituye uno de los análisis más cruciales y valientes de esta cuestión apremiante. En El existencialismo árabe frente a las rivalidades regionales, Alkinani describe la condición que denomina «regionalismo penetrado»: la dinámica por la que la fragmentación estratégica árabe —arraigada en la cartografía colonial, el auge y la caída del panarabismo y los fracasos institucionales de la Primavera Árabe— se ha convertido en la condición estructural que tres potencias regionales no árabes —Irán, Israel y Turquía— explotan y perpetúan activamente. Basándose en la teoría del complejo de seguridad regional, el marco de «equilibrio de amenazas» de Walt y los estudios sobre regionalismo comparativo, sostiene que el multilateralismo árabe ya no es meramente una aspiración regional, sino un requisito sistémico global: la ausencia de un actor colectivo árabe coherente genera riesgos económicos y de seguridad que se extienden a los mercados energéticos, los puntos de estrangulamiento marítimos y los flujos de capital globales. El conflicto entre Irán e Israel de 2026 y sus efectos en cadena sobre el estrecho de Ormuz sirven como prueba en tiempo real. La arquitectura propuesta por Alkinani —cinco pilares de un multilateralismo árabe estructurado, vinculantes en ámbitos específicos de alto riesgo sin requerir la resolución previa de todas las disputas bilaterales— es una propuesta institucional seria, no una visión utópica. Su formulación final apunta al epicentro de la cuestión: la elección estratégica más trascendental del mundo árabe en la próxima década no es con qué potencia externa aliarse, sino si presentarse como un actor con capacidad de acción colectiva o como un terreno en el que se disputan los proyectos ajenos.
Eva Saldaña Buenache cierra el volumen con Trincheras de esperanza: ecotopías en un mundo al revés, un artículo que se niega a abordar la crisis climática y las guerras de las que se habla en los demás artículos como emergencias independientes. Escribiendo mientras el Arctic Sunrise de Greenpeace navega para apoyar a la Global Sumud Flotilla, la directora ejecutiva de la organización ecologista para España y Portugal, bautizará a la lógica que conecta estas crisis como «colonialismo fósil»: una doctrina en la que la invasión de Venezuela, las presiones sobre Groenlandia, el sitio de Cuba y la guerra contra Irán convergen, y no por casualidad, en las últimas reservas mundiales de combustible que el planeta no puede permitirse quemar. De acuerdo con Saldaña, la descarbonización no es un mero complemento medioambiental para la construcción de paz, sino su condición necesaria. La desmilitarización del mundo, sostiene, es indisociable de abolir nuestra adicción a la energía fósil. Asienta esta afirmación en la devastación ecológica documentada de Gaza, donde la mayor parte de las tierras agrícolas han sido inutilizadas y la mayor parte del agua disponible, envenenada. Argumenta así que no puede haber justicia climática en un territorio ocupado y militarizado. Pasando a modo propositivo, la autora perfila la hoja de ruta de Greenpeace para la Península Ibérica, que incluye la autosuficiencia energética, el transporte público como pilar del Estado del bienestar, la rehabilitación masiva de viviendas, la soberanía alimentaria y un parlamento ciudadano permanente, como prueba de que la alternativa no es utópica, sino que puede construirse desde ya. Su breve conclusión a favor de un «escudo social verde», el cuidado como estrategia política y la resistencia ante la criminalización de la protesta mediante demandas SLAPP redondean un texto que se lee menos como un manifiesto y más como un plan de trabajo para una «ecotopía activista».
El retorno del circo romano: colapso moral y descivilización
Hay que disputar constantemente los marcos morales a quienes pretenden utilizarlos como arma.
Al leer estos seis artículos en conjunto, surgen varios hilos conductores que se antojan casi la firma intelectual de este momento histórico concreto. Un momento atávico y sangriento, que ha traído de vuelta las palabras con las que el filósofo británico Jonathan Glover describió el siglo XX:
«Nuestros orígenes siguen desfigurándonos. Seguimos viviendo en tribus con epidemias aparentemente interminables de matanzas mutuas. Nuestros sistemas políticos, diseñados para contener la violencia, siguen fallándonos en su conjunto. El festival de crueldad continúa (…)» [3].[3] Glover, J. (2001). Humanidad e inhumanidad: Una historia moral del siglo XX. Cátedra.
En primer lugar, nos encontramos ante el colapso de la inmunidad moral. En las seis contribuciones, en diferentes registros y geografías, hallamos la misma dinámica: los marcos que se suponía que debían prevenir la repetición de las atrocidades se han vuelto en contra de ese propósito. La memoria del Holocausto amparó el genocidio. El «orden internacional basado en normas» autorizó invasiones militares. Gobiernos elegidos democráticamente llevaron a cabo operaciones que, bajo cualquier otro nombre, serían calificadas de terrorismo de Estado.
Si, según el filósofo español Ortega y Gasset, «la civilización no es más que el intento de reducir la fuerza a un último recurso» [4],[4] Ortega y Gasset, J. (1994). La rebelión de las masas. Alianza Editorial. (Obra original publicada en 1930). debemos aceptar que la humanidad ha fracasado. Vivimos en un presente tan violento y deshumanizado que podríamos decir que estamos inmersos en un proceso de descivilización. Por citar solo un ejemplo —aunque elocuente—, el mundo ha sido testigo recientemente de cómo el ministro de Seguridad Nacional israelí, con una tarta de cumpleaños decorada con una horca [5],[5] CNN. (4 de mayo de 2026). El ministro israelí Itamar Ben-Gvir celebra su cumpleaños con una tarta con forma de horca. Disponible aquí: https://edition.cnn.com/2026/05/04/world/video/israeli-minister-celebrates-birthday-noose-digvid-vrtc celebraba la aprobación por parte de la Knesset de la pena de muerte para los presos palestinos —entre ellos, miles de niños— mediante este método medieval. Sí, la horca ha vuelto, pero eso no es todo: también han vuelto los espectáculos imperiales de violencia. Mientras vemos cómo los bombardeos en el Líbano son retransmitidos en pantallas gigantes para deleite de los colonos israelíes [6],[6] Middle East Eye (22 de mayo de 2026). Unas imágenes muestran a israelíes viendo un vídeo de los bombardeos en el Líbano en una pantalla gigante. Disponible aquí: https://www.instagram.com/reels/DYoaQAGjtNP/ no podemos dejar de recordar el circo humano al que asistían las élites romanas hace veinte siglos. En aquel entonces, el entretenimiento consistía en ver cómo una bestia salvaje despedazaba a un esclavo o a un prisionero; ahora, las masas sionistas disfrutan en directo de los efectos especiales de la misma limpieza étnica que están perpetrando.
La Comisión Nacional sobre la Desaparición de Personas (CONADEP), que investigó los crímenes cometidos por la dictadura militar argentina de la década de 1970, tituló su informe final «Nunca más» [7],[7] Comisión Nacional sobre la Desaparición de Personas (1984). Nunca más: Informe de la Comisión Nacional sobre la Desaparición de Personas. Equipo Nizkor / DerechosHumanos.net. Disponible aquí: http://www.derechoshumanos.net/lesahumanidad/informes/argentina/informe-de-la-CONADEP-Nunca-mas.htm. con la intención de que tales torturas y crueldades no se repitieran jamás. La página de la historia de la humanidad en la que nos encontramos ahora mismo es tan oscura que parece como si hubiéramos reabierto deliberadamente ese manual: aquellos horrores no solo se están repitiendo en las celdas y las cámaras de tortura de Palestina, sino que, a diferencia de lo que ocurría en el siglo pasado, se conocen, se difunden y se toleran. No hace falta esperar a que se organice una Comisión de la Verdad o a que se celebren los Juicios de Núremberg; el mundo actual es mucho más transparente. Esta vez no hay lugar a dudas sobre si quienes vivían cerca de los campos de concentración sabían a qué se debían el humo, el hedor e incluso los mechones de pelo que llegaban hasta sus hogares. Esta vez —como se ha dicho hasta la saciedad— estamos viendo en tiempo real lo que hacen Trump y Netanyahu.
Sin embargo, la respuesta a este panorama desolador no puede ser el nihilismo. La lección que extraen los colaboradores de este volumen es que hay que disputar constantemente los marcos morales a quienes pretenden utilizarlos como arma; y que este arrebatamiento es en sí mismo una forma de política, que requiere valor y precisión a partes iguales.
Construyendo con escombros: hacia una resistencia nacional, global y estructural
El tercer hilo conductor, que discurre silenciosamente bajo los seis artículos, es lo que describiríamos como el retorno de la nación como espacio de resistencia. No la nación como exclusión, ni como jerarquía étnica o alarde militar, sino la nación como comunidad política capaz de deliberar, organizarse y defender sus recursos colectivos y su dignidad. Fréitez Mendoza es explícita al respecto; Alkinani lo argumenta desde un punto de vista estructural para el mundo árabe; Saul insiste en ello desde la perspectiva de Canadá con la fuerza de quien ha visto a su país caminar sonámbulo hacia su propia disolución; Larrea lo demuestra desde el nivel local y vecinal. Incluso Asens, en su crítica a la instrumentalización de la memoria nacional, da a entender su corolario: que la memoria genuina, verdaderamente universalizada, podría ser el fundamento de una política que proteja de verdad toda vida deshumanizada. Por último, Saldaña lo materializa en un horizonte regional y comunitario que debería situar la vida —y el trabajo de cuidados que la sostiene— en el centro.
Nos encontramos en una encrucijada en la que los resultados aún no son claros. El viejo orden se está desmoronando, pero lo que surgirá de tal descomposición es una verdadera incógnita. Las fuerzas de la extracción, la coacción y la restauración imperial son reales, cuentan con abundantes recursos y operan a gran escala. Pero también son reales las fuerzas de la resistencia: en las flotillas, en las acampadas universitarias, en las asambleas de barrio, en el paciente trabajo intelectual de investigadores y activistas como los que se reúnen en este volumen. La pregunta —y es la pregunta— es si esas fuerzas podrán encontrar formas de solidaridad y coordinación acordes a la magnitud de lo que enfrentan.
No ha habido un momento más acuciante para construir esas nuevas formas. Y no ha habido un momento más importante para que una publicación como esta —decidida a poner el pensamiento de expertos, activistas y académicos de todo el mundo al servicio de una ciudadanía global activa y comprometida— realice su labor con seriedad y sin llamarse a engaño.
Al igual que aquellas jóvenes de Gaza que fabrican ladrillos mezclando escombros con arcilla, cenizas y vidrio [8],[8] BBC News. (13 de mayo de 2026). Unas hermanas de Gaza ganan un premio por convertir los escombros en ladrillos reutilizables. Disponible aquí: https://www.bbc.com/news/articles/ce8p7vngmp3o nos corresponde a nosotros recoger los fragmentos de la destrucción e intentar reconstruir a partir de ellos. Tanto en sentido literal como figurado, debemos pasar de la resistencia a la resiliencia, recomponiendo los pedazos rotos de todas estas muy reales trincheras. Les invitamos a leer, a resistir y a actuar.
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