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Jaume Asens
Durante décadas, nuestra mirada sobre Israel y Palestina ha estado filtrada por fantasmas históricos: el Holocausto, el antisemitismo europeo, la culpa y la redención. Este artículo no pretende narrar la historia de un conflicto lejano como quien recita fechas y batallas; busca pensar los entramados éticos y políticos que permiten que un proyecto de Estado nacido del trauma europeo se transforme en fuerza de desposesión y olvido para otro pueblo. Aquí se entrelazan genealogías, memorias y relatos políticos: desde el nacimiento del sionismo en Europa, pasando por la Nakba y la colonización continua, hasta la construcción de una inmunidad moral que justifica crímenes presentes en nombre de una culpa pasada. La pregunta que guía esta reflexión es simple y radical: ¿qué memoria protege a quién, y qué violencia permanece oculta bajo la sombra de la historia?
La industria del Holocausto
«La industria del Holocausto se ha convertido lisa y llanamente en una red de extorsión».
Norman G. Finkelstein, historiador judío, familiar de supervivientes del Holocausto.
Hubo un tiempo en que pensé que Europa había aprendido algo esencial del horror. Mis primeras lecturas en la facultad de filosofía fueron las de los pensadores —la mayoría, judíos— que empezaron a pensar después de Auschwitz: Arendt, Adorno, Benjamin, Levinas, Camus, Améry. Crecí intelectualmente bajo la sombra del Holocausto, convencido de que ese trauma había cambiado para siempre la forma de mirar al otro, de comprender el mal, de pensar la política. Parecía que allí, en ese suelo quemado por el genocidio, Europa había encontrado una ética mínima: la obligación de no repetir, de no deshumanizar, de no convertir al prójimo en objeto de exterminio.
Para pensar con honestidad había que volver a abrir esa herida. La deformación de la memoria comenzó en silencio. Primero en Estados Unidos, luego en Israel. Durante los años posteriores a la Segunda Guerra Mundial, el Holocausto apenas aparecía en discursos, periódicos o libros de historia. Era una sombra que recorría las cocinas familiares. Las élites judías norteamericanas preferían no hablar demasiado de ello. Había que prosperar, integrarse. Recordar era un lujo inconveniente.
Parecía que allí, en ese suelo quemado por el genocidio, Europa había encontrado una ética mínima: la obligación de no repetir, de no deshumanizar, de no convertir al prójimo en objeto de exterminio.
El Holocausto no se veía como una atrocidad independiente, sino como una más entre las atrocidades de la guerra: los intentos de exterminio de eslavos, gitanos, homosexuales, opositores políticos o personas con discapacidad. En los juicios de Núremberg, el exterminio de los judíos ni siquiera ocupó el centro del proceso. El término «Holocausto» no se generalizó en inglés hasta los años sesenta, y «Shoah» tardó aún más.
En el crepúsculo de la Guerra Fría había que relativizar los crímenes nazis. Churchill reclamó un «bendito acto de olvido» después de 1945. Alemania Occidental era un aliado estratégico de Washington y Londres. Y los aliados no se escrutan entre sí. En esa amnesia conveniente, el Holocausto se convertía en nota a pie de página. Recordarlo era visto casi como una maniobra comunista.
Por entonces, Israel tampoco ocupaba el lugar central que hoy tiene en el imaginario occidental. Era un Estado pequeño, periférico, sin peso geopolítico. Estados Unidos (EE.UU.) no quería enemistarse con el mundo árabe. La comunidad judía americana miraba con distancia el proyecto sionista.
Israel, bastión occidental
«La conciencia del Holocausto es un adoctrinamiento propagandístico oficial, una producción masiva de consignas y falsas visiones del mundo, cuyo verdadero objetivo no es en absoluto la comprensión del pasado, sino la manipulación del presente».
Boas Evron, escritor israelí.
Todo cambió en 1967. La guerra de los Seis Días transformó la conciencia de un pueblo y también el relato occidental. Israel pasó de la incertidumbre a la potencia militar. De nación frágil a bastión del bloque occidental. La victoria fulgurante fundó un nuevo mito: el del pueblo elegido que, tras sobrevivir a la peor atrocidad del siglo XX, demostraba su fuerza al mundo. Israel se convertía en el «pueblo elegido de Occidente».
A partir de entonces, la memoria del Holocausto empezó a ser reescrita con fines políticos. Y se estableció una nueva norma: ¡no olvidar jamás! Norman Finkelstein, nieto de supervivientes, explicó con lucidez implacable cómo esa memoria se transformó en industria: un sistema de producción simbólica con guardianes, templos, mecenas, comisiones, películas, fundaciones, mártires oficiales y herejes proscritos. La memoria dejó de ser un deber para convertirse en mercancía. Recordar se volvió rentable. La tragedia se desprendía de su humanidad para convertirse en dogma. Peter Novick lo llamó «la religión civil americana». Elie Wiesel fue su sumo sacerdote.
La memoria se había convertido en una poderosa herramienta en manos de los dirigentes israelíes y sus aliados. Se construyó la idea de un «capital moral»: un sufrimiento especial otorgaba derechos especiales. Un crédito inagotable de inocencia, acumulado en nombre del pasado, que permitía a Israel adquirir armas nucleares por su cuenta, colonizar en nombre de la supervivencia, matar para no volver a morir. Cualquier crítica se recibía como forma de antisemitismo, incluso cuando respondía a agresiones israelíes. Era la versión profana del pueblo elegido, como señaló Ismar Schorsch.
En los años setenta, el antisemitismo real había prácticamente desaparecido de la vida americana. Y el «nuevo antisemitismo» ya no servía para proteger a los judíos del odio, sino para proteger al Estado de Israel de cualquier disidencia. En EE.UU. se construyeron siete grandes museos del Holocausto mientras no existía ni uno sobre la esclavitud o el exterminio de los nativos de América del Norte. Justificar la exclusión del genocidio gitano —mayor proporcionalmente que el judío— fue el mayor reto que tuvieron que afrontar esos museos. El historiador norteamericano Edward Linenthal consideraba que para el Consejo Conmemorativo del Holocausto aquellas otras víctimas eran consideradas «unos parientes inoportunos y embarazosos»; pues cuestionaban la excepcionalidad del Holocausto como un fenómeno exclusivamente judío.
En Europa se importó esa lógica con entusiasmo. La Unión Europea convirtió la Shoah en requisito de pertenencia. Lo que Finkelstein llamó «industria del Holocausto» es hoy un modelo global de gestión burocrática del recuerdo que se multiplica en museos, congresos y ceremonias mientras el presente repite los crímenes que dice recordar.
Una memoria nacida del horror había sido despojada de su poder de redención. La memoria —la verdadera— no es un santuario: es una pregunta incómoda. Arendt escribió: «El mal puede reaparecer en cualquier momento, porque no hay un pasado que lo garantice». Por eso la memoria no puede ser monopolio de nadie. Cuando se privatiza el recuerdo, se destruye su sentido.
A diferencia de España —donde la amnesia se convirtió en política de Estado bajo el amable nombre de «reconciliación»—, me parecía que Alemania había consolidado una cultura de la memoria mucho más rigurosa y exigente. Pero luego comencé a ver las sombras y relaciones de poder que se escondían bajo esa superficie luminosa: incluso allí donde la memoria parecía sólida, se estaba produciendo una distorsión profunda. Lo que revelaba Gaza estaba ahí desde el principio, desde hace décadas. Para comprender del todo esta deformación, debemos entender cómo la Alemania que hizo de la memoria un pilar de su identidad, terminó utilizándola para legitimar el genocidio.
La complicidad alemana
«Lo que ocurrió en Alemania puede ocurrir en cualquier parte, con cualquier pueblo, incluso el mío».
Yehuda Elkaná, historiador israelí.
Este mes de febrero de 2026 la portavoz de Los Verdes alemanes se reunió con el ministro de Exteriores de Israel. No fue un gesto protocolario más. Fue una forma de legitimación de un gobierno sobre el que pesan acusaciones de genocidio ante la Corte Internacional de Justicia (CIJ), cuyo presidente está sujeto a una orden de detención internacional y cuyos ministros han criminalizado incluso a eurodiputados verdes que participaron en la flotilla humanitaria rumbo a Gaza, calificándola de iniciativa «prototerrorista».
El encuentro revelaba algo inquietante: la persistencia de una lógica política alemana que convierte el apoyo a Israel en un imperativo moral incuestionable, incluso cuando ese apoyo entra en conflicto frontal con el derecho internacional. Una lógica que, paradójicamente, converge hoy con la extrema derecha europea.
Cuando me incorporé al grupo de los Verdes en el Parlamento Europeo, lo hice con cautela. No tanto por la pluralidad interna del grupo como por el peso específico de la delegación alemana. Era la más numerosa y, por tanto, la más influyente.
Tras el ataque del 7 de octubre, la delegación alemana reivindicó sin fisuras el «derecho legítimo de defensa» de Israel, incluso cuando la ofensiva sobre Gaza acumulaba ya miles de civiles muertos y crecían las denuncias de castigo colectivo. La discusión no era jurídica. Era identitaria. Ese patrón no se limitaba a Los Verdes. Se reproducía, con distintos matices, en liberales, socialdemócratas e incluso en la izquierda alemana. Con el tiempo, las cosas cambiaron. No sin resistencias. Y al final, el grupo verde acabó aprobando una resolución que asumía buena parte del relato anclado en el derecho internacional y en la igualdad de las víctimas: reconocimiento del genocidio y del Estado de Palestina, prohibición del tráfico de armas, suspensión del acuerdo comercial entre la Unión Europea e Israel. Pero la inquietud persistió: ¿cómo podía el país que había hecho de la memoria un pilar identitario mostrarse incapaz de aplicar a Israel el mismo criterio que a cualquier otro Estado?
Esa memoria no operaba solo como trauma o responsabilidad, sino también como orgullo. Había en algunos colegas alemanes una convicción de haber entendido el antisemitismo mejor que nadie. Esa autopercepción generaba una forma sutil de superioridad moral: Alemania no solo había expiado su culpa, sino que se sentía autorizada a marcar el perímetro de lo decente en Europa. El problema era que esa certeza convivía con la incapacidad de reconocer cuándo la memoria deja de interpelar al presente y empieza a blindarlo.
Filosemitismo funcional
«Después del Holocausto, los judíos pueden hacer cualquier cosa».
Golda Meir, primera ministra israelí.
Tras 1945, Alemania emprendió un proceso de confrontación con su pasado que no tiene parangón en Europa. Memoriales, museos, pedagogía escolar. En ese contexto, se produjo una metamorfosis del imaginario alemán sobre los judíos. El país que los había considerado un cuerpo extraño, un enemigo interno, empezó a admirarlos… pero no a todos. Solo a unos en particular: los israelíes armados, disciplinados, jóvenes, viriles. No a los deportados, humillados o asesinados, sino a los que encarnaban el reverso perfecto del estereotipo nazi.
Mientras esa admiración crecía, se ejecutó en paralelo una operación silenciosa: la reconversión de élites nazis. Juristas de Núremberg reciclando sus carreras, funcionarios con pasados turbios rehabilitados, estructuras policiales y administrativas que pasaban de un régimen al otro con una facilidad moral que, vista desde hoy, resulta insoportable.
La memoria —la verdadera— no es un santuario: es una pregunta incómoda.
Me impresionó especialmente un episodio concreto de este proceso: Adenauer maniobrando para que Hans Globke, su colaborador más cercano y coautor de las leyes de Núremberg, no quedara salpicado durante el juicio al criminal nazi Eichmann —que tuvo lugar en Jerusalén en los años 60. Hubo archivos comprometidos que fueron sustraídos durante el juicio y nombres que fueron borrados. Una operación que consistió, como resumió Pankaj Mishra, en que Israel recibía armas, dinero y legitimidad mientras Alemania recibía absolución y silencio —a pesar de su desnazificación incompleta.
El juicio de Eichman restó importancia a la persistencia del apoyo nazi en Alemania, al tiempo que exageraba la presencia nazi en los países árabes. Arendt ya lo señaló en su crónica del juicio: tanto a Alemania como a Israel les venía bien presentar a los árabes como la encarnación del nazismo.
Israel como «razón de Estado»
«Si ciertas culturas han sido capaces de destruir otras… las fuerzas destructivas que engendran pueden también actuar hacia dentro».
Octavio Manno, psicoanalista francés.
La expresión que mejor resume esa mutación histórica llegó con una frase pronunciada por Angela Merkel en 2008: la seguridad de Israel es razón de Estado para Alemania. No era una afirmación moral: era un dogma que cancelaba la duda y convertía el apoyo a Israel en un distintivo identitario de la democracia alemana. El Holocausto se presentó como el pecado original inigualable; los judíos, como víctimas absolutas; Israel, como su garante; y Alemania, como el guardián obligado del templo moral. Quien cuestionaba ese orden era percibido como alguien que rompía el pacto tácito de la posguerra.
Aquel filosemitismo funcional hoy sigue vivo como un blindaje moral hacia un Estado con carta blanca para cometer cualquier atrocidad. Se habla de Israel como si fuera un pilar metafísico de su propia identidad. Y ninguna identidad admite bien la crítica. Bien al contrario, esta se percibe como una amenaza existencial. No se discuten hechos: se defienden reflejos.
Cuando debatíamos las decisiones de Naciones Unidas o de la Corte Internacional de Justicia, los colegas alemanes se preguntaban si criticar a Israel «daba alas» a los extremistas. Lo que se discutía no era Gaza, era el fantasma del propio pasado alemán. Una cuestión profundamente europea, pero ajena a la realidad palestina.
Colonialismo, memoria selectiva y Namibia
«La alianza de Israel con Alemania fue una conspiración para limpiar la reputación del pueblo alemán. A cambio, nos pagaron miles de millones».
Yeshayahu Leibowitz, escritor israelí.
Si algo aprendí al empezar a estudiar con detenimiento la historia alemana es que el Holocausto fue la culminación de una genealogía más larga. A principios del siglo XX, en el suroeste africano, el ejército alemán perpetró uno de los primeros genocidios del mundo contemporáneo: la aniquilación sistemática de los pueblos herero y nama. Allí se ensayaron prácticas que después aparecerían, amplificadas, en Europa: los campos de concentración, el trabajo esclavo, la deportación masiva, el exterminio por hambre. Durante décadas, ese crimen colonial permaneció fuera de los manuales escolares alemanes, como si la historia empezara en 1933. Pero el hilo era visible: la semilla del colonialismo racializado germinó después en el nazismo; y la incapacidad de enfrentar esa continuidad ha dejado un vacío moral que hoy resurge con violencia en la política alemana hacia Palestina. Lo advertía el filósofo camerunés Achille Mbembe: «Europa nunca se reconcilió con su pasado colonial. Solo archivó sus crímenes». Alemania reparó económicamente a Israel, pero jamás a Namibia. Reconoció el genocidio herero y nama solo un siglo después, con fórmulas diluidas, sin asumir responsabilidad penal, sin indemnizaciones reales y sin escuchar a las comunidades sobrevivientes.
Israel recibía armas, dinero y legitimidad mientras Alemania recibía absolución y silencio.
La misma lógica que deshumanizó a los pueblos herero y nama resurge en los discursos actuales sobre los palestinos: «terroristas», «animales humanos», «infrahumanos», «masa peligrosa». No es casualidad que esa retórica israelí encontrara un cómodo eco en sectores de la clase política alemana. La deshumanización es un idioma antiguo, aprendido mucho antes del nazismo. Lo inquietante es que la pedagogía del Holocausto no parece haber servido para desmontar ese idioma. Sirvió —eso sí— para interiorizar una culpa nacional respecto a los judíos europeos. Pero no para universalizar la responsabilidad, ni para entender que toda vida deshumanizada abre la puerta del horror.
Por eso, cuando hoy Alemania justifica la masacre de Gaza como «autodefensa», cuando reprime manifestaciones, cuando prohíbe símbolos palestinos, censura periodistas, acusa de antisemitismo a quienes denuncian crímenes… no está rompiendo con su historia: la está repitiendo en clave colonial. Y la paradoja es casi insoportable: un país que construyó museos enteros para enseñar a sus hijos a no repetir la barbarie se ha alineado con un Estado que aplica sobre otro pueblo los mecanismos de la expulsión, el castigo colectivo y la violencia racializada.
El desplazamiento del racismo
«La mentira se propaga, se expande y finalmente vive con una sola condición: encuentra en la sociedad en la que se difunde un caldo de cultivo favorable. En ella, los hombres expresan inconscientemente sus prejuicios, sus odios, sus miedos, todas sus emociones fuertes».
Marc Bloch, historiador francés.
Cuanto más crecían las pruebas del genocidio en Gaza, más se señalaba a las minorías musulmanas dentro de Alemania. Durante años, la narrativa oficial afirmó que el país había enfrentado su pasado, desactivando la semilla del odio. Pero esa autoimagen se quebró en cuanto llegó la crisis de los refugiados en 2015. De pronto, apareció un nuevo sujeto sobre el que depositar los miedos y la culpa: el musulmán. El árabe. El migrante. El refugiado. La ecuación fue inmediata y políticamente útil: ellos son el riesgo, traen el antisemitismo del que nosotros nos hemos librado; encarnan lo que nosotros hemos superado.
Alemania no había derrotado su antisemitismo; simplemente lo había reubicado.
Y así, mientras los neonazis crecían en las encuestas, el foco político se orientaba hacia las manifestaciones propalestinas, las mezquitas, los jóvenes con kufiya. La islamofobia se convertía en el nuevo rostro del viejo antisemitismo. Alemania no había derrotado su antisemitismo; simplemente lo había reubicado. En las calles, la represión avanzaba: manifestaciones prohibidas, niños detenidos por llevar una bandera palestina, profesores expedientados por enseñar derecho internacional humanitario, artistas despedidas por firmar cartas contra el genocidio. Y entonces se reveló algo aún más inquietante: muchos de los perseguidos eran judíos.
En 2024 Alemania había detenido o acusado a más personas judías que en cualquier otro año desde el Holocausto. Cualquier judío que no encajara en el catecismo filosionista pasaba a ser automáticamente sospechoso. Era una inversión obscena: hijos y nietos de víctimas del Holocausto recibiendo lecciones por parte de quienes pertenecían a la nación que asesinó a sus familias. Los descendientes de los perseguidos tratados como amenaza por quienes deberían escucharles primero. Alemania, en su celo por expiar un crimen, reclutaba a los fantasmas de Auschwitz para acabar profanando su propia promesa moral. La memoria del Holocausto se usaba para amordazar a quienes encarnaban esa misma memoria. Las víctimas del ayer eran instrumentalizadas para silenciar a quienes hoy denunciaban otro crimen. Todo bajo el mismo lema: «seguridad para la comunidad judía», aunque esa comunidad —diversa, plural, con voces muy críticas— no había pedido callar a nadie. El Estado usaba su nombre, pero no estaba defendiendo a los judíos: defendía su propia imagen y relato de redención.
Esa era la prueba definitiva de que Alemania vació su racismo del contenido antijudío y lo rellenó con contenido antiárabe. El actual canciller alemán, Friedrich Merz, lo reconoció sin embudos en junio del 2025: «Israel hace el trabajo sucio por nosotros». ¿Quién era ese «nosotros»? Otra vez la idea de civilización occidental. Ese es el paso decisivo para justificar la violencia de Israel en Gaza con términos que deberían haber desaparecido de la historia alemana: «civilización contra barbarie», «Occidente contra salvajismo», «autodefensa contra hordas». Las mismas categorías nazis o coloniales de la Namibia alemana, ahora dirigidas hacia otro pueblo. La misma deshumanización, solo que con otro nombre. Otra víctima. Otro continente.
Y es que la cuestión de fondo no es si Alemania debe comprometerse con la seguridad de Israel. Es si ese compromiso puede sostenerse ignorando los derechos de otro pueblo, relativizando acusaciones gravísimas ante tribunales internacionales y criminalizando la solidaridad.
La genealogía del sionismo y la sombra europea
«Los antisemitas de ayer son hoy los que más denuncian el antisionismo como una forma de antisemitismo”.
Enzo Traverso, intelectual italiano.
Durante mucho tiempo tuve miedo a pensar Israel. No a criticar sus políticas, sino a pensar su historia con la profundidad que merecía. Venía, como he explicado, de una formación filosófica marcada por los autores que escribieron a la sombra del Holocausto. Mi educación moral y política se había construido sobre la advertencia que todos ellos dejaron escrita en sus libros: el mal puede volver a ocurrir, porque la capacidad humana de destruir al semejante permanece intacta.
Fue leyendo a pensadores como Edward Said cuando descubrí que ese marco tenía un punto ciego devastador: la tragedia de otro pueblo —el palestino— había sido silenciada, borrada o minimizada para sostener una narrativa de redención europea. Lo que para unos era memoria, para otros se convertía en olvido. Y entonces apareció otra evidencia, tan simple como brutal: el antisemitismo que había devastado Europa no nació en Palestina, sino aquí, en nuestro continente; pero el precio lo pagaron allí.
No fueron los árabes quienes construyeron campos de concentración, quienes deportaron, quienes exterminaron. No fue Oriente quien expulsó a los judíos de la historia europea: fue Europa. Y, sin embargo, Palestina acabó cargando con las consecuencias de ese crimen europeo.
Esa constatación fue un terremoto íntimo. Me obligó a revisar lo aprendido, a desmontar mis propias certezas. Descubrí —como tantos otros europeos— que la historia del sionismo no podía leerse sin el antisemitismo europeo, ni el antisemitismo europeo podía entenderse sin el colonialismo que impregnaba el imaginario político del siglo XIX y buena parte del XX.
Entonces llegaron las preguntas difíciles: ¿cómo fue posible que un pueblo perseguido acabara construyendo un proyecto nacional sobre la expulsión de otro? ¿Cómo se consiguió que criticar los crímenes de un Estado pasara a considerarse un gesto de odio contra un pueblo? Europa necesitaba redimirse, Israel necesitaba protección; Estados Unidos, un aliado. Y el sionismo se convirtió en la pieza perfecta para un engranaje geopolítico donde la memoria era también un arma.
No se trataba de negar la tragedia judía —cuya magnitud forma parte de las raíces éticas de este artículo—, sino de recuperar su sentido universal. Porque defender a los palestinos no es negar el Holocausto: es honrarlo. Es impedir que su memoria sea usada para justificar lo que nunca debió repetirse.
Y porque, al final, esta reflexión no trata solo de Israel, ni solo de Palestina, ni solo de Alemania. Trata del corazón de nuestra época: de cómo la memoria se convierte en poder, el miedo en ideología y el sufrimiento en coartada. Es allí donde el sionismo, el antisemitismo y la tragedia palestina se entrecruzan. Comprender la historia de Israel sin entender el sionismo europeo es perder la raíz del problema. Comprender el antisemitismo europeo sin reconocer cómo se blindó detrás del sionismo es traicionar la propia lección ética.
A modo de conclusión: Nakba, colonización e inmunidad moral
«¿Por qué Occidente y la cristiandad tienen que entregar Palestina islamista como compensación? ¿Por qué no entregan una parte de Polonia, que es donde sometieron a los judíos a las torturas más horribles? ¿Por qué no ofrecen un estado de la República Federal de Alemania en compensación por el Holocausto? ¿Por qué tiene la cristiandad que compensar esta tortura infligida a los judíos durante los últimos dos mil años a costa del Islam?».
Ali Shariat, intelectual iraní.
El sionismo no nació en Palestina; nació en Europa, como respuesta al antisemitismo, pero heredando sus estructuras mentales: nacionalismo excluyente, colonialismo territorial, lógica del asentamiento. La «tierra prometida» se convirtió en un laboratorio donde Europa desplazó su culpa, y donde la narrativa del sufrimiento absoluto blindó un proyecto de dominación.
Hoy, la Nakba continúa. La colonización, la expulsión, la desposesión y la negación se mantienen en el presente, sostenidas por una memoria selectiva europea que confunde deber con inmunidad. La memoria que se absolutiza convierte el sufrimiento en privilegio y la historia en escudo. No hay crédito moral que dispense del juicio presente. El pasado explica, pero no absuelve. Y quien cree estar inmune al juicio ético se descubre, finalmente, tan vulnerable como todos.
La memoria que no se universaliza corre el riesgo de reproducir aquello que juró combatir. Europa necesita una memoria que no confunda crítica con odio. Porque, si algo enseñó el siglo XX, es que la deshumanización siempre empieza por el lenguaje. Y que cuando las instituciones temen más a un símbolo que a un crimen, es que algo esencial se ha perdido.
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