Compasión tenaz: una nueva independencia canadiense

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John Ralston Saul

Mar, 2026
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Todos sabemos lo que significa la compasión. Pero, como ocurre con la mayoría de las cosas que creemos saber, vale la pena volver sobre el tema y repensarlo. Recordarnos continuamente que la compasión no es lástima. No es solo empatía, aunque contiene empatía. No es, desde luego, solo simpatía. Está muy lejos de la simpatía porque incluye la acción. Requiere acción. Para expresarlo de la forma más sencilla posible, la compasión es la acción para mejorar las cosas. Es el arduo trabajo de identificarnos con el otro, identificarnos con las necesidades de los demás, con las necesidades de nuestra sociedad y ser conscientes de nuestra responsabilidad de implicarnos en trabajar en todo ello.

Los cimientos de la compasión canadiense

Escribo estas líneas el 11 de marzo, echando la vista atrás 178 años hasta el nacimiento de nuestra democracia canadiense. Fue el 11 de marzo de 1848 cuando Louis-Hippolyte LaFontaine fue llamado por el gobernador general, Lord Elgin, para formar el gobierno. Su número dos era Robert Baldwin. Un montrealés y un torontoniano. Los dos ciudadanos más destacados de sus respectivas ciudades. Grandes reformistas en busca de la justicia habían obtenido la mayoría unos meses antes y, con sus líderes integrando el gabinete, esta administración pronto se conocería como El Gran Ministerio.

Durante los tres años siguientes, trabajaron día y noche, en medio de disturbios, tensiones e incluso el incendio de los edificios del Parlamento, para sentar las bases de lo que siguen siendo los cimientos humanistas del Canadá moderno —que, en su mejor versión, tiene la compasión como eje central. Hoy en día, hay departamentos de Economía y Ciencias Políticas —incluso de Historia— en todo el país que describen su origen sin incluir nada de esto. Según su relato, Canadá fue construida en un contexto colonial por facciones rivales, a las que a menudo ven como poco más que grupos de interés. El país no sería, bajo este punto de vista, más que una serie de concesiones económicas y políticas. No se remontan a examinar hasta qué punto líderes como LaFontaine y Baldwin se guiaban por la compasión y la ética.

Foto_ Frank Michel_ CC BY 2.0

Por muy inusual que sea en política contar con un liderazgo tan claramente impulsado por el deseo de mejorar la sociedad, los cimientos que ellos y sus aliados establecieron siguen en pie. Sus leyes siguen siendo la base de esta sociedad, aunque la mayoría de ellas nos resulten invisibles en el día a día. Hay que escarbar capa tras capa a través de las leyes y los reglamentos para descubrir sus cimientos. Y, sin embargo, lo que significan estos acontecimientos de 1848 es que la nuestra es, como no me cansaré de repetir, la federación democrática más antigua del mundo que ha perdurado ininterrumpidamente. Y la razón por la que es importante insistir en esto es que, durante la mayor parte del siglo XX, se convirtió en un cliché repetido hasta la saciedad decir que Canadá era un país nuevo. Que apenas estábamos empezando —una buena excusa para que quienes estaban en el poder actuaran como si pudieran hacer lo que quisieran, como si nada hubiera sucedido antes de ellos.

Pero, de hecho, desde 1848, hace casi dos siglos, los ciudadanos canadienses han estado trabajando para que este país funcione de la mejor manera posible. Es cierto que la mayor parte del tiempo no funciona a ese nivel, y hay que reconocer que, en ocasiones, funciona de la peor manera posible. Todos sabemos cuándo ocurre eso, porque esas manchas oscuras en nuestra sociedad quedan ahí para siempre. He elegido esa palabra con cuidado: no son lecciones, son manchas. El principal resultado de nuestra larga y continua historia democrática es que las personas que intentan actuar conscientemente en este país saben qué deben evitar. Sienten lo que deben evitar.

La industria cinematográfica estadounidense se erigió en buena medida sobre la celebración de la violencia que supuso la conquista del Oeste. (…) La marcha de los colonos sometiendo a las civilizaciones indígenas fue vista con entusiasmo.

También elegí cuidadosamente esa palabra: continua. Así que no solo somos la federación democrática continua más antigua del mundo, sino que también somos una de las democracias continuas más antiguas en general. De las muchas que existen, muchas se desintegraron y volvieron a unirse. Una democracia continua es algo muy diferente. Es cierto que hemos hecho muchas cosas terribles y estúpidas. Pero nunca dimos el paso de empezar a matarnos masivamente unos a otros, o derrocar gobiernos con éxito.

Las fuentes de la violencia estadounidense

Con 1,5 millones de víctimas, entre soldados, civiles y heridos, me viene a la mente la espantosa desintegración de la democracia de nuestro vecino. La Guerra Civil estadounidense vio a 3,2 millones de ciudadanos luchar entre sí con una violencia asombrosa. Sin duda, un fracaso de la civilización. Y, sin embargo, a pesar de los contrastes entre el noreste y el sureste, podemos situar el origen de esta violencia fundamental en los cimientos mismos del país y en su sistema económico: una línea ininterrumpida de esclavitud de más de 400 años, desde principios del siglo XVII hasta el fin de la segregación, de la que, como demuestran los estudios económicos, se beneficiaron incluso las zonas no esclavistas. No es hasta principios de la década de 1960 cuando las primeras leyes reales —las que se pueden hacer cumplir— toman forma. E incluso eso fue difícil.

En pocas palabras, por terrible que fuera la Guerra Civil estadounidense y a pesar de muchos movimientos sociales relevantes impulsados por la compasión, una línea ininterrumpida de violencia profunda, basada en la esclavitud industrializada masiva y la segregación, niega por completo la idea de una democracia continua. Algo tan profundo como eso nunca desaparece. Al igual que los grandes errores cometidos en Canadá o en cualquier otro país nunca desaparecen, sino que reaparecen con regularidad. Se puede argumentar —y esto puede ser un eufemismo— que el régimen del Sr. Trump no es más que una reaparición de esa misma línea de violencia fundamental, así como un rechazo de la idea de ciudadanía y de los derechos de los ciudadanos.

Cuando el presidente de los Estados Unidos (EE.UU.), sin motivo ni excusa, empieza a denigrar y amenazar a su vecino —afirmando que Canadá no debería existir realmente e insinuando que se podría hacer que dejara de existir—, queda claro no solo que la línea de violencia está resurgiendo, sino también que nos tiene en el punto de mira.

Ni siquiera eso es nada nuevo: EE.UU. es un país extraordinariamente singular, construido en gran medida en base a la intimidación a sus vecinos, a la invasión y al expolio de su territorio. En 1847-48, se apoderó violentamente de la mitad de México, invadiendo el país de nuevo en dos ocasiones en 1914 para forzar un cambio de gobierno. La larga marcha de los colonos a través del continente fue vista con entusiasmo como una conquista del Oeste, sometiendo por la fuerza a las civilizaciones indígenas, y la ahora global industria cinematográfica estadounidense se erigió en buena medida sobre la celebración de esta violencia. En cuanto al hemisferio en general, solo en el siglo XX hubo entre 40 y 50 intervenciones militares estadounidenses en América Latina para forzar cambios de gobierno, además de innumerables intervenciones indirectas que respaldaron regímenes asesinos y golpes de Estado. Chile es uno de los ejemplos más famosos.

Cuando los imperios quieren hacer algo inaceptable, comienzan invocándolo.

Esta es la política exterior dominante de EE.UU. de arriba abajo, desde el Ártico hasta la Antártida, en las Américas y más allá. No es algo marginal. No es algo que ocurra de vez en cuando.

Así que cuando el presidente de Estados Unidos amenaza a Canadá, al margen de las payasadas particulares del hombre al mando, uno simplemente no puede imaginar que se trate de algo incidental y dejarlo pasar. Gran Bretaña y Francia utilizaron este mismo método para extender su influencia en el siglo XIX. Cuando los imperios quieren hacer algo inaceptable, comienzan invocándolo. Comienzan tan solo con palabras murmuradas periódicamente, en ruedas de prensa, entrevistas o mientras suben o bajan de aviones con normalidad. Las amenazas se repiten una a una, con naturalidad, como si no fuera nada, normalizando con el tiempo conceptos como golpes de Estado justificables, invasiones o cambios forzados de gobierno.

En este caso, se normaliza la idea de que Canadá no debería existir y de que está bien destruirla porque, subyacente a ese menosprecio siempre presente, hay una esperanza de acabar quedándose con las riquezas.

¿Y por qué no iban a quedarse con las riquezas? Recientemente hemos oído ese argumento del presidente de EE.UU.: «Canadá nunca ha hecho nada». Según esa narrativa, dependemos totalmente de ellos, nos hemos aprovechado de ellos, hemos existido gracias a ellos. Por lo tanto, nuestras riquezas son su recompensa. Es decir, tienen derecho a destruir Canadá. Esto es real, no estoy paranoico. Y tú tampoco. Quiero que recuerdes que el Sr. Trump, y en particular el Sr. Vance ―que bien podría llegar a ser presidente―, están rodeados de una camarilla de individuos ultrarricos y ultrainfluyentes que, como Peter Thiel, declaran abiertamente no creer en la democracia. Un deep state que se opone vehementemente a la idea de que la sociedad pueda ser gobernada por la compasión y no por el interés propio.

Cómo funcionan los imperios

No olvidemos ese pequeño y extraño incidente sobre Groenlandia. Seguro que lo recuerdas. La esposa del vicepresidente. Luego el vicepresidente. De repente, estaban allí, sin otra razón que un intento clásico, descarado, pero a medias, de conquista imperial. ¿Por qué clásico? Es una cuestión de acciones y lenguaje: amplias razones estratégicas, el bien de la civilización, protegernos a todos de una invasión bárbara. Pero en realidad, iban tras la riqueza mineral: una mezquina jugada para hacerse con riquezas económicas.

No lo consiguieron porque el arma más poderosa de la democracia contra el autoritarismo es el ridículo. En Groenlandia, una pequeña población hizo quedar en ridículo al segundo hombre más poderoso del mundo. Se vio obligado a retirarse de una maniobra que él y su jefe pensaban que iba a ser fácil. Así que nada de sesiones fotográficas con trineos tirados por perros ni de diplomacia cultural del «poder blando». Inesperadamente —desde su visión del mundo—, una pequeña población de nativos desarmados se les plantó. Fue entonces cuando la Unión Europea (UE) alzó la voz, y finalmente Canadá también lo hizo.

Trump y Vance están rodeados de una camarilla de ultrarricos que declaran abiertamente no creer en la democracia. Un deep state que se opone vehementemente a que la sociedad pueda ser gobernada por la compasión.

Como nos enseñó Voltaire, padre del modernismo, podemos plantarle cara al poder bruto con el lenguaje: el ridículo, la ironía, el humor. El presidente y el vicepresidente de EE.UU. se dieron cuenta de que el mundo entero se reía de ellos. Iban a tener que esforzarse un poco más si querían derrotar a los menos de 57 mil groenlandeses desarmados. Pero, ¿y si el golpe de Estado en Groenlandia hubiera tenido éxito? El siguiente paso habría sido Canadá, con su riqueza mineral igualmente vasta; comenzando por el norte canadiense —la isla de Baffin se encuentra justo al lado de Groenlandia. Y a ello le seguiría una larga lista de ambiciones imperiales.

Luego vendría Irán, cuyo régimen gobernante es, permítanme decirlo, todo menos bonito. Su larga historia de violencia estatal y represión contra quienes alzan la voz es espantosa. La cuestión es que hay muchas dictaduras feas en el mundo. Y cada una tiene una lógica interna, una historia propia.

La definición de imperialismo es que un país cree que tiene derecho a moldear el destino de otros pueblos. El Sr. Trump pensaba eso de Irán, al igual que de Groenlandia. Dos lugares y situaciones muy diferentes a los que aplicó la misma lógica. Si se sale con la suya, el resultado en el primero será tan desastroso como podría haberlo sido en el segundo.

En pocas palabras, el bombardeo sostenido de Irán ha reforzado al régimen y socavado las fuerzas democráticas del país. Los bombardeos nunca han ganado una guerra ni derrocado un régimen. Los bombardeos enfurecieron a los británicos en la Segunda Guerra Mundial y reforzaron su voluntad de seguir luchando. La posterior destrucción de las ciudades alemanas por los bombardeos aliados tuvo el mismo efecto y, en general, se considera que prolongó la guerra.

Otro ejemplo es el bombardeo estadounidense de Camboya: un desastre humano tanto como un fracaso estratégico. El resultado más probable de los ataques aéreos contra Irán será consolidar el odio en ese país hacia EE.UU. y quizás hacia Occidente en su conjunto.

Esa sola frase —«Vamos a devolverlos a la Edad de Piedra, a donde pertenecen»— sitúa a Estados Unidos del lado de la barbarie. Estas palabras tienen amplias implicaciones para el desorden en la zona, para un mayor aislamiento de los países islámicos, para el nacimiento de generaciones de jóvenes enfurecidos y para el probable surgimiento de una nueva ola de terror como respuesta más simple a un ataque en el que no hay soldados contra los que luchar. Esta «iniciativa» estadounidense tendrá sin duda un impacto negativo en todos los países occidentales, incluido Canadá.

Preguntarse simplemente cómo será es plantearse la pregunta equivocada. Una vez que se abre de par en par la caja de Pandora de la violencia, se pierde el control sobre las fuerzas que se han desatado.

Basta con pensar en esa frase —«…de vuelta a la Edad de Piedra, a donde pertenecen»—: esas palabras iban dirigidas a una de las civilizaciones más antiguas del mundo. Hace mil 800 años, Ciro el Grande gobernaba desde la India hasta Europa del Este. Le siguieron sucesivos imperios persas, que realizaron importantes contribuciones a la medicina, la literatura, la filosofía y la ingeniería. Estamos hablando de una civilización más antigua que cualquier otra en Occidente. Las palabras despectivas del Sr. Trump fueron pronunciadas desde la ignorancia, y quedarán grabadas en la incontrolable memoria global, inexcusables, utilizadas como justificación para los años de violencia y muerte que están por venir.

La tarea más difícil de los primeros ministros

Volviendo al tema más concreto entre Canadá y EE.UU., lo que he descrito hasta ahora les ayudará a comprender por qué la principal tarea de política exterior de todos los primeros ministros canadienses ha sido mantenernos al margen de ese tipo de líos. Y lo cierto es que lo hemos hecho distrayendo a Washington en la medida de lo posible. Siendo amables o aparentando serlo. Sonriendo mucho. Haciendo todo lo posible para evitar que se centren en nosotros o que encuentren una excusa para hacernos algo de lo que le han hecho a nuestros vecinos. Esto, por supuesto, además de vender cada chicle, cada ordenador y todo lo que se pueda a Estados Unidos. Es un mercado gigantesco, así que ser muy amables es una forma de mantener abiertos los mercados. Pero sonreír y ser amables no es lo mismo que abrazar. Hemos mantenido la distancia. Esto se ha entendido a lo largo de toda la historia de Canadá.

Como nos enseñó Voltaire, padre del modernismo, podemos plantarle cara al poder bruto con el lenguaje, la ironía, el humor. (…) El arma más poderosa de la democracia contra el autoritarismo es el ridículo.

De eso trataba la Política Nacional de John A. Macdonald en 1894. En términos simplificados, la integración económica con EE.UU. es lo que llevó a Wilfrid Laurier a perder las elecciones de 1911. Por eso Mackenzie King, durante su largo mandato como primer ministro, tuvo que maniobrar y maximizar las relaciones comerciales y la amistad personal con el presidente de EE.UU., al tiempo que se distanciaba del Reino Unido. Se le acusó de ser débil, poco claro y opaco, pero era un maestro del juego. De las evasivas. Quizás fue el modelo perfecto.

Y luego llegó 1958, la justificada destrucción del Partido Liberal y la llegada de Lester Pearson, junto con un tipo llamado Walter Gordon —un empresario que tenía un fuerte sentido de la compasión. Reconstruyó el Partido Liberal tras el colapso de 1958. Estructuró y organizó las victorias de Lester Pearson a principios de los años 60. Es cierto que nunca obtuvieron la mayoría, pero sí llegaron al poder. Él puso en marcha gran parte de la legislación de la era Pearson, reflejando una clara plataforma de compasión construida sobre un Estado-nación fuerte. Y en 1963, en uno de los días más desastrosos de la historia moderna de Canadá, llegó el presupuesto de Gordon. Uno que era casi idéntico a lo que Mark Carney está haciendo hoy, diseñado para que Canadá funcionara como un país independiente, desvinculado de los intereses económicos fundamentales de EE.UU.

Los banqueros de Bay Street y los directivos de las empresas se volvieron locos. Una campaña de pánico masiva liderada por la comunidad empresarial insistía en que nuestra economía se derrumbaría y que nos convertiríamos en un país del tercer mundo. Y Pearson, que era un buen primer ministro pero no sabía nada de economía, cedió. Así fue como Walter Gordon, una de las mayores figuras políticas del Canadá de la posguerra, quedó destruido. Solo llegué a conocer a este gran hombre en su vejez. Incluso entonces, se podía percibir su enorme valentía y —lo más importante— que no le importaba lo que dijera la gente. Estaba dispuesto a salir ahí fuera y asumirlo.

A partir de ese momento, nuestra política exterior perdió todo su ímpetu. Habíamos perdido la confianza en la capacidad de Canadá para llevar a cabo una política económica independiente. Una de las fuerzas líderes en la Segunda Guerra Mundial quedó de alguna manera reducida a un estatus internacional pasivo.

La asimilación económica de Canadá

En parte como resultado de nuestro fracaso a la hora de convertirnos en una potencia más contundente y económicamente independiente, empezamos a mirar cada vez más hacia dentro. Desde la sanidad universal hasta la abolición de la pena capital, comenzamos a centrarnos cada vez más en la compasión, poniendo en marcha políticas nacionales y provinciales que harían de Canadá un lugar muy diferente de su vecino.

En 1973, tras algunos años al frente del gobierno, Pierre Trudeau intentó hacer algo similar a lo que Walter Gordon había intentado. Su llamada «Tercera Opción» pretendía diversificar nuestro comercio como forma de diversificar nuestras relaciones políticas internacionales. No obtuvo apoyo de las grandes empresas ni, en general, de los economistas. Una política no puede llegar muy lejos si nadie está dispuesto a adoptarla y llevarla a cabo. Y así llegamos a las «elecciones del libre comercio» de 1988, que no hicieron honor a su nombre. Esas elecciones giraron en torno a todo lo demás que implicaba el acuerdo en el que se fundamentaban, que era básicamente una amplia integración económica en la economía estadounidense. Lo que significaba que Canadá tendría cada vez menos control sobre todo lo demás, cada vez menos capacidad para llevar a cabo una política exterior y menos libertad para expandir nuestro interesante concepto de país no monolítico. Se podría decir que fue el intento de llevarnos a un punto de no retorno.

El resultado más probable de los ataques aéreos contra Irán será consolidar el odio en ese país hacia EE.UU. y quizás hacia Occidente en su conjunto.

El primer ministro Brian Mulroney, debo decir, tenía varias cualidades positivas. Por ejemplo, lideró la lucha internacional contra el apartheid en Sudáfrica. Pero traicionó al país con ese acuerdo de 1988 con Estados Unidos, llevándonos por un camino que iba mucho más allá de una amplia integración económica. Utilizo esta palabra con cuidado, también, pues ha conservado su significado y no ha perdido ni un ápice de fuerza por el uso excesivo. El resultado de esta traición fue emocionante para las grandes empresas y el comercio sin fronteras, pero nos deslizamos hacia 40 años de ser una filial de las empresas y los mercados estadounidenses, cada vez más centrados en la producción en masa en lugar de en la innovación de alto nivel. Con todas estas universidades de talla mundial, uno se pregunta por qué tantos de nuestros graduados se marchan a Estados Unidos. A riesgo de generalizar, simplemente hay pocos puestos de trabajo cualificados para ellos en Canadá.

Como consecuencia adicional, un pequeño grupo de personas ganó mucho dinero y la brecha entre ricos y pobres del país se amplió. La cultura y el voluntariado, sin embargo, se convirtieron cada vez más en el contrapeso a esta amplia sumisión económica. Los canadienses seguían diciendo, en voz alta, que íbamos a hacer algo diferente. Con ellos, una vez más, diría yo, la compasión resultó ser fundamental en la forma de ser de nuestro pueblo.

Tiempo para preguntas existenciales

Y entonces, nos golpeó una nueva realidad. Hace unos doce meses. Washington —el Imperio Romano de nuestros días, situado a las puertas de nuestra casa— cambió de opinión. Los imperios hacen eso. Tienen su propio calendario.

Por supuesto, tenemos cierta influencia: en algunos aspectos de los mercados, en algunas personas con las que hacemos negocios y en nuestros amigos personales estadounidenses. Pero todo eso suma muy poco. Y nada en absoluto cuando se trata de la política general de Estados Unidos. Por eso nuestra mejor opción es vender lo que podamos, comprar lo que necesitemos, mantener la distancia y sonreír mucho.

Nadie tenía control alguno sobre Roma, el París del siglo XVIII o el Londres del siglo XIX. Los canadienses tienden a decir que el cambio al que nos enfrentamos hoy se debe a Trump. Esa es una explicación reconfortante, que sugiere que nuestros problemas son a corto plazo. No creo que sea así. De repente, Estados Unidos ha perdido interés en su control económico habitual sobre sus apéndices, desde América Central y del Sur hasta Canadá. Como suele ocurrir con los imperios, simplemente pierden interés, siempre que sus apéndices no causen problemas.

Así que ahora es el momento de hacernos preguntas reales. Por ejemplo, están las próximas negociaciones comerciales destinadas a renovar el T-MEC, nuestro acuerdo comercial trilateral. ¿Por qué necesitamos este acuerdo? ¿Podemos organizarnos de otra manera? Quizá logremos cerrar un nuevo acuerdo con el inestable y poco inteligente Gobierno de EE.UU., pero ¿te imaginas lo que nos pedirán cuando nos sentemos a negociar? El Sr. Trump lleva meses preparando el terreno, repitiendo sin cesar que la última vez les robaron.

Foto_ Chris Connelly_ CC BY 2.0

Creo que deberíamos aceptar que no habrá acuerdo y que se nos abre una puerta para hacer lo que deberíamos haber hecho allá por 1988. Podemos vender todo lo que queramos allí y en cualquier otro lugar, y desde luego no les vamos a dar el poder adicional sobre nosotros que exigirán esta vez.

Si queremos sobrevivir como nación, tenemos que hacernos una pregunta que es nada menos que existencial: ¿Qué ha pasado?

Trump y Vance simplemente han vuelto a la vieja tradición estadounidense de ser un país introvertido. Hay que tener en cuenta que no hay nada intrínsecamente malo en ello. Ya lo hicieron en el siglo XVIII para alejarse de Inglaterra, para ser independientes de las fuerzas internacionales. Eso funcionó más o menos hasta que Japón les atacó en 1942, obligándoles a entrar en la Segunda Guerra Mundial contra su voluntad. Hicieron un buen trabajo durante la guerra y, en muchos sentidos, se convirtieron casi automáticamente en los líderes de las democracias occidentales. Pero fue agotador. En última instancia, no era realmente lo que querían ser. No forma parte de su tradición. Y así, tras muchas décadas, han dicho «basta».

Por supuesto, no quieren perder el control. No quieren renunciar a sus mercados. Pero liderar el «mundo libre» es caro, agotador e incluso aburrido. Requiere mucho tiempo. ¿No es así? Como resultado, todos esos canadienses, muchos de ellos líderes empresariales y economistas, que nos llevaron por ese camino de la integración, han sido agarrados por el cuello y tirados al suelo, tras haber fracasado estrepitosamente y habernos puesto en una posición casi imposible. Así que, de nuevo, ¿qué pasó? Todo el mundo dice que Carney está haciendo un gran trabajo intentando cambiar el rumbo de Canadá, pero nadie vuelve atrás para examinar cómo nos metimos en este lío.

No hay nada de malo, sino de justicia, en identificar a los culpables, a las personas que pensaron que podríamos vivir felices y contentos. La cuestión es que, si no sabes cómo te metiste en este lío, difícilmente conseguirás salir de él. Hace menos de 12 meses, los líderes empresariales presionaban a favor de una mayor integración en la economía estadounidense, y ahora, conmocionados, reclaman la diversificación económica. Quieren Europa. Quieren el sur de Asia. Quieren el este de Asia. Están intentando inventar una forma de vida completamente nueva para la que no están formados ni preparados de ninguna manera, forma o modo.

Una vez que se abre de par en par la caja de Pandora de la violencia, se pierde el control sobre las fuerzas que se han desatado.
Por supuesto, algunas de nuestras regiones, como Quebec, están más o menos preparadas para tender nuevos puentes. Pero el gran problema al que nos enfrentamos es que, durante décadas, los miembros de la comunidad económica dominante canadiense han construido sus carreras en un eje norte-sur y siguen sin estar en absoluto preparados para la complejidad del nuevo internacionalismo, careciendo de la experiencia, la vocación e incluso los idiomas.

Imaginando un giro gigantesc

No solo necesitamos un salto, sino un giro gigantesco.

Por eso el primer ministro está todo el tiempo en un avión. Gracias a Dios que está dispuesto a hacerlo. Y que es lo suficientemente joven y fuerte, y que su esposa le apoya en esto, mientras él asume el peso del futuro de nuestra nación volando por todo el mundo para convencer a todo el mundo de que hablamos en serio. Se trata de un desafío enorme porque no hay ninguna razón por la que alguien deba creernos.

Puede que nuestro buen carácter y nuestra reputación nos precedan, pero hay muchas cosas en Canadá que deben cambiar para demostrar nuestro compromiso. Tendremos que alejarnos de las estrategias de mercado masivo de bajo nivel que nos vimos obligados a adoptar para la integración con EE.UU. De repente, tenemos que fijarnos en los estándares mucho más altos de complejidad de, por ejemplo, el mercado europeo; y enfrentarnos a nuestras propias contradicciones, como que una sociedad altamente educada pero centrada en la producción en masa no tiene sentido.

Muchos países siguen queriéndonos por nuestra agricultura de producción masiva, nuestra minería y nuestra madera. Nadie puede negar la importancia de esos sectores, y mucho menos hoy en día, pero sencillamente no podemos permitirnos volver a centrarnos solo en eso —volver a 1910, el lugar exacto donde los líderes y las empresas estadounidenses nos querrían ver. Tenemos que redoblar nuestra sofisticación estructural, tanto a nivel nacional como internacional, frenando la fuga de cerebros, reteniendo a nuestros jóvenes y preparándolos para prosperar en casa, aprovechando lo que ya tenemos, el potencial de nuestra diversidad cultural y nuestras fortalezas multilingües, y ciudades de referencia como Toronto, Montreal, Vancouver o Calgary.

Y fíjense que no estoy invocando un nacionalismo barato ni sugiriendo que cerremos las fronteras. Todo lo contrario. Tenemos que abrir las fronteras de docenas y docenas de formas nuevas, en lugar de depender perezosamente de un único mercado, cercano y monolingüe. Es cierto que todo este internacionalismo es mucho más complicado, pero permítanme argumentar que es mucho más interesante, mucho más divertido. Nosotros, y nuestras empresas, deberíamos promover, en ese sentido, que nuestras élites y futuros líderes miren más allá de Harvard y se fijen en la promesa de la educación universitaria en la India, China, Malasia, Alemania o Rusia.

Nadie tenía control alguno sobre Roma, el París del siglo XVIII o el Londres del siglo XIX.

Tan pronto como comiencen las negociaciones con EE.UU., casi puedo garantizarles que las élites canadienses integradas en EE.UU. darán un giro, pidiéndonos que cedamos en toda una serie de frentes, exigiendo que abandonemos sectores más pequeños y exitosos que a ellos no les importan. Será como en el 88 otra vez, solo que aún más histérico, y tratarán de hacer que suene sofisticado. Y es ante la llegada de este nuevo intento de generar pánico a gran escala cuando ustedes, ciudadanos, realmente deben dar un paso al frente. Es entonces cuando ustedes, canadienses de todas partes, tendrán que hacer un esfuerzo adicional para hacerse oír y ver, desde las calles hasta las oficinas de sus representantes. Tenemos que estar, tenéis que estar, preparados para mostrarnos firmes en público. Firmes con las personas a las que podáis elegir. Firmes con vuestras ideas. Tranquilos, pero decididos. Simplemente no podremos construir una independencia sólida basada en el viejo modelo. Pero si tenemos claro que estamos dispuestos a hacer el trabajo necesario para la diversificación internacional, entonces seguro que sobreviviremos.

Lo contrario de aburrido

No es ningún secreto por qué el primer ministro está siendo recibido de formas tan interesantes mientras viaja sin cesar por todo el mundo, buscando nuevos mercados y nuevos amigos. Sus iniciativas, su plantarle cara a Trump y, sobre todo, su reciente discurso en Davos ha hecho que muchos se den cuenta de que existe la posibilidad de otro modelo, que poco a poco va tomando forma. Pero si queremos tener éxito ahí fuera, a nivel internacional, en una nueva independencia canadiense, tenemos que estar dispuestos a asumir esto. Esa dirección dependerá de nosotros, de vosotros, de la intervención ciudadana, de que se os escuche, quizá incluso de que seáis lo más molestos posible de una forma creativa.

Permítanme elegir cuidadosamente mis palabras una vez más, cuando digo que todo esto puede y debe ser emocionante. El riesgo es emocionante. El cambio es emocionante. La diversificación es emocionante. La multiplicidad es emocionante.

¿Por qué deberíamos entonces ser aburridos? Al fin y al cabo, sobre esos cimientos de compasión, hemos logrado construir un país naturalmente emocionante, nuestro Canadá. Desde nuestra riqueza multilingüe hasta nuestras prósperas y sofisticadas ciudades, y la creciente diversidad social y cultural de la que estamos tan orgullosos. Deberíamos aprender a aprovechar esta misma comodidad con la diversidad a nivel internacional, tanto económica como políticamente, utilizando nuestra propia destreza para tender puentes con el fin de enriquecer aún más nuestra nación y contribuir a la prosperidad de los demás.

Si logramos hacerlo, Canadá será sin duda un actor clave en la escena mundial. No solo sobreviviremos, sino que prosperaremos juntos. Tenemos todas las herramientas que necesitamos para cambiar. La compasión, al fin y al cabo, es actuar para mejorar las cosas.

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