El Estado reescrito: represión de élite, austeridad y la lucha revolucionaria por la democracia

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Ricardo Sá Ferreira

Jul-Dic, 2023

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Crisis, resistencia y el giro punitivista

La crisis financiera de 2008 no solo supuso un colapso financiero, sino también una profunda ruptura. Dejó al descubierto una vasta red de crisis económicas, políticas, sociales y medioambientales interconectadas que siguen socavando la estabilidad de las sociedades modernas. Desde entonces, estas cuatro crisis se han amplificado y han tenido —y siguen teniendo—, un efecto dominó en todo el mundo. Las medidas de austeridad, aplicadas con el pretexto de la rectificación económica, se revelaron rápidamente como un mecanismo para agravar la desigualdad. Las medidas draconianas dictadas desde Bruselas e impuestas por los gobiernos erosionaron el contrato social y provocaron oleadas de resistencia popular. Desde el principio quedó claro que los que habían creado la crisis no iban a pagar la factura. En las plazas públicas de Atenas, en las bulliciosas calles de Madrid y más allá, movimientos radicales de izquierda, como Syriza, Podemos y lo que más tarde sería La France Insoumise, se alzaron para desafiar la ortodoxia neoliberal, abogando por alternativas transformadoras basadas en la justicia social. Por un breve momento, pareció que la corriente dominante del neoliberalismo podría cambiar.

Sin embargo, la reacción de las élites establecidas —que incluían instituciones financieras, grupos de presión corporativos y sus fuerzas políticas aliadas— fue rápida, brutal e inflexible. La austeridad se utilizó no solo como una receta económica, sino como un arma estratégica en la lucha de clases [1][1] Klein, N. (2007). The Shock Doctrine: The Rise of Disaster Capitalism [La doctrina del shock: el auge del capitalismo del desastre]. Metropolitan Books.. La austeridad, como dogma que repetía sin cesar que no había otra alternativa, no hizo más que reforzar el poder arraigado del capital, al tiempo que desmantelaba los vestigios del Estado del Bienestar. El Estado del Bienestar se transformaría en otra cosa, cambiando su enfoque de cuidador a disciplinador. A medida que los movimientos populares comenzaran a ganar fuerza e impulso, ocupando plazas —y, en casos como el de España, entrando también en el Gobierno—, la reacción prevista sería proporcional a los avances políticos y sociales logrados. Desde entonces, lo que se estaba gestando lentamente bajo la superficie emergió con gran velocidad: la extrema derecha fue rebautizada como fuerza «populista» y rápidamente dominó la narrativa política. Han pasado quince años desde la crisis de la deuda de la zona euro y, hasta el día de hoy, seguimos experimentando sus réplicas. El resurgimiento de la ultraderecha está lejos de ser una expresión espontánea de la voluntad popular: más bien, es una reacción a los avances populares logrados tras la crisis de la zona euro. Se trata de una respuesta orquestada por las élites, con el objetivo de explotar las ansiedades culturales para fracturar la solidaridad y desviar la atención de la violencia sistémica inherente a las políticas de austeridad.

Foto_ Zeev Barkan_ CC BY 2.0

En el centro de esta transformación sísmica se encuentra una reconfiguración inquietante del papel del Estado. Basándose en las ideas del sociólogo Loïc Wacquant, la austeridad ha acelerado la transición de un Estado guiado por la lógica del bienestar colectivo a uno gobernado por una lógica penal, del bienestar a la guerra. En este paradigma emergente, la pobreza se criminaliza, las instituciones punitivas se amplían y la exclusión social se convierte en una política estatal deliberada. Este giro punitivista no es una aberración, sino una estrategia calculada y diseñada con un doble propósito: en primer lugar, para disciplinar a los movimientos populares que han cuestionado el statu quo y, en segundo lugar, para contener y gestionar las consecuencias de las crisis recurrentes del capitalismo, asegurando que las cargas del colapso recaigan de manera desproporcionada sobre los más vulnerables, mientras que los intereses de las élites se salvaguardan y amplían.


La policrisis del capitalismo: un sistema en caída libre

El giro punitivista es una estrategia diseñada con un doble propósito: disciplinar a los movimientos populares; y contener y gestionar las crisis recurrentes del capitalismo.

Para comprender el giro punitivista es necesario lidiar con la noción de «policrisis», una confluencia multifacética de inestabilidad económica, degeneración política, fragmentación social y degradación ecológica. La crisis financiera de 2008 no fue un incidente aislado; fue el resultado inevitable de décadas de políticas neoliberales que antepusieron la desregulación, la privatización y las finanzas especulativas a las necesidades de los ciudadanos comunes. Cuando la burbuja especulativa finalmente estalló, los gobiernos se vieron obligados a rescatar a los bancos en quiebra con fondos públicos, al tiempo que imponían draconianas medidas de austeridad a sus poblaciones. En países como Grecia, España y Portugal, estas medidas provocaron graves recortes en los servicios públicos, el estancamiento de los salarios y la reducción de las pensiones, lo que sumió a millones de personas en la pobreza extrema. La catástrofe social resultante, caracterizada por un desempleo en aumento, un número desenfrenado de personas sin hogar y picos alarmantes en las tasas de suicidio, puso de manifiesto el coste humano de la austeridad y que esta era una elección política, no una fatalidad inevitable.

Esta devastación económica precipitó una crisis política sin precedentes. La confianza de los ciudadanos en las instituciones democráticas se erosionó rápidamente cuando los gobiernos parecieron dar prioridad a los intereses de los tenedores de bonos sobre los de los votantes. Símbolos de solidaridad que en su día fueron celebrados, como la Unión Europea (UE), se convirtieron cada vez más en sinónimos de autoritarismo tecnocrático, imponiendo la austeridad mediante amenazas, coacción y chantaje económico. El infame enfrentamiento de 2015 entre el gobierno griego de Syriza y la llamada «Troika» de la UE —compuesta por la Comisión Europea, el Banco Central Europeo y el Fondo Monetario Internacional—, en el que, en realidad, Alemania dictaba las condiciones, personificó la erosión de la soberanía democrática en una era en la que el poder financiero prevalece sobre los mandatos electorales. En esta confrontación, los intentos de Syriza de rechazar la austeridad se encontraron con una imposición implacable e inflexible de disciplina fiscal, un duro recordatorio de que la soberanía nacional había sido, en muchos aspectos, externalizada a la sede de las finanzas globales.

Simultáneamente, la crisis medioambiental se profundizó. Los desastres climáticos, el agotamiento de los recursos y la búsqueda insostenible de un crecimiento sin fin pusieron de manifiesto la quiebra ecológica de los modelos económicos imperantes. Las medidas de austeridad agravaron aún más estos desafíos ambientales, al restringir las inversiones en infraestructura ecológica y reducir la supervisión regulatoria. Los pobres, ya agobiados por los impactos inmediatos del colapso económico, se vieron doblemente expuestos a los estragos de la degradación ambiental. En ningún lugar fue esto más evidente que en el Sur Global, donde las industrias extractivas devastaron tanto a las comunidades como a los ecosistemas, ofreciendo poco en términos de desarrollo sostenible o compensación.

La Unión Europea, que un día fue celebrada como símbolo de solidaridad, se convirtió en sinónimo de autoritarismo tecnocrático.

A la par que se desarrollaban estas crisis, las élites libraron una batalla cultural generalizada para naturalizar la desigualdad y reprimir la disidencia. Los inmigrantes, los beneficiarios de la asistencia social y los grupos racializados fueron sistemáticamente utilizados como chivos expiatorios de los fracasos sistémicos de las políticas neoliberales. Las narrativas de los medios de comunicación pintaban la pobreza no como resultado de las desigualdades estructurales, sino como un fallo moral personal. En contextos que van desde la demonización de los «aprovechados» en el Reino Unido hasta la estigmatización de los jóvenes de los suburbios en Francia, pasando por el desprecio del establishment hacia el movimiento de los «Indignados» en España, estos discursos cumplían una doble función. Por un lado, fracturaron la solidaridad de la clase trabajadora y proporcionaron una justificación ideológica conveniente para la retirada del Estado de su papel de proveedor de bienestar social. Por otro, al redirigir la ira popular hacia los grupos marginados, las élites ocultaron eficazmente a los verdaderos culpables: las empresas que evadían impuestos y las instituciones políticamente cómplices que habían creado las condiciones de la austeridad.


El auge y la contención de la resistencia progresista

En medio de estas crisis superpuestas, los movimientos progresistas surgieron como brillantes faros de esperanza. En Grecia, la notable victoria electoral de Syriza en 2015 supuso un poderoso repudio a la austeridad y una audaz reivindicación de la dignidad. Con promesas de restablecer los servicios públicos, renegociar las onerosas deudas y desafiar la arraigada ortodoxia de la UE, Syriza encendió una renovada sensación de posibilidad. De manera similar, en España, el surgimiento de Podemos canalizó la ira colectiva de millones de personas, desilusionadas por el estancamiento económico y social de las políticas neoliberales. Con un llamamiento a una «nueva forma de política» que combinara la participación democrática de base con las demandas de redistribución de la riqueza, Podemos se convirtió rápidamente en un símbolo de resistencia contra las arraigadas estructuras de poder. Tanto en España como en Grecia, poner las necesidades de las personas por encima de los vaivenes de los mercados económicos se planteó como algo radical [2][2] Mouffe, C. (2018). For a Left Populism [Por un populismo de izquierdas]. Verso Books..

El enfrentamiento en 2015 entre el gobierno de Syriza y la «Troika» de la UE personificó la erosión de la soberanía democrática en una era en la que el poder financiero prevalece sobre los mandatos electorales.

Lo que unió a estos diversos movimientos fue una aguda conciencia de la interconexión de las crisis del capitalismo. La postura desafiante inicial de Syriza vinculó explícitamente la austeridad con la erosión de las libertades democráticas, retratando la imposición del pago de la deuda como una forma de «ahogamiento fiscal» diseñada para subyugar a naciones enteras a los intereses corporativos. Podemos, que hunde sus raíces en la rabia popular característica de las protestas de los Indignados, aprovechó la frustración pública por cuestiones como los desahucios y el desempleo desenfrenado para lanzar una crítica más amplia del capitalismo financiarizado. Sin embargo, a pesar de su retórica inspiradora y sus éxitos iniciales, estos movimientos progresistas pronto se encontraron con una contraofensiva formidable y brutal.

Las estructuras de poder de las élites respondieron con una crueldad que dejó poco margen para una reforma sostenible. En Grecia, el aislamiento de Syriza por parte de instituciones financieras como el Banco Central Europeo no le dejó otra alternativa que capitular ante las estrictas exigencias impuestas por la UE, lo que dio lugar a medidas de austeridad aún más duras. La perspectiva de cambio y de hacer las cosas de manera diferente dentro del marco de la UE se hizo añicos cuando las élites económicas europeas chantajearon a Grecia y quebraron a Syriza. En España, la participación de Podemos en un gobierno de coalición —un hecho notable, dado que ningún partido a la izquierda del Partido Socialista había entrado en el Gobierno desde los tiempos de la República Española— condujo a compromisos que redujeron el ritmo del cambio transformador. Incluso esto fue demasiado para el statu quo, ya que la presencia de Podemos en la política española debía reducirse, marginarse y, sobre todo, domesticarse. A través del lawfare y la guerra sucia, lograron reducir su influencia electoral, pero no lograron eliminarlos. La dura lección que se desprende de estos acontecimientos es clara: dentro de los límites del capitalismo neoliberal, la reforma progresista genuina está perpetuamente asediada por fuerzas atrincheradas decididas a mantener el orden existente.


La estrategia de las élites: el resentimiento como arma

Mientras la resistencia progresista luchaba por consolidar sus logros, la extrema derecha avanzó con fuerza. Este despegue no fue accidental ni espontáneo, sino el producto de una estrategia calculada por las élites para domesticar y neutralizar la disidencia: en países como Francia, Italia y España, partidos de extrema derecha como Agrupación Nacional, Hermanos de Italia y Vox, respectivamente, se posicionaron como líderes antisistema, volviéndose expertos en canalizar el descontento popular con las políticas de austeridad hacia el nacionalismo xenófobo. Estos partidos «antisistema» fueron producto del propio sistema, con el objetivo de lograr «orden» y «disciplina» en nombre del sistema y para el sistema. Por lo tanto, el resurgimiento de estos partidos políticos está sin embargo anclado cultural y políticamente en modelos pasados.

Este replanteamiento de los antagonismos políticos se convirtió en un mecanismo crucial para las élites, que buscaban explotar las incertidumbres que había generado la crisis del capitalismo, canalizándolas a través de las ansiedades culturales para fracturar la hegemonía que tenían los partidos radicales. El problema ahora no era el 1%, sino los inmigrantes.

Al redirigir la ira popular hacia los grupos marginados, las élites ocultaron eficazmente a los verdaderos culpables: las empresas que evadían impuestos y las instituciones políticamente cómplices que habían creado las condiciones de la austeridad.

Las tácticas empleadas fueron sencillas pero eficaces. Los inmigrantes fueron retratados constantemente como amenazas existenciales para el empleo y la cohesión social, mientras que los movimientos progresistas fueron menospreciados como empresas elitistas alejadas de las realidades de la vida cotidiana. Los principales medios de comunicación, a menudo propiedad de intereses corporativos o influidos por ellos, amplificaron estas narrativas, profundizando así las divisiones sociales en función de la raza y la nacionalidad. El referéndum del Brexit en el Reino Unido, por ejemplo, se convirtió en pararrayos del descontento, con campañas que culpaban a los migrantes de Europa del Este del estancamiento de los salarios —una narrativa diseñada para distraer la atención de cuestiones como la evasión fiscal y la especulación corporativa. Además, aunque la retórica populista de la extrema derecha denunciaba ostensiblemente al sistema, sus recetas políticas —como la reducción de impuestos para los ricos, la desregulación y la privatización— a menudo encajaban perfectamente con los intereses de las élites. El caso de la italiana Giorgia Meloni es ilustrativo: mientras su gobierno mantenía políticas fiscales austeras, lanzaba simultáneamente ataques contra los derechos de las minorías y las políticas sociales progresistas. De esta manera, la extrema derecha ha funcionado como una cortina de humo cultural, haciendo alarde de una apariencia de populismo que oculta un compromiso más profundo con la preservación y el refuerzo de los paradigmas económicos neoliberales.


La lógica penal: del Estado del bienestar al Estado punitivo

El dramático giro de un Estado orientado al bienestar a uno caracterizado por medidas punitivas debe entenderse en el marco más amplio de la contraofensiva de las élites. En su obra seminal, Punishing the Poor, el sociólogo Loïc Wacquant describe de manera elocuente cómo los Estados neoliberales han desmantelado sistemáticamente los sistemas de bienestar social, ampliando el aparato de control penal para reemplazarlos [3][3] Wacquant, L. (2009). Punishing the Poor: The Neoliberal Government of Social Insecurity [Castigar a los pobres: el gobierno neoliberal de la inseguridad social]. Duke University Press.. A medida que las políticas de austeridad iban perdiendo apoyo público, el Estado ampliaba simultáneamente su capacidad para vigilar, perseguir y encarcelar a los pobres, transformando la vida cotidiana en un lugar de regulación punitiva.

En este panorama transformado, los sistemas de bienestar se rediseñaron con un sesgo punitivo. En el Reino Unido, por ejemplo, la introducción del Crédito Universal trajo consigo un régimen de sanciones draconianas, en virtud del cual infracciones menores, como faltar a una cita en la oficina de empleo, podían dar lugar a severos recortes en las prestaciones. En Grecia, las medidas de austeridad no solo diezmaron los servicios de salud pública, sino que también desviaron recursos para reforzar la policía antidisturbios, convirtiendo así los hospitales en lúgubres campos de batalla y pasillos de desesperación. Mientras tanto, a medida que los servicios sociales languidecían, las prisiones y los centros de detención proliferaban. Los centros de detención de inmigrantes de España se convirtieron en emblemas de la violencia estatal, mientras que las zonas urbanas marginadas de Francia, las banlieues, eran la máxima expresión de la vigilancia militarizada. Para agravar aún más este giro, el Estado externalizó la gestión del control social a entidades privadas, dando lugar a una nueva era de prisiones con fines de lucro y sistemas de bienestar algorítmicos que automatizan la exclusión. Esta privatización del castigo no solo profundiza las divisiones sociales, sino que también refuerza la lógica por la cual se disciplina a los pobres para que acepten formas precarias de trabajo, al tiempo que se fractura cualquier apariencia de resistencia colectiva.


La batalla por el futuro: pesimismo del intelecto, optimismo de la voluntad

Las medidas desesperadas empleadas por las élites para contener el cambio progresista no son signos de un sistema inexpugnable, sino más bien indicadores del potencial revolucionario que permanece latente en las clases populares.

El giro punitivo de la política de bienestar, el auge orquestado de una extrema derecha alineada con los intereses de las élites y el implacable asalto cultural a la disidencia no son fenómenos aislados. Constituyen una estrategia deliberada y polifacética diseñada para disciplinar y contener las fuerzas que amenazan el orden imperante. Movimientos progresistas como Podemos, Syriza y La France Insoumise se atrevieron a desafiar la hegemonía arraigada de la ortodoxia neoliberal. Al hacerlo, provocaron una reacción violenta marcada por la táctica bicéfala de la guerra legal y la desinformación. Una reacción violenta que envía un mensaje inequívoco: cualquier intento de democratizar la vida económica y social se enfrentará a una represión sin concesiones.

Sin embargo, como observó de manera tan conmovedora Antonio Gramsci, el «pesimismo del intelecto» no debe confundirse con el derrotismo [4][4] Gramsci, A. (1971). Selecciones de los Cuadernos de la Cárcel. Editorial Nueva Visión.. En cambio, representa un reconocimiento lúcido e inquebrantable de los formidables obstáculos estructurales en el camino del cambio progresista. Estos mecanismos legales, económicos y culturales se despliegan para sofocar la transformación. Al mismo tiempo, el «optimismo de la voluntad» es un testimonio del potencial inagotable de la acción colectiva [5][5] Fraser, N. (2017). The Old is Dying, and the New Cannot Be Born [Lo viejo está muriendo y lo nuevo no termina de nacer]. Verso Books.. Las mismas medidas que las élites emplean para asegurar su poder revelan inadvertidamente la profundidad de la amenaza que representa un movimiento popular movilizado. Que recurran al lawfare, a la manipulación de los medios de comunicación y al acoso judicial no revela una fuerza indomable, sino que subraya la energía revolucionaria que desafía su precario control del poder.

La historia, por tanto, no es un guión predeterminado dictado por las clases dominantes. No hay un inevitable «fin de la historia» en el que el neoliberalismo o el populismo xenófobo triunfen por defecto. Cada acto de represión, cada caso de extralimitación de las élites, sirve como una llamada de atención para que las clases populares reclamen la narrativa y remodelen el Estado. Nuestro futuro colectivo depende de la transformación del Estado punitivo en un instrumento de justicia social genuina, en el que las políticas se elaboren para satisfacer las necesidades de las personas y del planeta, en lugar de los imperativos del capital.

El camino que tenemos por delante es innegablemente desalentador, pero también está lleno de esperanza. Al resistirnos a la disciplina impuesta por las élites y al unirnos a través de diversos sectores, identidades y luchas, afirmamos que el progreso de la democracia no solo es posible, sino imperativo. El futuro no está predeterminado por los poderes fácticos; se escribe, día a día, por la voluntad colectiva del pueblo. Las medidas desesperadas empleadas por las élites para contener el cambio progresista no son signos de un sistema inexpugnable, sino más bien indicadores del potencial revolucionario que permanece latente en las clases populares.

La reacción de las élites es solo un capítulo de una historia más amplia y en desarrollo, una historia que, en manos del pueblo, está destinada a desafiar, transformar y, en última instancia, redefinir el orden del poder.

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