Entre la impostura y la legitimidad: Mujeres jóvenes en la vida pública

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Ángela Rodríguez «Pam»
Mar, 2025
MUSIC:
«La presencia es la lucha.»
Anónimo.

El feminismo ha evolucionado al calor de la raza, las clases sociales y las generaciones. En su aspiración de hacer a todas las personas realmente iguales en derechos y oportunidades, ha transformado la sociedad e impregnado las relaciones de los y las jóvenes de la actualidad, distanciándolas notablemente de las de nuestros padres, madres, abuelos y abuelas, mediadas por una cultura mucho más machista.

Uno de los fenómenos que la cultura feminista nos ha permitido reconocer es el conocido como «síndrome de la impostora». Un conjunto de sentimientos que padecen muchas mujeres cada vez que se enfrentan a nuevas situaciones que les exigen más responsabilidad o, sobre todo, más poder.

Al buscar «síndrome de la impostora» en Internet aparecen muchos enlaces a reportajes de revistas de moda o revistas «para mujeres», que relatan cómo este síndrome tiene que ver fundamentalmente con una cuestión de autoestima. Parece que por algún tipo de casualidad cósmica, imposible de explicar científicamente, muchísimas mujeres en el mundo consideran que no están preparadas para realizar tareas que habitualmente han hecho hombres o para desempeñar puestos de poder que habitualmente han ocupado hombres; y que si esto les sucede, tiene que ver con que no se quieren lo suficiente a sí mismas. Por eso, acompañando esos reportajes sobre el «síndrome de la impostora», suelen encontrarse numerosos «test de autoestima», consejos para aumentarla o incluso ofertas de terapias psicológicas para tratarla. Sin embargo, este fenómeno sí aparece definido como un síndrome científicamente reconocido cuando lo que se busca en Internet es «síndrome del impostor» y no «de la impostora». Y es curioso, porque las autoras que acuñaron este término, las doctoras Pauline Rose Clance y Suzanna Imes, lo hicieron en un artículo en el año 1978 en el que analizaban la experiencia de más de 150 mujeres cuyas posiciones implicaban grandes logros y éxitos profesionales, pero que guardaban secretamente la idea de que no se merecían ese éxito. Todas esas mujeres pensaban en su fuero interno que lo que habían conseguido no respondía a sus capacidades o méritos, sino que se asemejaba más a un golpe de suerte que podría desvanecerse en cualquier momento.

Existen multitud de investigaciones posteriores que relacionan directamente el desarrollo de este síndrome con las implicaciones de los roles de género. La misma Rose Clance, junto con otras investigadoras como Debbara Dingman, Susan L. Reviere o Dianne R. Stober [1][1] Clance, Pauline Rose; Dingman, Debbara; Reviere, Susan L; y Stober, Dianne R. Impostor phenomenon in an interpersonal/social context: Origins and treatment [Fenómeno de la impostora en un contexto interpersonal/social: Orígenes y tratamiento], Women & Therapy; 1995. Research Library. Disponible aquí: https://www.paulineroseclance.com/pdf/IPinInterpersonalSocialContext.pdf relacionaban ya de manera específica en 1995 el origen de este síndrome con los mensajes que recibimos hombres y mujeres en el contexto familiar y social en relación al éxito y al ascenso social.

Diferentes estudios han continuado arrojando luz sobre el sesgo de género que afecta a este síndrome, que además sigue sin estar reconocido en el último DSM [2][2] Diganostic and Statistical Manual of Mental Disorders (DSM), es como se conoce al manual que se utiliza en medicina y salud mental para diagnosticar enfermedades psiquiátricas.. Testimonios tan notorios como los de la ex primera dama estadounidense Michelle Obama o la actriz Emma Watson [3][3] Why Emma Watson Sometimes Feels Like an ‘Imposter’ in Hollywood [Por qué Emma Watson a veces se siente como una ‹impostora› en Hollywood»], Julie Miller, 3 de agosto de 2015. Vanity Fair. Disponible aquí: https://www.vanityfair.com/hollywood/2015/08/emma-watson-imposter, que han confesado públicamente padecer tensión y ansiedad por sentirse «un fraude», son muestra de lo extendido que está el fenómeno entre todo tipo de mujeres. Según la periodista Yomi Adegoke, más del 66% de las mujeres dice padecer este trastorno, resultado de la intersección de las altas e incompatibles expectativas que nosotras mismas y la sociedad nos impone, y la terrible sensación de quedarse atrás respecto a ambas [4][4] Two-thirds of women experience imposter syndrome [Dos tercios de las mujeres experimentan el síndrome de la impostora], Rachel Sharp, 31 de julio de 2018. HR Magazine. Disponible aquí: https://www.hrmagazine.co.uk/content/news/two-thirds-of-women-experience-imposter-syndrome. Como señala Adegoke, el «síndrome de la impostora» no se debe tanto a la incapacidad para gestionar la propia autoestima, o a una supuesta imposibilidad de triunfar, sino que es una respuesta a un mundo que no cree en las mujeres [5][5] Impostor syndrome is a response to a world that doesn’t believe in women [El síndrome de la impostora es una respuesta a un mundo que no cree en las mujeres], Yomi Adegoke, 17 de julio de 2019. The Guardian. Disponible aquí: https://www.theguardian.com/lifeandstyle/2019/jul/17/impostor-syndrome-is-a-response-to-a-world-that-doesnt-believe-in-women.

Condicionantes como la edad, el género o el aspecto físico resultan absolutamente imprescindibles y decisorios a la hora de definir las posibilidades que una persona tiene de ejercer el poder.

Cuando nació en España el partido político Podemos, me convertí en diputada en el Congreso de los Diputados, siendo una mujer bisexual, de 25 años, cero euros en la cuenta bancaria y muchos quilos de más. Condicionantes como la edad, el género o el aspecto físico resultan absolutamente imprescindibles y decisorios a la hora de definir las posibilidades que una persona tiene para ejercer el poder. Operan con tanta fuerza como la ideología o el número de votos que recibe cada formación política.

Afortundamanete, no fui la primera ni la única mujer joven en ocupar un escaño en el Parlamento español, y por suerte en cada nueva legislatura la media de edad es más joven que en la anterior. Cada vez hay más mujeres y más diversidad de perfiles y procedencias en la Cámara. Sin embargo, los caminos que llevan a aquellas personas que no son hombres blancos heterosexuales a ocupar posiciones de poder, no son fáciles de transitar. De hecho, suelen ser enrevesados y violentos, pudiendo provocar verdaderos traumas y, por supuesto, el mencionado síndrome de la impostora.

Durante mis primeros meses en el Legislativo —y a diferencia de la mayoría de diputados y diputadas—, tuve que enseñar constantemente mi acreditación para poder acceder al Congreso. Un agente de la autoridad a cargo de la seguridad del Parlamento llegó a decirme tras tenerme largo tiempo retenida que esto se debía a que «mi aspecto desde luego no era el de una diputada». Tanto los guardias de la entrada como los diputados de otros partidos parecían ensañarse a diario en hacerme sentir que para tener «aspecto de diputada» debía ser delgada, guapa y llevar tacones. Debía aprender a ser una mujer sonriente con americana que disiente moderadamente de sus colegas. La institución por entero parecía hacerme sentir que el hecho de que una mujer joven hubiera conseguido en España tener el mismo poder que un hombre mayor, era una situación fraudulenta que la Junta Electoral tendría que subsanar más temprano que tarde.

Las primeras mujeres que nos atrevimos a dar el paso para colocarnos en primera línea de la política, lo hicimos gracias a las cuotas.

Este síndrome de la impostora tenía mucho que ver con que las primeras mujeres que nos atrevimos a dar el paso para colocarnos en primera línea de la política, lo hicimos gracias a las cuotas. Pero sobre todo tenía que ver con un problema de legitimidad: cuando no nos atrevemos a tomar la palabra en una asamblea, cuando no damos nuestra opinión en una reunión porque consideramos que ésta no tiene importancia, cuando creemos que no estamos suficientemente bien vestidas, peinadas o maquilladas para aparecer públicamente; cuando no nos sentimos capaces de ocupar cargos de responsabilidad, o cuando, ocupándolos, aceptamos que a nosotras nos llamen por nuestro nombre de pila y a nuestros homólogos por sus nombres y apellidos… nos hallamos ante una clara falta de legitimidad. Entendiendo la legitimidad como aquello que no nos corresponde por el hecho de ser mujeres, pero que en realidad sí nos debería corresponder por ser mujeres y también ciudadanas.

Que las mujeres —especialmente las jóvenes— sintamos mayoritariamente esa falta de legitimidad para ejercer poder o cargos públicos, no se debe a la «autoestima baja», sino al patriarcado. La sociedad patriarcal no espera que las mujeres desempeñen ciertos papeles, en muchos casos ni siquiera espera que tengan carreras profesionales y reconocimientos. Y si bien la sociedad tampoco espera que a los hombres no les guste tener éxito, la aceptación de hombres asumiendo roles de mujeres es mucho más común a la aceptación de mujeres haciendo «cosas de hombres».

El cambio respecto a la crianza y la paternidad, por ejemplo, es evidente en las generaciones más jóvenes pero, como explica Azpiazu Carballo, «las nuevas paternidades» siguen chocando con los viejos estereotipos. Es decir, con las tareas y actitudes que habitualmente no corresponden o de las que tradicionalmente no se han ocupado los hombres:

«En los últimos años los hombres heterosexuales parecen estar elaborando una relación distinta con la paternidad que la que tuvieron sus antecesores. Antes los padres eran señores que entraban y salían, con los que se tenía una relación poco cercana y expresiva en emociones como la empatía o el cariño. (…) Hoy en día, sin embargo, los hombres parecen estar afrontando la paternidad desde otro lugar: cercanía afectiva y emocional, deseo de compartir tiempo con las criaturas. (…) Sin embargo esta imagen de cambio sigue chocando con los datos. (…) Siguen siendo muy pocos los que, ante la crianza, se plantean pausar sus carreras profesionales.» [6][6] Azpiazu Carballo, Jokin (2024), Masculinidades y feminismo. Pamplona: Txalaparta, p.26.

Los dos últimos siglos de feminismo han hecho el trabajo de cartografiar ese reparto desigual e injusto, demostrando la capacidad que tienen esas nuevas fronteras feministas de ejercer presión entre quienes se encuentran en sus límites.


Neoliberalismo machista y trabajo no pagado

Si el modelo neoliberal en el que estamos instalados pervive, es entre otras cosas porque se asegura de que las mujeres sigan asumiendo un trabajo que ni los Estados ni las empresas pagan, y que favorece que sean otros —no ellas— los que se hacen ricos.

Si alguien ha dado en las claves fundamentales de la intrahistoria del género en la historia de las relaciones entre hombres y mujeres, es la teórica feminista e historiadora Silvia Federici. En su obra El patriarcado del salario [7][7] Federici, Silvia (2018) El patriarcado del salario. Críticas feministas al marxismo. Madrid: Traficantes de Sueños. la italiana analiza las intersecciones y críticas entre marxismo y feminismo. Es decir, los elementos marxistas que Federici le otorga al feminismo y viceversa, imprescindibles para comprender el género.

Según la autora, el marxismo aporta al feminismo su concepto de la historia. Es decir, la manera de entender la sociedad como una historia de perpetuas divisiones que se enfrentan —clase, género, raza, edad. Contar la historia o analizar la sociedad homogeneizando a sus protagonistas, reproduce la visión de quien más poder acumula —en este caso, los hombres—; pues, como veremos más adelante, son ellos quienes escriben los relatos históricos.

El segundo concepto marxista que Federici rescata para el feminismo es el de naturaleza humana, entendida siempre como resultado de las relaciones sociales —no como algo dado y eterno. Pone de ejemplo la autora el relato peyorativo que se hace de las mujeres que dejan de cumplir con sus roles de cuidadoras —algo que siempre se ha considerado como naturalmente femenino—, siendo tachadas, por ejemplo, de «vividoras», o «egoístas».

Por último, la autora se refiere al concepto marxista del trabajo como fuente principal de la producción de riqueza; concepto totalmente opaco a la realidad de las mujeres. Uno de los pilares fundamentales de la crítica de Federici al capitalismo radica en que el sistema capitalista condena a las mujeres a ser «el proletariado del proletariado». La idea es bien sencilla: para que la sociedad funcione, las mujeres asumen una gran parte del trabajo que tiene que ser hecho. Específicamente, un tipo de trabajo que no permite acumular riqueza, sino que posibilita que otros —los hombres— la acumulen. El trabajo que asumen las mujeres no es el productivo, sino el reproductivo. El trabajo doméstico, el de cuidar a quien lo necesita. Un trabajo invisible que hace que el sistema económico se sustente. Un sistema económico que genera fuertes desigualdades.

Todo el pensamiento acumulado desde los albores de la humanidad no solo es bastante machista, sino también bastante masculino.

Hacer visible ese trabajo, convertirlo en empleos remunerados y repartirlo de manera corresponsable entre hombres y mujeres, es la tarea que propone el feminismo. Y uno de sus principales logros consiste precisamente en haber señalado con claridad que la poderosa razón por la que los estereotipos de género se reproducen generación tras generación, es de naturaleza principalmente económica. Si el modelo neoliberal en el que estamos instalados pervive, es entre otras cosas porque se asegura de que las mujeres sigan asumiendo un trabajo que ni los Estados ni las empresas pagan, y que favorece que sean otros —no ellas— los que se hacen ricos. Si ese trabajo se remunerase, el sistema no sería tan rentable. Por eso el neoliberalismo no es solamente un sistema económico, sino también una maquinaria cultural y un artefacto de propaganda que perpetúa el machismo.


Una ausencia ensordecedora

La producción cultural reproduce no solo los roles y estereotipos de género, sino el relato secular sobre lo que somos y cómo estamos condicionados a relacionarnos los hombres y las mujeres. Desde los albores del pensamiento de la humanidad, las mujeres siempre hemos sido consideradas inferiores, subalternas a los hombres, creadas a partir de trocitos de sus cuerpos. De Aristóteles a Kant, pasando por Santo Tomás de Aquino, Descartes o Hume, podríamos analizar cómo todo el pensamiento acumulado a lo largo de los siglos no solo es bastante machista, sino que es además bastante masculino. Es decir, que ha sido producido por escritores, pensadores y filósofos, y no por escritoras, pensadoras o filósofas. En cinco años cursando la carrera de Filosofía en la Universidad de Pontevedra, ninguno de mis profesores ni ninguna de mis profesoras incluyeron en los contenidos de sus asignaturas el estudio pormenorizado del pensamiento de ninguna autora. Ni una sola.

Esta ausencia de mujeres no se reduce al mundo de la cultura, las letras o las humanidades: lo mismo sucede al chequear la composición del Consejo General del Poder Judicial, de la Real Academia Española de la Lengua, de los Consejos de Ministros, de los Consejos de administración de las grandes empresas, de los Comités de empresa, de las direcciones políticas y sindicales, de las listas de las personas más ricas del mundo, o de las más influyentes o poderosas. Y se trata de una ausencia performativa, que da forma a muchas de las estructuras sociales que condicionan nuestras vidas, en todos los ámbitos.

Otro claro ejemplo es la ciencia médica, que se ha construido en torno a las características del cuerpo masculino [8][8] Pérez Sedeño, Eulalia y García Dauder, Silvia (2017). Las «mentiras» científicas sobre las mujeres. Madrid: Catarata.. Eulalia Pérez Sedeño y Silvia García Dauder explican en su libro Las mentiras científicas sobre las mujeres que la extendida creencia de que sentir dolor en el brazo izquierdo puede indicar un problema de corazón, está basada en un hecho científico comprobado en numerosos casos clínicos, en los que los pacientes, no obstante, eran exclusivamente hombres. Es decir, que los hombres muestran varios síntomas previos a sufrir un infarto de miocardio, como un dolor torácico que se irradia al brazo izquierdo; pero las mujeres no. Han tenido que pasar muchos años y mucha crítica feminista hecha por científicas desde diversos ámbitos, para mostrar que, del mismo modo que en este caso se toman como generales los síntomas que padecen los hombres —y no las mujeres— la medicina podría estar siendo más efectiva con los hombres que con las mujeres en muchos otros casos.

El género es poder y, como toda cuestión política, cubre a toda la sociedad con un manto de conflicto.

No es una idea descabellada teniendo en cuenta que la ciencia médica ha construido sus discursos sobre unos cuerpos determinados, fundamentalmente los de los hombres: no hay que olvidar que durante mucho tiempo las mujeres no solo no ejercían la medicina, sino que además tampoco participaban de los ensayos clínicos [9][9] Liu, K. A., y Dipietro Mager, N. A. (2016). Women’s involvement in clinical trials: Historical perspective and future implications [Participación de las mujeres en los ensayos clínicos: perspectiva histórica e implicaciones futuras]. Pharmacy Practice, 14(1), 708. Disponible aquí: https://doi.org/10.18549/PharmPract.2016.01.708. Los ensayos ni eran hechos por ellas ni sobre ellas, fenómeno que la literatura sobre el tema ha llamado «androcentrismo científico» o «patriarcado científico», y que puede resumirse en que la medicina, como la ciencia en general, la filosofía o la historia, ha sido hecha y definidida fundamentalmente por hombres. A la medida de los hombres.


Conclusión: El género como pregunta filosófica

Esta apabullante ausencia de las mujeres en la historia, la filosofía, la medicina, la ciencia, la judicatura, la política y, en general, en todas las instancias de poder o visibilidad de la vida pública, es una resistencia contra la que aún luchan las mujeres de las generaciones más jóvenes, a pesar de todos los avances. El llamado «síndrome de la impostora» es uno de tantos reflejos de una estructura social patriarcal que cuestiona constantemente la legitimidad de las mujeres para ocupar espacios tradicionalmente dominados por hombres.

Factores como la edad, el género y el aspecto físico condicionan la percepción de la autoridad y la competencia, arraigados en expectativas y estereotipos sociales que perpetúan la desigualdad. Las tensiones que enfrentamos las mujeres jóvenes en contextos de liderazgo son, en ese sentido, un recordatorio de que el género es poder y que, como toda cuestión política, cubre a toda la sociedad con un manto de conflicto.

Si algo tenemos que agradecerle especialmente al feminismo es habernos enseñado a usar el género como una pregunta filosófica y política, que nos acompaña en lo cotidiano. Contar con esa herramienta constituye, probablemente, una de las grandes diferencias entre las mujeres jóvenes de hoy y las generaciones anteriores.

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